Juan Alfonso Baptista no empezó su carrera entrando a caballo ni inspirando frases memorables de telenovela. Empezó bailando y cantando “Sube a mi nube”. Antes de que “Pasión de gavilanes” lo convirtiera en uno de los rostros más populares de la televisión latinoamericana y de que varias generaciones lo identificaran con el nombre de Óscar Reyes, fue un gólmodi de “Nubeluz”, aquella fiesta infantil interminable, con dalinas, nubelinas y nubetores.
“Fue un programa peruano que después se produjo en Venezuela con Gaby Espino y Scarlet Ortiz. Yo era uno de los gólmodis que bailaba y cantaba: ‘¡eoe, eoa!’ Y esa fue mi primera oportunidad real de hacer televisión diaria en RCTV”, recuerda.
Previo a ese salto a la televisión infantil, Baptista alternaba las campañas publicitarias con el deporte de alta competencia. Desde los 13 años fue arquero en la liga de menores de la Selección Nacional de Fútbol de Venezuela. En paralelo, estudió ontología durante dos años y medio gracias a una beca deportiva. “Era futbolero, era buen futbolista”, dice con una mezcla de orgullo y nostalgia.
Ese tránsito entre el deporte, la publicidad, los estudios y “Nubeluz”; terminó llevándolo al escenario actoral. Debutó en teatro en 1995 y luego empezó a abrirse camino en la televisión venezolana con “A todo corazón”.
Sin embargo, su carrera atravesó una pausa obligada por una parálisis facial que lo mantuvo alejado de las cámaras durante casi dos años. Regresó en 1999 con “Enamorada” y, desde entonces, encadenó proyectos en Venezuela, México y Estados Unidos.
Fue un recorrido de 26 años marcado por la constancia, los tropiezos y también los “regalos”. Uno de los más grandes, admite, fue “Pasión de gavilanes”.
“Ha sido un regalo de la vida para todos los que participamos en ello. Uno hace las cosas con el corazón y con amor, pero no sabe lo que se viene. Porque realmente no hay una fórmula escrita que te diga qué tanto éxito puede tener un proyecto. La novela fue un fenómeno, nadie esperaba esa dimensión”.
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Volver a interpretar a Óscar Reyes dieciocho años después fue, admite, una experiencia distinta, casi una conversación entre el actor que fue y el hombre que es ahora.
“Obviamente ya tenemos un poco más de madurez. Los años van pasando, piensas distinto, piensas diferente a como pensabas hace 20 años atrás. Fue un reencuentro muy chévere, muy bonito, y la verdad muy contento de poder darle seguimiento ya desde otra perspectiva”, dice.
La vigencia del personaje todavía lo sorprende. “Me dicen ‘Óscar, Óscar’ y uno se queda como sorprendido”, cuenta, como si el reconocimiento aún le pareciera algo prestado. Quizás por eso nunca termina de acomodarse en el rótulo de “galán”.
“Ese término a mí me ha costado mucho entenderlo. El renglón como galán como tal nunca lo he sido ni ha sido mi intención serlo. Pero sí es bonito que haya un reconocimiento por tu manera de trabajar o por ciertas picardías. Eso me parece más atractivo”, aclara.
Cuando se le pregunta por el Perú, el tono se vuelve especialmente cálido. Lo recuerda como un lugar que lo recibió con cariño.
“Me quedo con su gente tan linda, tan educada, buena onda, organizada”, destaca. Menciona Lima, el Cusco, Machu Picchu. Y aunque reconoce el prestigio mundial de la gastronomía peruana, insiste en que lo más valioso fue la gente. También nombra a sus afectos peruanos.
“Mi queridísima amiga Stephanie Cayo que ahora está de corazón partío”, dice primero, sonriendo, y luego suma a Christian Meier y Gian Marco, por quien expresa una gran admiración: “Qué gran artista, lo respeto muchísimo”.
A sus 26 años de trayectoria, Juan Alfonso Baptista no habla de la carrera como una línea ascendente ni como una colección de triunfos. Prefiere verla como una sucesión de aprendizajes, pausas, tropiezos y reencuentros.
Por eso, cuando se le pregunta por el punto de quiebre de su recorrido, no menciona un papel, un premio o una oportunidad que marcara un antes y un después en su carrera.
“El punto de quiebre de cualquier artista es que se quiebre uno emocionalmente, que le gane más la injusticia, el desamor y que se vea afectada esa condición de hipersensibilidad, porque trabajamos con emociones constantemente”, dice. Luego hace una pausa y agrega: “El artista, a final de cuentas, trabaja con el incentivo. Y el incentivo es lo que nos mueve a la humanidad. Y eso se llama amor”.
De ahí que mire con recelo tanto el éxito como el fracaso. Los dos, dice, engañan si uno les cree demasiado.
“Son dos primos hermanos muy cercanos y son los mayores estafadores que pueden existir. Lo que queda, al final, no es la gloria ni la caída, sino la manera en que uno aprende a pararse frente a ambas. Todo es relativo. Es paz, es armonía, es empatía con unos y con otros… ahí está, creo, el verdadero éxito”, refiere.
Hoy, Juan Alfonso Baptista no parece hablar desde la necesidad del reconocimiento, sino desde un lugar más sereno.
“Yo creo que esta es una etapa de despertar mucho más amable, muy consciente, con Dios mucho más presente, porque eso es realmente paz. Tengo muchas ganas de dar lo mejor de mí, con una fuerza muy grande, y espero poder transmitirla para impulsar a otros desde las buenas acciones”, subraya.




