miércoles, junio 3

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La reconocida escritora argentina Mariana Enriquez, curadora de las ediciones de Tinta Club del Libro, participa de esta innovadora propuesta de suscripción mensual que transforma la lectura en América Latina. En esta entrevista, Enríquez repasa sus primeras lecturas de quiosco, sus particulares hábitos con el papel y el peso de la ficción, mientras analiza con lucidez el reto de entusiasmar a los jóvenes frente al elitismo cultural latinoamericano.

La reconocida escritora argentina Mariana Enriquez, curadora de las ediciones de Tinta Club del Libro, participa de esta innovadora propuesta de suscripción mensual que transforma la lectura en América Latina. En esta entrevista, Enríquez repasa sus primeras lecturas de quiosco, sus particulares hábitos con el papel y el peso de la ficción, mientras analiza con lucidez el reto de entusiasmar a los jóvenes frente al elitismo cultural latinoamericano.

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― ¿Cuáles son esos recuerdos que tienes de tu infancia y de los libros en ella? ¿Hay colores, olores o sabores que acompañen esos recuerdos?

Mi mamá es médica mi papá era ingeniero. Eran personas formadas, pero no en literatura, les gustaba leer y compraban por recomendación. En ese momento había una colección que se llamaba Club Bruguera, me acuerdo. Se vendía en quioscos y tenía cierta curaduría. No sé si compraron por la editorial o por los títulos, solo sé que vendían en los quioscos, venían hay veces con otros libros. Lo que quiero decir es que no eran libros comprados en librerías, era otra forma más popular, una colección inmensa y muy ecléctica. A mí de chica me gustaba sobre todo porque los libros eran de diferentes colores, mirá que tontería, todavía me acuerdo. El primero era Sangre fría de Truman Capote que era rojo. El segundo era una antología de cuentos de Borges que era amarillo. Te estoy hablando de 7 o 6 años, me los acuerdo. Estaba El americano impasible de Graham Greene, de un color lavanda, precioso. Yo no entendía nada de ese libro. Creo que del primero que logré entender algo fue de Narraciones Extraordinarias de Edgar Allan Poe, que lo empecé bastante tarde porque era marrón y el color no me gustaba. Era una niña, elegía con ese sentido. Esa fue mi primera colección de libros. Te hacías de una literatura universal importante con leer esta colección. Me acuerdo de que Poe fue el primero que me gustó, por alguna razón ya me gustaban las cosas siniestras, y el segundo que fue para mí un descubrimiento impactante Cumbres Borrascosas de Emily Brontë, era de color naranja. Al mismo tiempo, mi tío estaba inscrito en un club del libro, y me regalaba los que no le gustaban. Ahí me regaló La historia interminable de Michael Ende, un escritor de fantasía encasillado en lo infantil, pero yo diría que es más como Bradbury, es decir, no infantil pero más que todo de la imaginación, muy tierno, pero no necesariamente para niños. Las emociones que maneja son muy adultas. Bueno, me regaló ese libro y me impresionó mucho, era un libro muy meta. Se trata de un niño que lee y la novela, son las dos cosas, el niño que lee y la novela que el niño está leyendo. En un momento logra meterse físicamente dentro de la historia para poder colaborar y me impactó muchísimo, es una metáfora de lectura impresionante. Por supuesto, en ese momento no lo leí de esa manera, sino como la posibilidad de entrar a un cuento y convertirte en el héroe. Es un libro hermosísimo. Y las primeras lecturas me llegaron así, no de bibliotecas públicas, no de librerías, no de recomendaciones de gente relacionada con la literatura, sino de esta forma más popular, de libros baratos, a partir de una curaduría en quioscos de revistas o a través del club de lectura gracias al que me llegaban los descartes de mi tío.

― ¿Cuáles son tus hábitos de lectura? ¿Lees en alguna hora específica, subrayas los libros, lees en papel?

