Todos tenemos nuestra historia con Cecil B. DeMille (1881-1959). Para la mayoría, nos trae recuerdos de “Los 10 mandamientos”, épica superproducción de enorme éxito que se convirtió en sinónimo de la grandeza de Hollywood como fábrica de sueños y de cuyo estreno se cumplen este año 70 años. El crítico de cine Alberto Servat recuerda la historia propia, que sucedió una tarde cuando su madre fue a recogerlo del colegio. No regresaron a casa, sino que lo llevó a ver el reestreno del filme protagonizado por Charlton Heston como Moisés. “Cuando volvimos, no volví a ser la misma persona. Mi vida cambió para siempre”, recuerda. “Ya entonces me gustaba el cine, pero nunca había visto algo de esas dimensiones. Tanto que, cuando vi unos años después Star Wars, me pareció misia”.
Todos tenemos nuestra historia con Cecil B. DeMille (1881-1959). Para la mayoría, nos trae recuerdos de “Los 10 mandamientos”, épica superproducción de enorme éxito que se convirtió en sinónimo de la grandeza de Hollywood como fábrica de sueños y de cuyo estreno se cumplen este año 70 años. El crítico de cine Alberto Servat recuerda la historia propia, que sucedió una tarde cuando su madre fue a recogerlo del colegio. No regresaron a casa, sino que lo llevó a ver el reestreno del filme protagonizado por Charlton Heston como Moisés. “Cuando volvimos, no volví a ser la misma persona. Mi vida cambió para siempre”, recuerda. “Ya entonces me gustaba el cine, pero nunca había visto algo de esas dimensiones. Tanto que, cuando vi unos años después Star Wars, me pareció misia”.
Servat, director cultural del ICPNA, organiza actualmente la retrospectiva “Cecil B. DeMille: American Master”, y edita un volumen homónimo en el que recupera toda la producción del fundador de la Meca del Cine filmada entre 1914 y 1959, desde sus comedias conyugales y sus westerns hasta sus dramas de cáustica crítica social. Para este crítico, hablamos de un genio incomprendido.
—¿Por qué la historia oficial del cine ha castigado la memoria de Cecil B. DeMille?
No sucede solo con la obra de DeMille, sino con casi toda la de los otros cineastas que también hicieron la transición al sonido y de los que hoy solo se recuerdan sus películas sonoras. El cine mudo, con algunas excepciones, es absolutamente desconocido para el gran público. Muchísimo está perdido y es hoy irrecuperable, sea por incendios o porque no se hicieron copias. En el caso de DeMille estamos frente a un caso raro: se trata de una de las carreras más longevas, pues comienza en 1914 y termina en 1959. Al final de su carrera era un hombre muy poderoso que representaba a la institución y era contra quien había que pelear. Y él nunca dio su brazo a torcer. Siguió siendo un republicano y no cambió su estilo de dirección. Prácticamente, para él no existía la evolución del cine; probablemente ya solo veía determinadas películas. Era obvio que se le condenara.
—El típico caso en que los jóvenes cineastas debían matar al padre…
Así es. Él representa el gran patriarcado de Hollywood.
—A DeMille se le vinculó con el ala más conservadora de Hollywood. Pero tu investigación muestra cómo en su cine aparecen mujeres independientes e inconformistas, dueñas de su sexualidad. ¿Qué te sugiere esta contradicción?
Hay varias cosas. DeMille podía ser un hombre de convicciones religiosas muy fuertes, pero también era un vendedor, un hombre formado en Broadway, un hombre que sabía que había que mostrar piernas y desnudos para llamar la atención. Y él lo hacía desde su lugar como esteta. Su formación venía del arte clásico, que debió haber sido su gran inspiración. En sus películas religiosas, él quería mostrar la Biblia como los grandes pintores del pasado, como Doré, Rubens o David.
