jueves, septiembre 17

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

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Estados Unidos tiene una de las maquinarias militares más poderosas del mundo, pero la guerra con Irán está revelando un límite menos visible: cuántas municiones avanzadas puede gastar antes de que sus reservas comiencen a agotarse. El propio Pentágono ha reconocido en un informe escasez y demora en reposición de armamento estratégico, una señal que adquiere especial relevancia si el escenario actual escala o si Washington debe afrontar de manera simultánea un segundo frente bélico de alta intensidad.

El inspector general del Pentágono publicó su primer informe sobre el conflicto donde afirma que “la guerra con Irán ha provocado faltantes estratégicos en los inventarios y ha revelado cuellos de botella en la base industrial para el reabastecimiento de municiones”, reportó la cadena NBC News.

La expresión faltantes estratégicos en los inventarios no habla simplemente de que EE.UU. ha utilizado muchas armas, se refiere a que el uso durante la guerra ha llevado los inventarios estratégicos a niveles bajos.

En junio, la prensa de Estados Unidos ya había alertado que se estaba racionando el uso de misiles en Irán, en particular los interceptores como los Patriot, pero el propio presidente Donald Trump lo negó de manera categórica.

Oficiales de los ejércitos estadounidense e israelí conversan frente a un sistema de defensa antimisiles Patriot estadounidense el 8 de marzo de 2018. (Foto de JACK GUEZ / AFP).

/ JACK GUEZ

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En el informe del inspector general del Pentágono se concluye que Estados Unidos consumió grandes cantidades de municiones durante la campaña contra Irán, iniciada el 28 de febrero, y que la industria de defensa estadounidense no puede reponer algunas de esas armas al mismo ritmo en el que fueron utilizadas, generando un problema de disponibilidad futura.

En agosto, la agencia Reuters informó que el ejército había utilizado “prácticamente todos” sus inventarios globales de determinados misiles de largo alcance, incluidos ATACMS y PrSM, mientras que también se había consumido una parte importante del inventario de Tomahawk.

Un misil ATACMS de origen estadounidense siendo lanzado desde un sistema de lanzamiento múltiple M270. Esta es una de las armas muy usadas por Estados Unidos en la guerra contra Irán. (Dominio Público / Archivo).

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El informe del organismo de control del Pentágono, que abarca del 1 de abril al 30 de junio, también reconoció que los ataques iraníes dañaron y destruyeron cientos de edificios y otras estructuras en bases militares estadounidenses en Kuwait, Bahréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Irak, Omán y Jordania.

Señala que la base naval estadounidense en Bahréin, que es un centro logístico de la Armada en la región del Medio Oriente, fue blanco de ataques con drones y misiles balísticos iraníes. Entonces, el Comando Central de Estados Unidos tuvo que derivar esas funciones a lugares mucho más alejados, como la isla Diego García, en el océano Índico.

Según el informe, tras esa decisión se requería ciclos logísticos de entre 14 y 18 días para apoyar las operaciones militares en Medio Oriente.

En esta fotografía de la Armada de EEstados Unidos, publicada el 28 de febrero de 2026, se ve al destructor de misiles guiados de la clase Arleigh Burke disparando misiles Tomahawk durante la Operación Furia Épica contra Irán. (CENTCOM) / AFP).

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Irán también destruyó o dañó decenas de aeronaves y drones estadounidenses, entre ellos 30 drones MQ-9 Reaper, cuyo precio ronda los 30 millones de dólares cada uno. Siete aviones cisterna KC-135 resultaron dañados o destruidos, cinco de ellos alcanzados por municiones iraníes mientras se encontraban en tierra en Arabia Saudita.

El Pentágono calculó que hasta el 29 de junio la Operación Furia Épica contra Irán estaba costando US$33.400. De esa cifra, aproximadamente US$22.300 millones correspondían a municiones utilizadas.

Un avión de combate furtivo del modelo F-35A perteneciente a la Fuerza Aérea de Estados Unidos sobrevuela en una misión de patrulla en los cielos del Oriente Medio. (Centcom).

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El Comercio conversó sobre el tema con Víctor Pimentel Roque, coronel del ejército del Perú, especialista en estrategia y geopolítica, quien ha publicado recientemente un análisis sobre la guerra en el Medio Oriente desde una perspectiva operacional y estratégica.

— El Pentágono reconoce que la guerra con Irán ha generado “faltantes estratégicos” de municiones avanzadas. ¿Qué revela esto sobre el costo y el ritmo de consumo de armamento en una guerra moderna de alta intensidad como la de Irán?

El reconocimiento de “faltantes estratégicos” de municiones avanzadas revela que, en una guerra moderna de alta intensidad, el costo militar no se determina únicamente por la cantidad de fuerzas desplegadas o por la superioridad tecnológica de los sistemas empleados, sino por la capacidad de sostener financieramente y materialmente el ritmo de consumo durante las operaciones. El caso iraní muestra que las armas de precisión, los interceptores de defensa aérea y los misiles de largo alcance se han convertido en recursos estratégicos cuyo valor no depende solamente de su capacidad destructiva, sino también de la disponibilidad de inventarios suficientes para mantener una campaña prolongada. Según el balance del Inspector General del Departamento de Defensa de EE.UU., la Operación Furia Épica (OFE) alcanzó un costo estimado de 33.400 millones de dólares, de los cuales aproximadamente 22.300 millones estuvieron vinculados al empleo de municiones, equivalente al 66,8 % del gasto total. Esta distribución evidencia una característica de los conflictos contemporáneos: una proporción significativa del esfuerzo militar se concentra en sostener el flujo de armamento consumible necesario para conservar la presión operacional.

