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La muerte de una mascota suele ocupar un lugar menor en la escala de las pérdidas. Se la nombra con diminutivos, se la rodea de consuelos rápidos. “El viaje de Cleo al corazón del cielo” parte justamente de ese territorio subestimado para abrir una pregunta más amplia: cómo se atraviesa el duelo cuando no hay herramientas suficientes para nombrarlo. La obra, escrita por el psicólogo y actor Javier Echevarría Escribens y dirigida por Armando Machuca, se instala en ese vacío.
La muerte de una mascota suele ocupar un lugar menor en la escala de las pérdidas. Se la nombra con diminutivos, se la rodea de consuelos rápidos. “El viaje de Cleo al corazón del cielo” parte justamente de ese territorio subestimado para abrir una pregunta más amplia: cómo se atraviesa el duelo cuando no hay herramientas suficientes para nombrarlo. La obra, escrita por el psicólogo y actor Javier Echevarría Escribens y dirigida por Armando Machuca, se instala en ese vacío.
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Todo comienza con una ausencia. La de Cleo, una gata cuya partida activa el relato y lo empuja hacia una dimensión simbólica. En escena, ese punto de quiebre se transforma en un viaje: la protagonista despierta en un espacio incierto y, acompañada por dos figuras ancianas, inicia una travesía orientada a devolverle el calor a un corazón congelado.
Lo singular es el modo en que ese tránsito se construye. La obra no se limita a representar una historia, sino que incorpora al espectador como parte del dispositivo. Se diluye la cuarta pared, se abren espacios de diálogo y la experiencia se extiende más allá de la función. “Literalmente hacemos la terapia en el teatro”, resume Machuca.
La historia de Cleo, una gata cuya ausencia desencadena el viaje emocional de la protagonista, funciona como punto de partida para explorar distintas formas de pérdida. (Créditos: Agencia For You)
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La puesta se articula como una experiencia híbrida. Teatro, psicología e interacción se entrelazan en una estructura que evita la contemplación pasiva. A lo largo de la función, el público no solo observa: interviene, procesa, se reconoce. Hay pausas que interrumpen la ficción para permitir que lo visto encuentre un eco inmediato. “La reflexión es directa, no se queda solo en lo que piensas al salir”, explica el director.
Ese desplazamiento convierte la obra en un espacio de acompañamiento. El elenco —integrado por Ebelin Ortiz, Alejandro Melgar y Kalid Lino, junto al propio Echevarría— sostiene una dinámica que privilegia la cercanía. La música en vivo y la disposición escénica contribuyen a generar una atmósfera contenida, donde el espectador no se siente interpelado desde afuera, sino incluido en la historia, que bien podría contar la propia.
El elenco de la obra, dirigido por Armando Machuca, interactúa con los espectadores en momentos clave que rompen la cuarta pared y expanden la narrativa más allá del escenario. (Créditos: Agencia For You)
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La dimensión colectiva es clave. El duelo, que suele vivirse en aislamiento, aquí se expone como un proceso compartido. “La maravilla del teatro es que puedes sentir comunidad con gente que no conoces muy rápido”, señala Machuca. En ese reconocimiento —ver al otro atravesado por una emoción similar— se produce uno de los desplazamientos más efectivos de la obra.
Pero el montaje no se queda en la identificación emocional. También propone una estructura para pensar el duelo. Desde la perspectiva de Echevarría, el proceso puede leerse en tres momentos: sentir, comprender y trascender. La obra traduce esas etapas en escenas y dinámicas, basadas en las técnicas psicológicas, que permiten al espectador ubicarse dentro de ese recorrido.
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En ese contexto, la figura de la mascota se convierte en la entrada para abordar otros duelos. Al tratarse de un vínculo menos atravesado por conflictos, la pérdida se vuelve más accesible. Es un punto de entrada. “La muerte de una mascota muchas veces es el momento donde afloran las otras perdidas, el duelo humano va apareciendo y esas dos emociones se mezclan. Lloras por tu mascota amada y por quienes no pudiste llorar en su momento”, sostiene Machuca.
Lejos de insistir en la tristeza, la obra busca resignificarla. No hay una acumulación de escenas destinadas al melodrama, sino una progresión orientada a la comprensión. “Nuestra intención no es sacar lágrimas fáciles, sino que la gente procese lo vivido”, añade el director. El resultado es un montaje que asume un riesgo poco frecuente: intervenir en un terreno que suele pertenecer a la intimidad.