Los subrayo con lápiz, nunca con esfero, los guardo cuidadosamente. Siempre tengo el libro y un cuadernito porque siempre tengo que anotar. Todos mis libros tienen huella, anotaciones. En general leo antes de dormir, por las noches. Antes escribía en la noche y fue un hábito que cambié, ahora escribo en la mañana y leo en la noche. Si tengo tiempo, me gusta mucho leer por la tarde, a la hora de la siesta y entrando en el café de la tarde. Me parece una hora hermosa para leer y después salir, una parte en el medio de la tarde, una lectura placentera. Me gusta mucho en la cama, antes de dormir. No me da sueño y si me da sueño, no importa, me parece una buena despedida del día. Soy muy acumuladora de libros, tengo muchísimos libros; me cuesta bastante tirar libros, y vender libros, aunque lo hago con frecuencia porque si no en mi casa no se puede caminar. Además, hay muchos libros que guardo que no me interesan especialmente, pero lo hago de completista. Es lo único que acumulo porque para todo lo demás soy bastante desprendida. Cada vez es un problema mayor, las mudanzas son dramáticas y trabajar de periodista, de crítica, te mandan muchos libros y son muchos los que guardo para después. Tengo una relación bastante enfermiza. Para viajar uso el e-book pues me gusta viajar ligera, pero prefiero el papel porque como dispositivo es genial, uno lo puede doblar, dejar, no se pierde, no se apaga, lo puedes subrayar, anota y una edición linda con tapa, es imbatible. De hecho, si me leo uno en digital que me gusta, lo compro en impreso. Y no me gusta escuchar leer, no me gustan los podcasts. Hay algo de escuchar que me desconcentra, admiro a quien puede sostener la atención siete horas. Mi mamá no me leía cuando era chica, no me gustaba. Terminó leyéndome poesía la pobre mujer porque no me gustaba. Es una cuestión personal.

― ¿Piensas en tus lectores(as) cuando escribes? ¿Tienes un tipo de lector(a) ideal?

Tengo pocos lectores porque siento que en el momento de los primeros borradores soy muy influenciable, vulnerable. No tengo estándares súper altos en cuanto a me leen y a escuchar lo que me dicen, cosa que me parece bien, por un lado, pero si lo que pasa es que, si se lo muestro a muchos y me dicen todos cosas diferentes, todas me parecen razonables. Entonces, se lo muestro a poca gente cuando ya está más formado, para que la cantidad de opiniones me resulte manejable. Mi mejor amigo lee todo, no es una persona con la que coincidamos totalmente en los gustos, pero es un lector que me interesa mucho como lee, es muy obsesivo, entonces él ve cosas que yo no y va cambiando según el texto. Tengo un par de amigos cercanos, alguno es escritor. Me leen lectores, más que escritores y mi agente a quien le tengo muchísima confianza. No tengo un lector ideal, todos me parecen relevantes. Entonces tengo que encontrar lo mío y al final quiero una lectura crítica más fina, como: esto es aburrido, esto es una repetición y así. Cuando voy a talleres siento que están descuartizando el texto y luego no lo puedo volver a armar, es un momento muy intuitivo; hay lectores que son muy racionales y a mí me arruinan por completo. Cuando voy a buscar a mi amigo Ariel, que es un lector muy racional, lo busco cuando necesito eso. Ya está el libro terminado y necesito que me diga si están bien las fechas, cosas así. Un lector que pueda leer como si el libro fuese un motor y lo estuviera arreglando; pero no tengo tantos lectores ni tanta confianza, lo muestro al final.

(Foto: EFE/Marta Pérez)

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― ¿Tienes alguna anécdota memorable de un encuentro con un lector(a)?

