Ramón García Monteagudo (Callao, 1949) llegó tarde a la actuación, o al menos eso creyó entonces. Tenía 27 años. “Ya de viejo”, dice hoy, con una sonrisa. Hasta ese momento no se imaginaba una vida como actor. Entró a un taller de teatro siguiendo el rastro de unas muchachas que llamaron su atención. Se inscribió por ellas. Ninguna le hizo caso. Pero el teatro sí.
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La fecha de la ceremonia, además, tiene para él un significado especial. “No creo en las cábalas ni en la numerología, pero el 23 es un número importante en mi vida. Coincide con la suma del año en que nací; el primer Salmo que aprendí en la escuela dominical de la iglesia metodista fue el 23; y también pertenezco a la promoción 23 del colegio militar Leoncio Prado. Y así podría seguir”, comenta.
Dos años después de su debut en el teatro, Ramón García dio el salto al cine. En 1980 participó en “Aventuras prohibidas”, una película de episodios en la que apareció en el corto “Doble juego”, dirigido por Luis Llosa. Más adelante, en 1995, asumió su primer gran papel en televisión al protagonizar la serie “Los choches”, donde interpretó a Chapana.
“Creo que Chapana es el personaje que más me representa. Llegué a él después de ‘Escuela de la calle: Pirañitas’. Cuando me propusieron el papel, les dije que no quería un malo plano: quería que fuera malo, pero también cobarde, miedoso, valiente, héroe, antihéroe; que tuviera de todo, como cualquier ser humano. Y además que quisiera a los niños, porque yo soy un niño viejo. Me divertí mucho grabando esa serie porque me permitía volver a una infancia que no tuve”, reconoce.
Desde muy niño, la vida le mostró su lado más duro. Quedó huérfano y creció con una soledad que lo marcaría durante años. Hay una escena que todavía recuerda con nitidez: su primera Navidad solo. Lo llevaron a la casa de una familia desconocida y, cuando llegaron las doce, todos se abrazaron mientras él permaneció en un rincón, sin querer acercarse a nadie.
“No entendía qué hacía ahí. No había siquiera un regalo preparado para mí. Creo que improvisaron uno, pero no recuerdo qué era. Ese día juré que nunca más pasaría una Navidad con extraños. Me la pasaba borracho”, confiesa.
Ese vacío empezó a cerrarse muchos años después, cuando conoció a Carmen Fernández. Con ella formó la familia que tanto ansiaba tener. La conoció a los 36 años, se casaron y entonces vivió, por primera vez, una Navidad en un hogar que sentía suyo.
“Soy un ferviente creyente de Dios. Mi esposa, mis hijas y mis nietos son regalos suyos. En las noches nos reunimos, conversamos sobre lo que pasó en el día, renegamos, nos reímos, y en esos momentos solo atino a decir: ‘Gracias, Señor’. Esto es lo que siempre quise y la vida me lo da todos los días”.
Su familia ha sido su sostén en los momentos más difíciles. Lo fue, por ejemplo, cuando a mediados del mes de agosto del 2025 debió ser internado en un hospital tras una emergencia de salud provocada por una obstrucción en el colon, a consecuencia del cáncer que padece.
“Estuve 16 días en UCI. A mi esposa le dijeron que había que operarme de inmediato porque el colon podía reventar y provocarme una sepsis. Llevaba casi dos semanas sin poder ir al baño. Me operaron de emergencia, sacaron el tumor del intestino grueso—era cáncer— y cortaron 12 centímetros. Luego examinaron los ganglios extirpados y, por suerte, ninguno estaba comprometido”, narra.
Después vinieron ocho sesiones de quimioterapia, una cada 14 días. Los resultados, cuenta, han sido óptimos. Había ingresado al hospital con 103 kilos y salió con 86. Hoy ya volvió a pasar los 90.
“Me dijeron que las quimios podían provocarme mareos, náuseas y cansancio, pero me pasó todo lo contrario: se me abrió el apetito (ríe). He subido un poco de peso, así que ahora tengo que bajar, reducir grasa y ganar masa muscular. Necesito fortalecer el cuerpo para la próxima operación, cuando me reviertan la colostomía. Ese es el siguiente paso, ahora que ya terminé las quimios”, detalla.
