Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
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Uno de nuestros más destacados fotógrafos e investigadores, Herman Schwarz, recuerda la primera vez que el pintor Víctor Humareda mencionó a Marilyn Monroe. Lo hizo en una entrevista en 1974, donde afirmaba: “Lima, a pesar de lo que se dice, está llena de color. El color lo encuentras en los trapos de las gitanas, en las vitrinas. En todo sitio. También hay muchos rostros en las ropas usadas. Te contaré que yo he encontrado a Marilyn Monroe en medio de ropas usadas. Ha venido hasta el Mercado de San Ildefonso para que yo la pinte”.
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“Incluso declaraba a los medios que Marilyn se personificaba en la Cri-Cri, Elizabeth o Celeste, las prostitutas que solía frecuentar”, recuerda. Sin embargo, en su fuero interno, a sabiendas de su trágica existencia, el fotógrafo advertía que en el pintor había una real devoción hacia la rubia platinada: “En más de una ocasión, Humareda decía que Marilyn era tan bella que no podría pintarla, aunque eso no le impidió dibujarla: bocetearla, tornearla, acariciarla con esos trazos cortos y reinventarla con el grafito en el momento que quisiera. Ese era su poder, su maestría, su magia: hacerla suya platónicamente”, afirma. Y como un regalo de aniversario, Schwarz comparte con nosotros el texto “El ascensor”, una “tragedia en un acto” escrita por Víctor Humareda, una tarde en el Cordano, el 5 de febrero de 1984:
“Encuentro con Marilyn dentro del ascensor. Está radiante de belleza no hay diálogo, tiene un cuerpo bellísimo pero no puedo tocarla, puedo mirarla, también me mira y me doy cuenta que su boca es en forma de corazón y sus ojos son lánguidos. Está provocativa pero no nos hablamos. Fin”.
A continuación, invitamos a artistas y críticos de arte a sumarse a la celebración por Marilyn Monroe.
El ícono pop
Luis Lama, crítico de arte
Mi primer encuentro con Marilyn fue en “Niagara”, un noir de Henry Hathaway; desde entonces he hurgado en su pasado y en lo que vendría después. Me encandiló cuando le cantó “My Heart Belongs to Daddy” a Yves Montand, o aquel célebre “Happy Birthday” dedicado a Kennedy. Sólo la odié cuando seducía a Laurence Olivier en “El príncipe y la corista”. De toda su filmografía me quedo con “Some Like It Hot”, de Billy Wilder, y con una película maldita de John Huston: “The Misfits”. Fue, de algún modo, un verdadero funeral para sus tres grandes protagonistas: Monroe, Gable y Clift.
Marilyn fue una comediante extraordinaria y su mejor actuación fue en la vida diaria, donde se esforzaba por aparentar el mismo candor que irradiaba en sus películas. La amé porque todo en ella era ficción. Fue un ícono pop, pero Andy Warhol la trató como a una lata de sopa Campbell’s. Su mejor retrato, en términos ideológicos, lo hizo Barbara Kruger con una frase brutal: “Not stupid enough”. El año pasado empecé “Los seductores”, de James Ellroy, donde se detalla la miseria que rodeaba a Monroe y a los Kennedy. A pesar del morbo y el puñetazo narrativo, terminé dejándolo. Prefiero a la Marilyn que siempre tendrá 36 años y todavía viene a visitarme algunas noches, en mis sueños de vejez.

“Réquiem para Marilyn Monroe” ( 1962 ), de Jorge Eduardo Eielson.
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Marilyn era una canción de los prisioneros
Miguel Aguirre, artista visual
Recién con 11 o 12 años supe de la existencia de Marilyn gracias a que la banda chilena Los Prisioneros había publicado en su primer disco, editado a finales de 1984, una canción titulada “Quién mató a Marilyn?”. Pero, en ese momento y en años posteriores, no me acerqué a su filmografía porque, para mí, era estricto material de filmoteca.
La obsesión por Marilyn del arequipeño Alberto Vargas, maestro de las ‘pin up’, hacia 1953.