Hay uno bastante raro y viene al caso porque estamos con Colombia. En Nuestra parte de noche, en la novela, hay un momento en el que mis personajes en los años 80 ven por televisión la muerte de Omayra, la tragedia de Armero. Yo la vi y por eso quise incluir la muerte de la niña después de un desplazamiento a causa de la erupción de un volcán. Yo la vi en vivo, por 3 días atrapada entre el lodo. Lo pasaban como si fuera “el gran hermano”. Es un recuerdo de infancia para mí traumático, pero no traumático personal pero sí de algo que vi que era muy difícil de entender. Yo no era tan chica, pero sí demasiada chica para ver morir a una persona y más a una criatura más o menos de mi edad. Como que yo no tenía tan claro que se moría la gente, mejor dicho, la gente grande sí, los viejos, pero los chicos no, y menos de esa manera. Bueno, lo incluí en la novela como una especie de anuncio ominoso, a mis protagonistas que son niños también le pasan cosas terribles, ellos se pasan días viendo esto. Y claro, yo lo describo. Algunos lectores son más jóvenes, otros porque pasó en otro país y no en Argentina, etc., pensaban que era un invento. Luego lo googleaban y enseguida lo encontraban en YouTube, toda la imagen, está todo. Y sobre todo la imagen final que es muy impresionante, hay una fotografía de ella con las manitos de ella, enormes, con hipotermia, muy azules, y los ojos todos negros porque están llenos de sangre. Es como una imagen de una película de terror, esto dicho con el mayor respeto, pero es así. Una vez, un lector, me trajo esta imagen, pintada al óleo, enorme, en un cuadro enorme, hiperrealista, además. Yo no diría que me marcó, pero sí me impresionó mucho. No sabía qué tipo de conversación tener con él. Una cosa es que vos le dibujes al autor uno de sus personajes, lo es, pero no funciona como un personaje. Es una niña real. Y en esa conversación, él no era consciente que me estaba regalando para que yo cuelgue o guarde en mi pared la imagen de una niña agonizando. Horrible. Y a l mismo tiempo, me dio una especie de superstición espantosa. Y lo tengo todavía, aunque no me gusta. No es que no me guste estéticamente, está lindo, bien hecho; y lo tengo porque no lo quiero tirar. Es como si se hubiera convertido en un objeto con una carga energética horrible. Eso fue de las cosas más raras que me pasaron porque no tiene que ver con cosas macabras que vos escribiste de la imaginación, sino que es la reproducción de la foto de una criatura muriendo. Y él con la mayor tranquilidad, sin darse cuenta de que era demasiado psicótico.

― ¿Algún escritor de la historia del que te gustaría ser amiga?

De Rimbaud porque estoy enamorada de él desde que soy adolescente. Además, para preguntarle por qué no quiso escribir más, qué pasó, por qué decidió hacer de traficante de armas en África. Me parece el misterio literario más impactante, más allá de que sea escritor, de él posiblemente. Los escritores son difíciles. Probablemente tal vez también lo sería, por eso lo elijo en plan estrella de rock, no tanto como escritor para ser amigo, porque en general cuando los conocés, son bastante raros. A mí no me decepciona la gente en cómo es, sino que es gente de la que tal vez no quisiera ser amiga. Pero de él, sí.

― Si pudieras escribir un libro con otro(a) escritor(a), ¿con quién lo harías?

Con Carson McCullers. Ella tiene algo que es un entendimiento tan profundo de los personajes que sí lo haría, porque me maravilla. Probablemente haya sido bastante insoportable ella en ese sentido, porque hay algo muy riguroso en la escritura, aunque parece absolutamente libre cuando una la lee, pero no es. Para mí son de los personajes más tridimensionales que yo leí, de todos los escritores. Hasta el que aparece en dos renglones son todos complejos; eso es algo tan difícil de hacer, que eso hace que me interese escribir algo juntas. Y, con una escritora contemporánea que me gustaría escribir algo, posiblemente sería con Samanta Schweblin. Porque somos tan distintas, pero al mismo tiempo tenemos la misma edad. Me parece que siempre que tenemos conversaciones literarias, que no siempre es el caso porque somos amigas y hablamos de cualquier cosa; son conversaciones muy entusiastas. Mirá, ¡descubrí a este tipo! Cuando descubrimos un buen cuento, como si estuviéramos hablando de deporte. Me gustaría ver cómo funciona esa complicidad y ese entusiasmo en algo más. Ella está viva y lo veo muy difícil por nuestras dos personalidades y cómo escribimos, pero sería lindo que se diera porque es prácticamente imposible.

― Eres fan de muchas cosas… ¿qué has aprendido de ser fan y cómo aplicarlo a la lectura?