Esa experiencia límite también le cambió la manera de mirar la vida. Haber estado tan cerca de la muerte, sin siquiera ser del todo consciente de ello, le confirmó que seguir aquí es un regalo que asume con gratitud y responsabilidad.
“En febrero retomé la docencia, que es algo que amo, después de seis meses. Me cuesta por la colostomía, pero estoy tratando de hacer, lo mejor posible, todo lo que aún me queda por hacer antes de irme de verdad. Y cuando llegue ese día, quiero irme en paz”, dice.
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No habla de la muerte con miedo, sino con gratitud. Esa mirada se forjó después de haber atravesado una etapa oscura, marcada por los excesos, en la que perdió energía, lucidez y tiempo, y puso en riesgo lo más valioso que tenía cerca.
“He sido borracho, marihuanero, coquero, pastelero; he pasado por todo eso. Y cuando hablo con los chicos se los digo de corazón: no lo hagan. Es una estupidez. Es como si el Señor te pusiera delante algo bueno, limpio, valioso, y tú, en cambio, eligieras lo que te destruye. Yo cometí ese error”, dice.
El quiebre llegó a inicios de 1986. Después de tres días sumido en el descontrol, despertó solo en su departamento, tirado en el suelo. Al intentar levantarse, golpeó una caja que estaba sobre el velador y de allí salió una fotografía de su madre. Ese episodio, mínimo en apariencia, le dio la fuerza para parar.
La desintoxicación fue dura. La enfrentó solo, con una disciplina feroz, entre ejercicio, desgaste físico y una batalla diaria contra la ansiedad.
“Corría, hacía planchas, abdominales, transpiraba para botar todo lo destruido por dentro. Tomaba bastante agua y comía frutas. Me daba convulsiones, segregaba saliva. Pasé días duros. El alcohol tardó más en irse, pero la decisión ya estaba tomada. No había marcha atrás”, recuerda.
Esa decisión de seguir también marcó su carrera. Ramón García ha participado en más de cien producciones entre teatro, cine y televisión, y en varias dejó una huella propia. En “La ciudad y los perros”, por ejemplo, no solo interpretó al teniente Huarina, sino que además propuso una de las frases más recordadas de la película: “No me mire, cadete, ¿quiere que le regale una fotografía mía calato?”.
También tuvo una presencia sostenida en la televisión. En el 2006 protagonizó junto a Jhoan Mendoza la miniserie “Las aventuras de Camote y Paquete: Camino a casa”, que luego tuvo una secuela, “Camote y Paquete: Aventura de Navidad”. También integró el elenco de producciones como “Así es la vida, Torbellino” y “Luz de Luna”, entre otras.
Su carrera incluyó, además, títulos internacionales como “The Young Pope” y “The New Pope”, donde interpretó al cardenal Aguirre, ampliando aún más un recorrido sólido.
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“Fue una experiencia muy grata. El día de grabación tenía un Mercedes del año a mi disposición; acá no tienes ni bicicleta”, dice entre risas. “Había que estar listos a las 4:30 o 5:00 de la mañana. Al comienzo pensaba que me habían llevado como el sudamericano exótico, pero el trato era igual para todos. Jude Law comía conmigo y se burlaba porque yo estaba con casaca y él con polo. Me decía: ‘Sudamericano, ¿no?’, y se reía”, recuerda.
A sus más de siete décadas, Ramón García todavía piensa en los personajes que le faltan por hacer. Hay uno, sobre todo, que lo ronda desde hace tiempo: el de un payaso viejo, golpeado por la tragedia.
“Quiero hacer de un payaso que ya no sabe qué hacer, pero sigue intentando sus trucos. Se quedó loco después de ver morir a su hija trapecista en el circo. Vive en su propio mundo y solo habla con los animales. Ese personaje está en mi cabeza; todavía no aparece en el papel”, asiente.
Quizá por eso, cuando mira su trayectoria, habla de camino. “Hice todo lo que pude, con errores y aciertos. Y lo que quiero es seguir, hasta que me digan: ‘Hasta aquí llegaste’”. Y en eso sigue: caminando.












