La premio Nobel Han Kang (Gwangju, 1970) ha escrito un crimen. Para hablar de ello, nos cita en una estación de tren en Londres, la de St Pancras, donde el ajetreo de las idas y venidas de pasajeros le permite pasar desapercibida. Mientras en los pasillos y andenes se cruzan miles de historias, la surcoreana desgrana las claves de su última novela traducida, “Tinta y sangre” (Random House), sobre una pintora que supuestamente fallece en un misterioso accidente de coche.
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La novela, traducida al castellano por primera vez, fue escrita originalmente en el 2010, justo después de “La vegetariana”, su obra más famosa, en la que una mujer ansía convertirse en planta.
—Una vez más, nos encontramos ante personajes suyos dedicados a una actividad artística, en este caso, la pintura…
Siempre me siento muy cerca del arte. Me gusta visitar exposiciones, hay tantas fuentes de inspiración ahí… No pretendo nunca escribir sobre arte, pero sin darme cuenta acabo haciéndolo.
—¿Ha pintado alguna vez?
Yo dibujo, pero no pinto. Sí me he lanzado a realizar algunos videos artísticos.
—¿Y esa técnica con tinta y papel hanji existe como la describe en el libro? Compara el discurrir de la sangre por las venas con el de la tinta por esa modalidad tan específica de papel grueso.
Sí, sí. Un día, iba caminando por la calle en Seúl y vi un cartel con la obra de la artista Han Eun-seon. Parecía la explosión de una estrella en medio del universo oscuro. Sentí curiosidad, vi que la exposición ya había pasado… así que visité la galería y les pregunté por aquella imagen. Me dieron el correo electrónico de la artista, me puse en contacto con ella, visité su estudio y me contó el proceso, cómo trabajaba esas formas especiales de la explosión de las estrellas.
—¿Y de ahí surgió la novela?
Sí. A ella no le conté toda la historia del libro, pero me ayudó mucho. Yo le iba preguntando un montón de detalles técnicos, cómo conseguía que el agua coloreada fluyera a través del hanji.
—La pintora Seo Inju, su amiga Lee Cheonghee y el tío de la primera forman, en cierto modo, una especie de triángulo amoroso, ¿no?
Yo los veo más bien como una familia. El tío de Inju es una persona muy cariñosa, tiene una personalidad muy dulce y atenta. Están los tres unidos por esa calidez, esa comprensión y esa ternura que comparten.
—Hay un tema clásico: la relación entre maestro y discípulo…
Sí, pero quería mostrarla justamente al revés del cliché de la relación entre maestro y alumno, porque no hay jerarquía. El personaje del tío es afable y no impone ninguna norma, no es nada estricto… son iguales. Él no es un Pigmalión, en cierto modo la protege.
—La trama de la novela podría parecer una historia policíaca porque hay una mujer muerta… pero no es eso en absoluto, trata sobre el arte, el vacío existencial y otros temas. ¿Cómo utiliza elementos del género policíaco para este propósito diferente?
Cuando terminé “La vegetariana”, con esa escena final en la ambulancia, una especie de final abierto, porque la gente me dice que no sabe si Yeong-hye sobrevivirá o no… Me quedé con las ganas de describir a una persona que sobrevive claramente. Imaginé, para ello, una estructura de misterio o de novela negra, es una especie de historia policíaca extraña. Yo lo veo como dos libros que luchan entre sí. Asistí a clases de historia de la medicina, y un médico de urgencias me habló de los pacientes que no pueden respirar, a los que les ponen un tubo de respiración artificial y una máscara, esa máquina les suministra aire y luego se lo extrae. Pero llega un momento en que el paciente recupera el aliento y, de repente, vuelve a respirar por sí mismo. Si tiene suerte, adquiere el mismo ritmo de la máquina: cuando inspira, la máquina le da el aire también, y cuando espira, le extrae el aire. Esto resulta útil, pero a veces se produce una colisión, una contradicción entre los ritmos de la respiración artificial y la respiración natural del paciente, y puede ser muy peligroso. Y, mientras él me hablaba de esto, a mi cabeza acudió la imagen de una mujer tumbada en la ambulancia, en esa situación.
—Esa es una escena importante (y angustiante) del libro…
Sí, su aliento y el aliento de la máquina chocan, eso se convirtió en la imagen más vívida de esta novela. La lucha entre esos dos alientos, entre la verdad y la falsedad, entre dos libros posibles, entre dos personas, entre dos palabras, incluso la pugna entre dos estilos marcan toda la novela. Las frases chocan también. Me imagino el libro como un conjunto de todos esos choques.
—En cuanto a la voz narrativa, hay introspección psicológica, acción, testimonios de personas como en un reportaje… Es una novela con un fuerte sentido del ritmo.