Es cada vez más difícil por las condiciones culturales. La gente está probablemente más letrada que nunca; pero la lectura que hace la mayoría no tiene que ver con lecturas literaria; por una cuestión audiovisual y por lo mucho que se lee en pantallas. Es muy difícil sacar a la gente de esto y me incluyo. Creo que lo que más competencia tiene para sacarme tiempo de lectura a mí es scrolear en redes sociales. Me parece bien que un escritor lo diga, nos pasa a todos, es así. Se abrió esta dimensión, es infinita y es una dimensión de lectura también. Soy docente, ahora estoy en sabático, pero lo fui de periodismo en academia y periodismo narrativo, con lo cual teníamos que leer mucho. Tanía los chicos de primer año, 18, 19 años. Muchos con una enorme dificultar a sostener la atención. Y ya tienen 18 años y estudian en una universidad pública de buen nivel académico en Argentina. Creo que solo se soluciona con entusiasmo y ahí está el problema. Hace falta una intervención institucional para que la gente se entusiasme. Yo lo pensé mucho y llegué a la conclusión de que es así. Por medio del mercado no va a leer la gente, salvo que te guste. Si tenés Netflix, nadie va a ir a la biblioteca pública. Es más, es más posible que empiecen a escribir antes de leer… lo podés ver en fanfiction. Escriben un final alternativo a la serie antes de leer. Para mí, una experiencia interesante, pensando desde el mercado, es lo que se hace con la literatura de jóvenes adultos, que no me interesa mucho en contenidos ni en estilo, pero que ha logrado desde Harry Potter para acá, hacer que haya una fracción de jóvenes que lean mucho. Puede que no sea la literatura más interesante, pero es leer, es un entrenamiento. Leer todos los tomos de Harry Potter es un montón. Todavía hoy hay chicos que empiezan a leer con esto. Pero el apoyo que después requiere eso, es difícil de dar. Desde el mercado es imposible, en las casas es difícil y desde el sistema educativo en las condiciones en las que se está trabajando es complicado. El reto entonces es entusiasmar a los chicos y luego a la gente más grande con programas de acceso a la lectura que tienen que darse desde las instituciones. Pero éstas están desfinanciadas, porque la cultura en nuestros países cada día parece importar menos y sobre todo si se le compara… En un país donde la gente tiene problemas de violencia, de acceso a la vivienda, a la alimentación… para mí una cosa no quita la otra. Wilfred Owen era un poeta que iba a la trinchera en la Primera Guerra Mundial y escribía poesía. Lo mataron ahí… Entonces, no tengo una respuesta romántica, tengo una respuesta política: estas formas de lectura con las que yo empecé, por ejemplo, a pesar de que fuera popular, tenía que ver con una idea, sobre todo en ese momento en la Argentina, de que el libro fuera muy accesible y barato, que estuviera en lugares donde la gente no necesariamente fuera a buscar libros. Después me enteré que muchas de estas colecciones tenían subsidios estatales, y entonces llegaban más baratos, y en programas de lectura que no eran enunciados como tal pues a veces la gente es reactiva con eso y está bien. Entonces, era un interés. El Estado ponía dinero en eso porque le interesaba que mi papá fuese y comprara el libro en el quiosco, porque mi papá no iba a ir a una librería, o no tenía tiempo por el trabajo; pero, cuando se bajaba del bus, tenía un quisco al lado. Es todo bien completo, ¿no? Pero luego, el entusiasmo viene solo, porque, cuando te enamorás de la lectura, eso ya después, para mí, sale todo. El problema es cómo llegas. Se necesita una ayuda muy determinada, y este poder solo lo tiene el Estado, y no encuentro ni uno en América Latina que tenga un interés claro sobre esto. Hay una idea muy perniciosa de que la cultura no es necesaria, como que no es de primera necesidad, y yo creo que sí lo es.

Mariana Enríquez retratada durante una visita a Lima en el 2015. (Foto: Nancy Chappell/ El Comercio)

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― ¿Cómo te fue de profesora con los jóvenes? ¿Son fáciles de entusiasmar?