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No recuerdo, o quizás no me enteré, si algún canal de televisión local proyectó alguna de sus películas. Sin embargo, ya como incipiente estudiante de arte, el primer gran encuentro visual con Marilyn no fueron sus fotos -que se habían publicado décadas atrás en la revista Playboy- sino las diversas serigrafías que hizo Andy Warhol. La primera, el “Díptico de Marilyn”, creada a las pocas semanas de la muerte de la estrella. Con esas obras -realizadas entre 1962 y finales de la década de los 70- el principal referente del Pop Art inmortalizó definitivamente al icono de Hollywood y supo aunar algunos aspectos que yo considero vitales para entender culturalmente el siglo XX en Occidente: el cine, el concepto de celebridad, los mass media, la cultura popular. Pero también la sociedad de consumo de la que Marilyn fue víctima: muchas veces malinterpretada o, sencillamente, subestimada.
La belleza ideal
Max Hernández Calvo, crítico de arte
Marilyn Monroe, acaso la más emblemática de las primeras figuras convertidas en iconos globales, inmortalizada para la historia del arte moderno por Andy Warhol en la estela de su fallecimiento, emerge en el arte peruano como ausencia. Cuando Warhol producía su célebre “Marilyn Monroe Portfolio” (1967), Emilio Hernández Saavedra pintaba, en vez, a la modelo y actriz británica Twiggy, paradigma de la belleza de los 1960. Siendo ideal de belleza de los 1950, Monroe fue musa de artistas mayores, como Víctor Humareda. Para el pintor puneño, ella encarnaba un ideal de belleza que, por inalcanzable, se negaba a pintar (a excepción de un dibujo de 1984). Vía Warhol, Marilyn sería el fantasma detrás de la imagen de “Sarita Colonia” (1980) del grupo Huayco EPS, hecha con 12,000 latas de leche colocadas en un cerro a la altura del km 56 de la Panamericana Sur. Asimismo, Norma Jean es apenas una quimera tras “La Pachacuti (Like a Virgen)” (1998) de Alfredo Márquez, cuyos ecos se pierden en la lontananza frente a la atrevida vedette rubia y de labios rojos, de piel azul y alas de ángel, sobre el fondo de un textil precolombino.

Icónico cuadro de la estadounidense Bárbara Kruger y su frase brutal: “Not stupid enough”.
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Y en Miguel Aguirre, que buena parte de su obra de los 1990 y 2000 alude al cine (desde el cine mudo, pasando por el film noir y hasta films recientes), Marilyn no se proyecta ni como sombra chinesca. Es recién en los 2000 que ella emerge, no como figura anecdótica (como en algunos cuadros con su efigie), sino como dispositivo político. La “Marilyn-Amauta” de Javi Vargas (parte de su serie “Las Tupac”, 2009), transmogrifica la Marilyn warholiana, basada en la fotografía publicitaria del film “Niagara” (1953), en la figura de Tupac Amaru II, haciendo colisionar dos mundos, pero fusionando dos dramas, también.
Un gato Chesire en el techo del arte peruviano
Gustavo Buntinx, crítico de arte y curador
No hay en el arte peruviano una imagen establecida de Marilyn Monroe. Pero sí un imaginario, tanto más provocador por ser fugaz, esporádico. Incluso espectral. Como aquel Gato de Chesire, que asomaba intermitente en los relatos de Lewis Carroll para luego paulatinamente desaparecer, dejándonos apenas su sonrisa. Incitante. Enigmática. Etérea. La Diosa Rubia impacta la mirada local no tanto por su corporalidad explícita sino por las insinuaciones de sus labios. De sus pintalabios.
El carmín, el rouge, el rojo encendido de tantas perdiciones nuestras. Sexuales, sociales, políticas, poéticas. Incluso desde los Estados Unidos: atención al fetichismo bermejo en la atención prestada por Alberto Vargas a los labios (y a las uñas…) de Marilyn, hacia 1953. Y atención también al desplazamiento pop de todo ello en la voluptuosidad abierta de la boca —de la lengua— de cierta Twiggy ilusionada desde Lima por Emilio Hernández en 1967.
De Ángel Valdez, “Mm… Mm… Mm…” ( 1992 ).
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Tránsitos de una sonrisa que alcanza su manifestación más ominosa en las transfiguraciones del cosmopolita Mao de Warhol ensayadas veinte años después por el taller NN. Con inquietadas citas a la teatralidad mortífera de Sendero Luminoso: “Maorilyn” es cómo entonces rebauticé aquel ambivalente signo de nuestros perturbados tiempos.
