Durante más de una década, el mundo disfrutó de una combinación poco común: crecimiento económico, inflación baja y tasas de interés reducidas. La globalización, el ingreso de China a las cadenas productivas y una abundante oferta de bienes y materias primas hicieron posible este escenario. Sin embargo, varios de los factores que contribuyeron a mantener la inflación contenida están comenzando a revertirse.
Durante más de una década, el mundo disfrutó de una combinación poco común: crecimiento económico, inflación baja y tasas de interés reducidas. La globalización, el ingreso de China a las cadenas productivas y una abundante oferta de bienes y materias primas hicieron posible este escenario. Sin embargo, varios de los factores que contribuyeron a mantener la inflación contenida están comenzando a revertirse.
Uno de ellos es la desglobalización. La pandemia y las tensiones entre EEUU y China mostraron los riesgos de depender de cadenas de suministro demasiado concentradas. Hoy las empresas buscan producir más cerca de sus mercados y los gobiernos promueven el reshoring. El problema es que una cadena de suministro más segura también suele ser más cara.
Otro factor está en los commodities. Durante años, la inversión en minería y energía fue insuficiente para aumentar significativamente la oferta. Ahora, la transición energética y el crecimiento de la inteligencia artificial están generando una demanda creciente por cobre, uranio, plata y energía. Si la oferta no puede responder con rapidez, los precios terminan ajustándose al alza.
A ello se suma el deterioro fiscal de las principales economías. EEUU y Europa enfrentan déficits elevados y mayores necesidades de gasto en defensa, infraestructura y transición energética. Un mundo con mayor gasto público y menor disciplina fiscal difícilmente tendrá las mismas presiones desinflacionarias de las últimas décadas.
Pero existe un factor que podría ayudar a equilibrar esta ecuación: la inteligencia artificial (IA). Si la IA genera un aumento significativo de productividad, podría reducir costos, aumentar la oferta y contrarrestar parte de las presiones inflacionarias generadas por la fragmentación económica y el mayor gasto fiscal.
Por eso, el escenario más probable no es un regreso a la inflación de los años 70, pero tampoco al mundo de inflación excepcionalmente baja que vivimos entre 2010 y 2019. Estamos entrando en un nuevo equilibrio, donde las presiones sobre los precios podrían ser mayores y más volátiles.
Esto tiene una consecuencia importante para los mercados. En un mundo de inflación más persistente, las tasas de interés difícilmente volverán a los niveles extraordinariamente bajos de la última década. El dinero barato que durante años impulsó las valorizaciones de los activos financieros podría ser cosa del pasado.
La gran incógnita es si la productividad de la IA será suficiente para compensar las fuerzas inflacionarias de un mundo más fragmentado. La respuesta podría definir no solo la trayectoria de la inflación, sino también el comportamiento de los mercados durante la próxima década.