Sí. Comparando conmigo, que iba a las clases de la universidad fumando, cuestionando todo lo que decían los profesores, muy rebelde; creo que los jóvenes hoy son más amables, pero sí, dicho con todo respeto pues en general los jóvenes me caen bien, por la hiper-oferta que tienen, entre esa la cultural, hace que les resulte bastante difícil estar perceptivos a la oferta del pasado. Lo que a mí me cuesta darles A Sangre fría, es de locos. Te dicen: ah, pero es un crimen, de seis personas, en Kansas, en los años cincuenta, ¿cómo puede esto estar cerca de mí? Y cuando trato de explicarles que sí está cerca, que es muy erótico, que se cuestiona la pena de muerte, que se cuestiona el rol moral del autor (Truman Capote esperó años a que mataran a esta gente para poder terminar el libro), todo eso lo ven muy lejos, creo. Y me parece que es por la hiper-oferta. Yo misma soy una melómana obsesiva, hay momentos que me abrumo con la cantidad de bandas que puedo escuchar. Entonces, me bajo toda la discografía de un artista que nadie conoce. Richmond Fontaine, tiene ocho discos, es un músico fabuloso. Ya me da hasta ansiedad saber que he escuchado dos discos solos, me faltan seis y ya sacó otro. Cuando sos jóvenes éste es tu mundo, no tuvieron otro. Entonces, me parece que es difícil por estas condiciones culturales, y la literatura en estas condiciones es lenta, maneja temas lentos, amplios, y ante esa inmediatez es muy difícil competir. Con la realidad también es muy difícil. Recuerdo siendo maestra de una maestría, en crónica latinoamericana, dos de los textos que debían leer era: La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska; y Operación Masacre de Rodolfo Walsh. Con ambos, teníamos el mismo problema. Que los chicos que tenían 18, 19 años, les parecía, como decirlo con elegancia… Que se había muerto poca gente. Y era cierto. Pero de lo que se trata es de ver, en La noche de Tlatelolco, cómo se hace una narración coral, de denuncia, pero a la vez tiene forma literaria; y en ver Operación Masacre cómo se usan los elementos de la literatura de ficción para armar un retrato periodístico siendo muy fiel a los hechos, y después la parte de investigación. Tenía alumnos de todo América Latina y un mexicano me escribe que en esa masacre solo murieron cinco y hace poco, a la vuelta de su casa, murieron veinte. Y sí, es verdad… Entonces, hay algo de no entender la literatura que no es la realidad, es el lenguaje; formas en el lenguaje de contar la realidad que creo se les complica por la cantidad enorme de lenguajes que tienen que descodificar. Hay veces que se vuelve difícil y te enojás con ellos. Pero no es su culpa, uno pertenece a otra cultura y cambió la cultura muy rápido, entonces los dos estamos viviendo en un mismo momento histórico con dos diferentes culturas y no sé si eso pasó antes tanto. Por ejemplo, los jóvenes en los sesenta, estaban viviendo en otra cultura, pero el cambio no era tan profundo quiero decir, básicamente era lo mismo, distinto el pelo, distinta música a la de sus padres en los cuarenta. Ninguno había nacido con un teléfono y el otro sí. Son más cyborg que yo… Y, así y todo, tengo muchos lectores muy jóvenes. Me doy cuenta que, cuando se penetra ahí, la literatura es imbatible, el tema es la penetración.

― La literatura es percibida como elitista en Latinoamérica. Creo que ha alejado a muchas personas de los libros. ¿Cómo motivar para disfrutar la experiencia literaria?