La turbación podía también ser íntima. Casi al mismo tiempo, en 1990, Ángel Valdez pintaba una efigie-calendario de Norma Jean desnuda sobre un colchón maniatado y sucio, con una maleta de sugestivos pliegues abierta a sus pies. El título —Cama adentro— remitía a abusos domésticos, pero su sentido se completa en otra obra —Bolero— que es su pendant: otro lecho, ahora carcelario, con un traje presidiario sin cuerpo —el del propio artífice— sobre el que levita la estampa de Sarita Colonia: nuestra santa popular, de sexo borrado…
En efecto, la huella escarlata (Lipstick traces, Greil Marcus) de Marilyn en nuestra libido artística también sabe ser tanática. Así lo evidencia un cuadro adicional, lúgubre, del mismo Valdez, cuyo título (MM…, MM…, MM…) connota tanto deseo como impotencia: las cremalleras reales allí adheridas a los muslos de la diva no admiten ser abiertas. Y su figura se prodiga en tres representaciones, pero todas algo grotescas. Luctuosas. Siniestras.
Sin necesariamente saberlo, Valdez reactualizaba en esa imagen tenebrosa una muy anterior (1962), de Jorge Eduardo Eielson, precisamente denominada Réquiem para Marily Monroe. El correlato visual de otra obra suya —experimental, magnetofónica— sólo conocida por declaraciones esquivas del autor.
Referencias acaso de fantasía, sin duda fantasmagóricas. Y por ello mismo tanto más inquietantes. Levitantes. Otra vez, el gato de Chesire. Su sonrisa espectral.
Además…
Marcel Velaochaga. Pintor
Para mí, la presencia de Marilyn Monroe en la plástica nace después de Andy Warhol. Es Warhol quien convierte a Marilyn en una imagen; ya no solamente en una estrella de cine, sino en un ícono visual reproducible y casi infinito. A partir de ahí, muchos artistas comienzan a mirarla desde la pintura. Siempre digo que “todo el mundo tiene su Marilyn”, porque su rostro terminó convirtiéndose en un motivo recurrente dentro del arte contemporáneo y también dentro de la cultura visual popular.
Pero Marilyn no pertenece únicamente al cine. Su imagen atraviesa disciplinas: pasa de Hollywood a la pintura. Su rostro funciona como un símbolo de la modernidad mediática y en ella convergen el glamour, el erotismo y también cierta idea de la tragedia del espectáculo. Por eso sigue apareciendo una y otra vez en la pintura contemporánea, porque ya representa mucho más que una actriz.
En el Perú, uno de los primeros en aproximarse a esta iconografía fue Víctor Humareda, aunque desde una sensibilidad distinta al pop norteamericano. Después vendrían otras reinterpretaciones desde la pintura comercial, así como propuestas más críticas o conceptuales.
En ese sentido, Marilyn termina funcionando dentro de la plástica como un espejo cultural. Algunos artistas trabajan la celebridad, otros el deseo, otros la decadencia o el mito cinematográfico. Y quizá allí radica su permanencia: sigue siendo una imagen abierta, capaz de ser reinterpretada constantemente desde el arte, el cine y distintas formas de representación contemporánea.
Una figura completa
Sheila Alvarado, artista plástica e ilustradora
Marilyn Monroe, para mí, fue un amor a primera sonrisa. Más allá de sus curvas y sensualidad innata, lo que más admiro en ella fue su increíble capacidad para expresar emociones a través de ese largo bagaje de expresiones faciales entre la sensualidad y la inocencia. Fue una gran actriz que sabía modular el timbre de su voz como el paso de su voluptuoso y saludable cuerpo sobre el escenario; fue todo ello lo que la convirtió en ese ser mítico eterno y pop.
Detrás de bambalinas, Marilyn era una mujer inteligente y determinada, como una activista apasionada por la justicia social y racial, que en su lucha por la igualdad salarial terminó siendo la segunda mujer en el medio en crear su propia compañía de producción, Monroe Producciones, para liberarse del control abusivo de la 20th Century Fox y tomar control de su carrera como de su vida personal, donde la literatura, en especial la poesía, la filosofía, la terapia y el psicoanálisis, como su autoeducación, fueron siempre una prioridad.
Norma Jeane Mortenson no tenía un pelo de rubia boba; era además castaña y luchó toda su vida por ser feliz y libre. ¿Cómo no amarla?