—En 1913 Cecil B. DeMille viajó a Arizona para filmar su primera película, un western titulado “The Squaw Man”. Pero ni el clima ni el paisaje lo convencieron de quedarse allí y siguió el rumbo del tren hasta llegar a Los Ángeles. Parece la búsqueda de una tierra prometida, una historia de “Los diez mandamientos”…
Bueno, DeMille era un gran fabulista y él pudo inventarse esa historia en su autobiografía. ¡Todo el mundo la da por cierta, aunque nadie la ha comprobado al 100%!
Charlton Heston en «Los diez mandamientos» (1956),clasico del cine, infaltable en los canales cada Semana Santa.
/ Gene Lester
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—Pareciera que DeMille tuviera una visión de sí mismo mesiánica, como su Moisés.
Él se ve como el gran patriarca. Además, él se fotografiaba a sí mismo, aparecía en los tráilers de sus películas, invitaba a la gente a verlas. En “Los diez mandamientos”, su última película, él hace una introducción al comienzo del filme que no aparece en las copias para televisión. Pero en el cine aparece ante la cámara presentando la película y dejándote bien en claro que es su interpretación de lo que es un mundo dominado por el poder absoluto y cómo la gente libre se puede rebelar contra eso. Él está hablando de la Guerra Fría.
—DeMille podría ser un ejemplo de patriarcado, pero también es un hombre que le da muchísimo espacio a las mujeres con las que trabaja. Incluso su guionista lo acompañará a lo largo de toda su carrera. ¿Cuán importante es la perspectiva femenina en su trabajo?
Él tuvo una madre muy independiente, que cuando murió su marido se encargó inmediatamente de su familia, primero dirigiendo un colegio de niñas y luego como agente de actores teatrales en Broadway. Se casa con otra mujer fuerte —a la que relega al papel de ama de casa—, pero deposita su confianza en sus secretarias y en su guionista. Ahí puedes ver ese punto de vista de mujeres independientes, personajes que no son ni vírgenes ni pecadoras. Son mujeres que pueden equivocarse, pero son siempre responsables de sus actos. Una visión de la mujer diferente a la de otros directores. Para DeMille prácticamente no existen las mujeres débiles. Esto lo ves en todas sus películas, unas más, unas menos, incluso en “Los diez mandamientos”, su última película: Moisés está rodeado de mujeres; tiene dos madres, una esposa y una princesa como Nefertiti capaz de dar la vida por él. Es indiscutible que DeMille ve a la mujer como un personaje importantísimo dentro de la sociedad y del desarrollo de la historia.
¿Por qué volver a Cecil B. DeMille?
Tras ciclos exitosos como los dedicados a Chaplin o a Marilyn Monroe, el ICPNA dejó las pruebas y se lanzó a producir dos muestras de cine importantes al año, acompañadas por la edición de un volumen dedicado al cineasta convocado. Y comienzan esta nueva empresa con DeMille, quien justamente representa el comienzo de la historia del cine americano. Un inicio, sencillamente, espectacular.
Así, Cecil B. DeMille: American Master, como se titula la retrospectiva, presentará una selección de sus mejores películas en el Auditorio ICPNA Miraflores. Quedan por ver: el martes 25, Unconquered (Los inconquistables, 1947); el miércoles 26, Samson and Delilah (Sansón y Dalila, 1949); el jueves 27, Sunset Boulevard (1950), de Billy Wilder; y el sábado 29 cierra el ciclo con The Ten Commandments (Los diez mandamientos, 1956). Las proyecciones se realizarán en el auditorio del ICPNA Miraflores (avenida Angamos Oeste 120, Miraflores) a las 7:00 p. m., con excepción de la función del sábado 29, que será a las 6:00 p. m.
—¿Qué buscaba o exigía DeMille a sus actrices en sus películas?