Creo que en Argentina pasa en menor medida por una cuestión social. La universidad pública y la cantidad de escritores de clase media y baja, que son canónicos, Roberto Arlt, hay un montón. Es decir, tenés escritores aristocráticos como Silvina Ocampo o Bioy Casares; escritores de clase media como Borges y Cortázar un poco más arriba, pero ninguno de los dos millonarios. La mayoría de los contemporáneos como yo venimos de clase media, media baja con muy pocas excepciones; y no solo de Buenos Aires sino de las provincias. Y es una condición muy particular de la Argentina, dentro de América Latina. Porque fue un país, ahora es muy desigual, pero no lo fue por mucho tiempo, y tiene que ver ahí la educación pública, en todos los niveles. Pero sí, es cierto el elitismo de los escritores en otro sentido. Me acuerdo cuando publiqué mi primera novela, mi editor que era Juan Forn, era amoroso y era el tipo de escritor que a mí me gusta, un entusiasta que me decía “tenés que leer esto, tenés que leer lo otro, te va a gustar esto”. Y él que en ese momento era muy amigo de Fresán, después se pelearon, los dos eran mis dealers de libros, dentro de ese mundo. Pero cuando me llevaron a conocer otros escritores, me acuerdo de una cena con un “señor escritor argentino”. El señor me pregunta si me leí El idiota de Dostoyevski, yo tenía veinte años y no lo había leído. Por la personalidad que tengo, le respondí: “No leí El idiota, pero leí Los hermanos Karamazov, ¿te sirve?” Pero porque siempre he sido muy desafiante y de chica, ingobernable. Pero, con el tiempo, he pensado, que otra chica en esta circunstancia en los años noventa con un señor premiado, Premio Nacional de Literatura, que te esté tomando un examen en una cena, y que ella no haya leído un libro… ¿Cuántas otras en vez de desafiarlo porque no tienen mi personalidad, o porque no se habían tomado todos los vinos que me había tomado esa noche, se asustan y dicen mejor no? Estamos hablando entre escritores, gente leída, publicada. Lo que quiero decir es que asustan escritores, no solo la gente común. Hay una cuestión de clase que en Argentina quizá esté un poco más enmascarada, pero que hay escritores con cierta competencia, una especia de torre de marfil y hay escritores que se ponen en ese lugar en el que, hablar de series es pecado, hablar de cine un poco más, pero si es Kurosawa… y claro que eso espanta mucho a la gente, porque todo el consumo cultural elitista es un consumo privilegiado, porque cómo haces para ver a Kurosawa. Te tocaría verla en Filmin que es una plataforma europea y que en América Latina no se puede acceder. También me acuerdo que estaba en Perú, en una charla de Vargas Llosa y muchos en la posición de “va a hablar el maestro” y cerraron las puertas porque había gente hablando afuera. Hubo muchos que no pudieron entrar, amigos míos y Vargas Llosa estaba hablando pavadas con sus amigos, estaban contando anécdotas. No era ningún momento solemne. No culpo a Vargas Llosa, es al sistema. Al año siguiente, se muda a España y empieza a salir con Isabel Preysler, más frívolo imposible. Al mismo tiempo, si le hubieran dejado ver a la gente, ver esa imagen del señor, riéndose con su amigo, y después dejando a su esposa, haciendo un desastre y yéndose con la ex de Julio Iglesias… Uno diría ¿es una vergüenza? No, es una persona. Entonces al decir son personas, no son más inteligentes. Saben hacer esto y da prestigio y todo lo demás. Pero en un continente tan desigual, tan racializado es una marca, si vos mirás, todos los escritores y escritoras canónicas de América Latina, son blancos. Esto no es menor pues no es que no los haya negros. Incluso en Brasil. Un escritor como Jorge Amado, fue muy, muy popular y no se le pone o se lee con el mismo respeto que a Clarice Lispector. Ella, estaba mucho más loca que Jorge Amado, era mucho más desorganizada y me arriesgo a decir que Jorge era mejor escritor como tal. Uno un escritor popular y la otra una rara. Esto pasa todo el tiempo. Por supuesto, la mejor manera es que aparezcan otros escritores de otros orígenes y clases sociales para demostrar que esto es así. Y volvemos aquí a la política otra vez. Es muy complejo desarticular el racismo. Yo veo a escritores y los pongo con los europeos y son iguales. También me pasó con un escritor con quien tengo buena onda, muy buen poeta, muy moreno, con un look muy particular, muy cool. Fuimos a una fiesta y en la entrada, le señalaron que debía entrar por la puerta de servicio. Fue una de las cosas más impresionantes que he vivido. Porque, además, por cómo se viste, por la onda que tiene, jamás se te hubiera ocurrido, es como mandar a Jimi Hendrix a lavar los platos. Sin embargo no vieron eso, vieron su color, vieron su pelo. Y bueno, él tiene más libros que ello. Pero ves, en el fondo, es eso.

― Autores como Borges o Bioy Casares afirman que lo fantástico es coetáneo a la literatura, parece ser un rasgo mismo de la literatura, ¿cierto?

Bueno, sí, es toda inventada. Incluso el realismo e incluso el periodismo narrativo, yo que hago eso, porque la forma, el punto de vista en el que contás una historia hace que no se parezca a la realidad, es lenguaje y cuando pasa al lenguaje se convierte en otro artefacto. Por eso, negativamente, también es tan fácil que te creas algo. Porque estás tan acostumbrado a la narrativa como una mentira creíble, que cuando te lo cuentan en el periodismo uno duda mucho en si es real o no. Ese límite, ese juego con la realidad de la literatura hace que toda sí sea fantástica.

― Dice Todorov que lo fantástico implica no sólo la existencia de un acontecimiento extraño, que provoca una vacilación en el lector, sino también una manera de leer. ¿Cómo puede ser esta manera de leer?

Como lectora de fantástico compulsiva, creo que lo que tenés que tener es una especie de suspensión del verosímil casi incorporado. Tenés que entregarte a ese juego y se acabó. El señor del anillo, hay tierra media, joven, hay un anillo de poder y punto, comprás ese pacto. El pacto de lectura del fantástico es muy alto, te pide mucho. Por eso mismo te da tanto. El lector de fantástico y la forma de lectura, es muy creativa. Tienes que hacer un ejercicio consciente de aceptar lo increíble como creíble y una vez que lo puedes hacer ahí tenés las mismas emociones, incluso más. Por eso todo es tan popular: El señor de los anillos, La guerra de las galaxias, Harry Potter. Porque ese esfuerzo que vos haces de quebrar con la realidad, también te pone en el lugar a vos de la fantasía y de lo fantástico. Cuando estás allí, un poco solo, a la intemperie, sin nada en lo que apoyarte, las emociones son más intensas; un poco como el amor, es un territorio sin marcas, donde no sabes bien qué va a venir. Yo siempre interpreté lo que dice Todorov como una lectura muy activa. Tienes que obligarte a vos mismo, hasta que lo incorporás de una manera inconsciente; luego no te das cuenta que lo hacés. Es un proceso interpretativo muy completo. Porque podés estar leyendo sobre esto sin ningún tipo de contradicción, sin confusión. Si lo despojás como algo del cotidiano, es muy raro.