Mucho ritmo, sí. Quería darle ritmo a cada frase, y muchas partes son incluso como poemas.
—Hay momentos en los que el lector se pregunta: ¿es fiable este narrador?
No quiero que quede demasiado claro, porque si algo es demasiado claro deja de ser interesante. Quería dejar las cosas algo confusas, como si el viento soplara en cada página, sacudiendo sus emociones y sus percepciones. Todas ellas se tambalean, vuelan.
—La dificultad para desplazarse, el frío, los viajes agotadores, todo eso recuerda a la nieve de “Imposible decir adiós”. La naturaleza suele ser un obstáculo para sus personajes.
No sé por qué últimamente me he dado cuenta de que he escrito sobre los inviernos un montón de veces. El invierno es algo en lo que siempre me pongo a pensar. Cuando era niña, a los 9 años, dejé mi ciudad natal en enero y nos mudamos a Seúl, mucho más al norte y más frío. Recuerdo que la sensación del frío estaba en mi corazón en ese viaje. Pensé: “Quizá esto sea la vida. Esta nueva vida es frío, algo con lo que tengo que lidiar”. Al llegar cada invierno, recuerdo esa sensación de sorpresa y la determinación de soportar ese frío.
—Aparecen varias pinturas, unas reales y otras ficticias basadas en cuadros reales. Háblenos de “Sueño de un viaje a la tierra de las flores de ciruelo”, de An Gyeon. Es difícil que el lector no lo busque en Google…
Es un cuadro coreano muy famoso, algo que todo el mundo conoce en mi país. Es del siglo XV. El príncipe Anpyeong, amante de las artes, tuvo un sueño en el que veía un paisaje muy hermoso con árboles en flor, se lo contó a este pintor de la corte, quien lo pintó sobre tela de seda. Muchos poetas escribieron versos sobre el cuadro y todos fueron asesinados, como el príncipe, por su hermano, que tomó violentamente el poder. Es una historia muy trágica.
—En el libro tenemos dos mundos muy poderosos, el del arte y el de la ciencia. Y las estrellas que actúan como un puente entre ambos, porque aparecen tanto en los cuadros como en los libros de ciencia.
Me apasioné por la astrofísica. Todo empezó porque me pareció que aquel cuadro de la pintora se parecía mucho a la explosión de las estrellas en el universo. Así que quise leer sobre el origen del universo, y sentí que todo aquello estaba estrechamente relacionado con la literatura y el arte, porque se planteaban las mismas preguntas fundamentales: ¿qué es la vida? ¿Qué es el mundo? ¿Qué es el universo? ¿Qué hacemos aquí? En la antigüedad, no había división entre la física y el arte.
«Quería dejar las cosas algo confusas, como si el viento soplara en cada página, sacudiendo sus emociones y sus percepciones».
—Los estadounidenses han vuelto a la Luna, un satélite muy presente en la novela. ¿No cree que los astronautas deberían haberse llevado su libro?
Aún no ha salido en inglés… A mí, leer astrofísica me condujo a los seres humanos. El término ‘grande’ no basta para definir el universo, que es casi infinito, y nosotros somos tan pequeños y frágiles… Me encanta la Luna, pero no siento ningún impulso de expandir nuestro territorio hacia allí, como esa expedición a la que se refiere. Simplemente, estudiar el universo me hace sentir humilde. Al mismo tiempo, me conmueve la imaginación humana y la capacidad para pensar en el origen y el fin del cosmos, todos los descubrimientos que hemos hecho a pesar de nuestras limitaciones.
—En todas sus novelas, el cuerpo desempeña un papel importante. Aquí, el lector siente el dolor en el pecho, en la espalda, en el tobillo. ¿El cuerpo es una carga?
Cuando escribo novelas, quiero sentir, y plasmar todas las sensaciones, incluso el dolor, en las frases. Y la protagonista está sufriendo, en su corazón y en su cuerpo. Y está viviendo su vida con su cuerpo, como todo el mundo. No quiero olvidar que tenemos un cuerpo, es imposible. De hecho, me lesioné el tobillo derecho unos años antes de escribir este libro.
—¿Y en qué trabaja ahora?
Estoy escribiendo una novela muy personal. Trata sobre mi madre. Quizá sea mi novela más personal.
Además…
A saber
Han Kang, que vive a caballo entre Londres y Seúl, tiene una peculiaridad extraña en un Nobel: posee una librería en Seúl, Onul Books, punto de atracción turística desde que la Academia Sueca la distinguió en el 2024.
“Tinta y sangre”
Autora: Han Kang
Editorial: Penguin Random House
Año: 2026
Páginas: 312