Más allá del impacto económico inmediato, los faltantes estratégicos reflejan una transformación en la forma de entender el poder militar. En conflictos prolongados, la ventaja no depende solamente de disponer de armas tecnológicamente superiores, sino de contar con la capacidad industrial para mantenerlas disponibles durante toda la campaña. Existe una diferencia importante entre el tiempo requerido para utilizar una munición en el campo de batalla y el periodo necesario para fabricarla nuevamente; mientras un misil puede emplearse en una operación puntual, su reposición depende de componentes especializados, proveedores certificados y procesos industriales complejos. Por ello, la guerra moderna también puede interpretarse como una competencia de sostenimiento, donde la capacidad de producir, financiar y reemplazar armamento condiciona la duración del esfuerzo militar. El caso iraní evidencia que una potencia puede conservar una ventaja tecnológica inicial, pero enfrentar presiones estratégicas cuando el ritmo de consumo supera la capacidad normal de recuperación de sus inventarios.

La fuerza naval de Estados Unidos realiza el bloqueo contra los buques que transitan hacia y desde los puertos de Irán. (Centcom).

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¿Hasta qué punto la reducción de las reservas de municiones puede afectar la capacidad operativa de EE.UU.? ¿Podría obligar al Pentágono a ser más selectivo con el empleo de misiles y otras armas de precisión?

La reducción de las reservas de municiones puede afectar la capacidad operativa de EE.UU. al limitar la flexibilidad con la que sus mandos militares pueden planificar y sostener operaciones simultáneas en distintos escenarios estratégicos. En una guerra de alta intensidad, la disponibilidad de armamento no solo determina la capacidad de ataque o defensa inmediata, sino también la libertad de decisión operacional frente a nuevas contingencias. Cuando los inventarios disminuyen, el problema no consiste únicamente en la cantidad de misiles disponibles, sino en la necesidad de administrar recursos militares cuya reposición puede requerir periodos prolongados. Sistemas como interceptores antiaéreos, misiles de precisión y armas de largo alcance poseen un alto valor estratégico porque permiten obtener efectos decisivos con menor exposición de fuerzas, pero su empleo continuo obliga a evaluar cuidadosamente cuándo, dónde y contra qué objetivos resulta conveniente utilizarlos. El análisis del conflicto iraní muestra que la presión sobre los inventarios puede reducir el margen de maniobra de los planificadores militares, debido a la necesidad de mantener reservas suficientes para responder ante escenarios futuros.

En este contexto, el departamento de Defensa de EE.UU. podría verse obligado a desarrollar una política de empleo más selectiva de sus municiones de mayor valor, no como una reducción de capacidades, sino como una adaptación doctrinaria orientada a maximizar el efecto militar obtenido por cada sistema utilizado. Esto implica priorizar objetivos donde una munición avanzada genere una ventaja operacional significativa y complementar su empleo con otros recursos como guerra electrónica, sistemas no tripulados, capacidades de inteligencia que permitan reducir el consumo innecesario de armamento costoso. La recuperación de determinados inventarios utilizados durante una campaña intensa puede demandar entre uno y cuatro años, dependiendo del tipo de sistema, disponibilidad industrial y capacidad de ampliar la producción.

Un jet de combate F-16 de la Fuerza Aérea de Estados Unidos patrulla los cielos sobre el Medio Oriente, en el contexto de la guerra con Irán. (Centcom).

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— El informe también habla de cuellos de botella en la industria de defensa para reponer las municiones utilizadas. ¿Por qué EE.UU., pese a su enorme capacidad industrial y tecnológica, tiene dificultades para recuperar rápidamente sus reservas?

Las dificultades de EE.UU. para recuperar sus reservas de municiones no responden a una falta de capacidad tecnológica o financiera, sino a las características particulares de su estructura industrial de defensa. Durante las últimas décadas, la industria militar estadounidense se orientó principalmente hacia la producción de sistemas de alta complejidad tecnológica y de menor volumen, priorizando la precisión, la eficiencia tecnológica y la superioridad cualitativa sobre la fabricación masiva sostenida. Sin embargo, una guerra de alta intensidad modifica esta lógica, porque exige mantener una producción constante de misiles, interceptores y municiones de precisión durante periodos prolongados. La fabricación de estos sistemas depende de una red compleja que incluye proveedores especializados, componentes electrónicos avanzados, motores de cohetes, explosivos, sensores, procesos de certificación y personal altamente capacitado. Por esta razón, aumentar la producción no depende únicamente de asignar mayores recursos económicos, sino de recuperar capacidad física instalada, ampliar líneas manufactureras y fortalecer proveedores que en algunos casos poseen una capacidad limitada de expansión.