― El ojo de Goliat ¿Cuándo leíste el libro por primera vez? ¿Cómo llegó a tus manos?

El libro llegó porque Diego es un escritor que, aunque todavía no tiene una proyección internacional digamos, a mí me gusta mucho, espero lo que hace. Publicó dos libros antes que me gustan mucho; un libro de cuentos y libro que son tres nouvells que se llama Las esferas invisibles y cuando salió este libro lo fui a buscar inmediatamente, lo leí apenas salió. Y me sorprendió bastante, me gustó más de lo que me suele gustar. Me gusta muchísimo, pero creo que en este libro encontró lo que venía buscando, encontró el tono preciso.

― Los faros evocan misticismo, misterio; invitan a la serenidad, a la reflexión, a la paz interior. ¿Por qué crees que Diego hizo del faro el eje central del libro?

Creo que por muchos motivos. Es una novela de la post-guerra europea y del trauma de guerra, pero creo que encontró esta conexión con el mar del sur en la Argentina que, en esa época, históricamente, aunque es inventado, es algo posible. El extremo sur era un lugar sumamente visitado por Europa y en esa época también brutalmente visitado y explotado. Creo además que es una novela muy masculina, en el sentido que habla muchísimo de masculinidades, y muchas de estas rotas en este caso por la guerra. Pero, aunque la novela es muy histórica también me parece muy metafórico. El tema del varón y de la masculinidad a veces es frívolamente vapuleado, y creo que él está tomando un género absolutamente masculino, citando a Stevenson, citando a otro marino aficionado a pesar de su salud, escritor de novelas, sobre todo La isla del tesoro. Pero en general, cuando Stevenson se muda a vivir en las islas de los mares del sur, es lo mismo. Tiene esa conexión. Y creo también que hay algo de fálico en el faro. Me parece muy fuerte ir tan en contra de todos los mandatos sobre qué escribir y eso me gusta muchísimo, es una novela súper libre, él está escribiendo sobre lo que le obsesiona, sobre lo que le gusta. Sin embargo, es un varón escribiendo hoy y tomando un género súper masculino, no por nada elige eso, en vez de elegir un barco, un campamento en el sur, una isla, una estación de investigación en la Antártida. Un faro tan cerca de la palabra falo. Y pone a este señor que ya viene absolutamente trastornado y lo pone en una situación colonial, un escoces que viene a supervisar unos faros en un territorio que no es suyo, y ahí enloquece, no contemos mucho. A mí me resonaba mucho la película de Robert Eggers que también se llama Faro. Con Willem Dafoe y Robert Pattinson. Es un poco eso, en este caso dos hombres en un faro. Yo nunca pienso en faros, pero cuando leí esto, mi sensación es el total aislamiento y el terror de estar ahí abandonado, cosa que es muy posible. Conozco uno que le dicen el faro del fin del mundo, en el que el mar es muy bravo, con elefantes marinos que tienen un olor horrible. En una foto es súper pintoresco, pero uy, no, no me dejen acá, me muero.

― Hay un juego ahí con los narradores y qué creer de lo que nos cuentan…

Claro, es verdad. Es un detalle súper importante. Los dos son narradores en los que no se pueden confiar. Los dos usan dispositivos en los que no se pueden confiar: uno es el diario –que no sé por qué entró tanto en ese tipo de narrativas porque no hay cosa más mentirosa que un diario, uno se inventa un personaje de sí mismo, el acto puede ser muy íntimo, pero es para que alguien lo lea–, y la ciencia es otro discurso que dice “esto es verdad, me tenés que creer”. Pero ambos, son narradores que no pueden garantizar que lo que están diciendo esté de este lado de la realidad y no del otro lado del velo de la realidad. Los dos están dañados. La novela tiene muchas lecturas, y es breve.

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