Cuando DeMille entró a trabajar con Mary Pickford, ella era la mujer más poderosa de su tiempo, una productora que tuvo el control de su carrera desde muy joven. Y no se llevaron bien, aunque tampoco mal. Colaboran en dos películas y luego cada uno sigue su carrera. Se llevará mejor con Geraldine Farrar, una soprano que llegó a Hollywood sin saber nada de cine y a quien él instruye en todo, siendo ella muy receptiva. Pero cuando encuentra a Gloria Swanson, ella será su Galatea. Crea un personaje tan grande que se le escapa. Swanson reinó en el cine mudo y comenzó bien en el cine sonoro, hasta que se dio cuenta de que sus días en el cine estaban contados y se mudó a Broadway. Luego tuvo una serie de negocios que la hicieron muy famosa en el tema de la salud, recordándosele como una de las primeras vegetarianas; era la Jane Fonda de su tiempo. DeMille lo que buscaba de las mujeres no era sumisión, sino que captaran la visión que él tenía de lo que ellas debían ser como estrellas y actrices.
—Hijo de un padre religioso al que le gustaba el teatro y de una actriz devenida en agente teatral. En el caso de DeMille, es notable la coherencia entre sus influencias tempranas y su trabajo cinematográfico…
Coherente para un hombre de convicciones religiosas muy fuertes que es a la vez un gran empresario que no está dispuesto a perder.
—Citas al crítico francés Jean François Rauger que lo llama “el puritano libertino”…
Claro, eso es él. Creo que es la mejor descripción que he encontrado de Cecil B. DeMille. Los franceses siempre han sabido descubrir antes que nadie a estos grandes artistas del cine. Lo hicieron con John Ford, Raoul Walsh, Alfred Hitchcock, directores muy identificados con un género. DeMille, salvo lo espectacular, como dice Isaac León, es difícil de clasificar. Sus westerns no son westerns; son películas medio históricas y de aventuras, con personajes que parecieran no querer estar en la película. Steven Spielberg le hizo un lindo homenaje en Los Fabelman, cuando va al cine para ver El espectáculo más grande del mundo y reproduce este filme en su vida y en sus juegos.
Gloria Swanson y Cecil B. DeMille en el famoso filme clásico “Sunset Boulevard”, dirigido por Billy Wilder en 1950.
/ Donaldson Collection
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—¿Crees que Spielberg es el único cineasta comparable con Cecil B. DeMille?
Como señala el crítico español Jaime Iglesias, hoy Spielberg, como lo fue DeMille, es el gran dueño de la tradición, el patriarca. Lo que pasa es que Spielberg pertenece a otra época y tuvo la sensibilidad para ir transformando su obra. Su condición de judío que filmó La lista de Schindler le ganó una aceptación. Por el contrario, DeMille no se supo transformar.
—Hablamos de un cineasta que intentó cuestionar una sociedad en medio de la crisis por la Gran Depresión…
Lo que hace DeMille es reflejar los cambios que suceden en la época: cómo la gente se vuelve cínica, cómo se habla de sexo y dinero. En “Dinamita”, por ejemplo, hay unos diálogos tremendos, que van más allá del cinismo, donde la protagonista pretende pagar para que se divorcie y el exmarido se pueda casar con ella. La otra mujer acepta y negocian como si estuvieran comprando carteras. Eso tiene que haber disgustado a alguna gente de la época y haber divertido a muchos otros. DeMille no busca la reflexión intelectual; lo que hace es reflejar lo que sucedía, juntando en sus guiones muchas historias que sacaba de los periódicos.
Desde el comienzo de su carrera, DeMille no le tiene miedo a los cambios técnicos, a la tecnología. Y por eso sobrevive al sonido y al color. Cuando descubre el color, nunca más lo volvió a soltar. Y cuando aparece la pantalla ancha, el VistaVision, la utiliza. Una de las maneras de sobrevivir en la industria es vivir sin temor a los avances tecnológicos. Y si tuvo algún miedo, no lo evidenció.