Un factor adicional es la dependencia de cadenas internacionales de suministro vinculadas a materiales estratégicos necesarios para la industria militar avanzada. La fabricación de sistemas de guiado, componentes electrónicos y tecnologías de precisión requiere minerales críticos y tierras raras cuya producción mundial está concentrada en pocos actores, especialmente China, que mantiene una posición dominante en varios de estos recursos. Esta dependencia introduce una dimensión geopolítica al problema industrial, porque las restricciones comerciales, tensiones diplomáticas o interrupciones de suministro pueden afectar la capacidad de ampliar rápidamente la producción militar estadounidense.

— ¿Qué tan vulnerable queda Estados Unidos si después de la guerra con Irán tuviera que afrontar otro conflicto de alta intensidad, particularmente frente a China en el Indo-Pacífico? ¿El problema de las municiones podría convertirse en una limitación estratégica?

La experiencia de la guerra con Irán evidencia que la principal vulnerabilidad de EE.UU. ante un eventual conflicto de alta intensidad con China no estaría determinada por una pérdida inmediata de superioridad tecnológica, sino por la capacidad de sostener operaciones prolongadas en un escenario de gran escala. Una confrontación en el Indo-Pacífico tendría características distintas al conflicto iraní debido a la extensión geográfica del teatro operacional, la importancia del dominio marítimo y la necesidad de emplear grandes cantidades de sistemas de largo alcance, misiles antibuque, defensa aérea y municiones de precisión. En este contexto, la disponibilidad de reservas suficientes constituye un factor estratégico, debido a que influye en la planificación militar, la asignación de recursos y la capacidad de Estados Unidos para mantener operaciones simultáneas en distintos teatros de operaciones. Los faltantes identificados tras la campaña contra Irán no significan que EE.UU. carezca de capacidad militar, pero muestran que una guerra prolongada puede generar tensiones entre el consumo operativo inmediato y la necesidad de conservar recursos para otros escenarios internacionales.

Frente a China, el desafío no estaría únicamente en comparar plataformas militares o tecnologías disponibles, sino en determinar qué actor puede mantener durante más tiempo el esfuerzo bélico requerido. En una competencia entre grandes potencias, factores como la profundidad del arsenal, la capacidad industrial, la logística avanzada y la seguridad de las cadenas de suministro adquieren un valor estratégico creciente. Además, la dependencia estadounidense de determinados minerales críticos y tierras raras utilizados en sistemas electrónicos, sensores y tecnologías militares introduce una dimensión económica dentro de la competencia geopolítica, debido a la posición dominante de China en varios de estos recursos.

Captura de un video publicado por el Comando Central de Estados Unidos en su cuenta @CENTCOM el 4 de marzo de 2026 de misiles de precisión de largo alcance (PrSM) utilizados durante la Operación Furia Épica contra Irán. (Centcom).

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¿Estamos ante una lección para las futuras guerras: que la superioridad tecnológica de una potencia no es suficiente si no cuenta con reservas suficientes y capacidad para producir rápidamente las armas que consume? ¿Qué debería cambiar EE.UU. a partir de lo ocurrido en Irán?

La experiencia del conflicto con Irán evidencia que la superioridad tecnológica continúa siendo un componente esencial del poder militar, pero por sí sola no garantiza la capacidad de sostener una guerra prolongada. Las futuras confrontaciones entre grandes potencias estarán determinadas por la interacción entre tecnología, logística, producción industrial y capacidad de adaptación. El empleo intensivo de misiles de precisión, interceptores y sistemas avanzados demuestra que disponer de plataformas de alta complejidad tecnológica permite obtener ventajas iniciales, pero esas ventajas pueden disminuir si el sistema de defensa no cuenta con mecanismos adecuados para mantener el flujo de recursos durante una campaña extensa. En este sentido, los “faltantes estratégicos” no representan únicamente un problema de inventario, sino una señal sobre la necesidad de revisar cómo se organiza el sostenimiento militar en escenarios donde el consumo de armamento puede superar las previsiones tradicionales. La experiencia iraní muestra que una potencia con capacidades militares superiores requiere integrar capacidades de combate con una estructura logística preparada para absorber el desgaste de operaciones de alta intensidad.

A partir de esta experiencia, EE.UU. debería orientar sus ajustes hacia un modelo de defensa basado en mayor resiliencia industrial y capacidad de regeneración militar. Esto implica no solo incrementar reservas de municiones, sino fortalecer la producción distribuida, asegurar cadenas de suministro críticas, ampliar acuerdos industriales con aliados y garantizar disponibilidad de componentes estratégicos necesarios para sistemas avanzados. La competencia militar contemporánea también incorpora una dimensión económica y tecnológica, especialmente por la dependencia internacional de minerales críticos y tierras raras utilizados en componentes electrónicos, sensores y sistemas de precisión, donde China mantiene una posición relevante dentro de la cadena global de suministro. Por ello, la lección estratégica de Irán es que el poder militar futuro dependerá tanto de la calidad de sus sistemas como de la capacidad nacional para sostenerlos cuando el desgaste del conflicto aumente.

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