Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

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Con cuatro décadas de historia, una discografía que supera la veintena de álbumes y el reciente lanzamiento de “Giants & Monsters”, Helloween no solo es una de las bandas más influyentes del heavy y el power metal a nivel mundial, sino también un grupo que ha sabido reinventarse con cada disco sin perder su esencia.
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― Hay bandas que terminan repitiéndose…
Exactamente. Hay grupos que tienen algo que decir durante dos, tres o quizá cinco discos y, después de eso, simplemente comienzan a repetirse. Musicalmente ya dijeron todo lo que tenían que decir. Un ejemplo muy claro para mí es Queensrÿche. Crecí escuchándolos. “The Warning” fue una auténtica revelación: la producción era diferente, la voz de Geoff Tate parecía venir de otro planeta. Escuché ese disco una y otra vez. Después llegó “Rage for Order”, que nunca fue mi favorito, porque sigo prefiriendo “The Warning”. Luego apareció “Operation: Mindcrime”, que me pareció absolutamente brillante, una obra conceptual extraordinaria. Con “Empire” todavía había grandes canciones, pero ya empezaba a notar un cambio. Después llegó un momento en el que sentí que la banda prácticamente dejó de escribir canciones. Había más atmósferas, más ideas sueltas, pero ya no encontraba esas composiciones que antes me atrapaban. Era como si hubieran dejado de tener algo nuevo que decir. Creo que algunas bandas simplemente tienen una etapa de su carrera en la que poseen una inspiración muy poderosa y, cuando esa etapa termina, ya no saben hacia dónde ir. En cambio, existen otras como AC/DC, que desde el principio han tenido un lenguaje musical mucho más definido. Ellos siempre han dicho pocas cosas, pero las han dicho extraordinariamente bien.
― Algunas bandas simplemente encuentran una fórmula y se mantienen fieles a ella…
Y funciona, por supuesto. Es genial. Si escuchas un disco de AC/DC, sabes exactamente lo que vas a encontrar. Ese es su lenguaje musical. El ejemplo opuesto, para mí, es Judas Priest. Siempre los he considerado una banda muy creativa. Nunca se limitaron a repetir la misma fórmula; siempre buscaron hacer algo diferente. Incluso “Turbo”, un disco que recibió muchas críticas cuando salió, a mí me encantó. Siempre me ha parecido un gran álbum.
— Después llegó “Painkiller”, que era completamente distinto…
Exactamente. Eso era lo apasionante de Judas Priest: nunca sabías cuál sería su siguiente paso. Lo mismo pienso de sus dos discos más recientes. Sé que ya no están los mismos guitarristas, pero Richie Faulkner es un músico extraordinario. Tiene una gran presencia sobre el escenario, toca increíble y fue una incorporación perfecta para la banda. Aunque, siendo sincero, creo que habría sido fantástico que también regresara K.K. Downing. Esa habría sido la combinación ideal.
(Foto: Masayuki Noda)
/ HIDEKI TAKAOKA
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— ¿Has tenido la oportunidad de escuchar a KK’s Priest?
No, todavía no. Soy un gran fan de Judas Priest y, para mí, si no está Rob Halford, simplemente no es Judas Priest. Me cuesta mucho interesarme por otra versión de la banda. Me pasa exactamente lo mismo con Iron Maiden: no quiero escuchar a Maiden sin Bruce Dickinson. Para mí, sencillamente, no tiene sentido.
— Tengo que preguntarte: ¿qué estás escuchando actualmente?
Principalmente música clásica. Diría que, desde hace muchos años, el 95 % de lo que escucho es música clásica. De vez en cuando vuelvo a poner discos antiguos de Judas Priest, “Piece of Mind” de Iron Maiden o incluso el último álbum de Metallica, “72 Seasons”, que me gustó mucho. Pero también escucho géneros completamente distintos. Hace un tiempo descubrí a la cantante neerlandesa Davina Michelle y, sinceramente, creo que tiene una de las mejores voces que he escuchado. Gran parte de su repertorio es pop, un estilo que no siempre es lo mío, pero cuando interpreta baladas o canciones más íntimas, acompañadas solo por un piano, me parece extraordinaria. La verdad es que mis gustos musicales siempre han sido muy amplios, incluso cuando era adolescente y era un fanático absoluto del heavy metal. Tenía pósters de Eddie en las paredes y escuchaba Metallica, Iron Maiden, Judas Priest, Queensrÿche y todo lo que llevara la voz de Ronnie James Dio. Esas eran mis bandas de cabecera. Pero, al mismo tiempo, también escuchaba a Eurythmics, U2, Pat Benatar, Kate Bush y música clásica. Antes incluso de descubrir el rock ya era fan de Elvis Presley y de The Beatles. Nunca me ha importado el género musical; lo único que me importa es que la música me emocione.
— Hablando de esa amplitud de influencias, si comparas al Michael Kiske de Keeper of the Seven Keys con el músico que más tarde emprendió proyectos como Supared, Place Vendome, Unisonic y ahora vive esta segunda etapa con Helloween, ¿qué crees que has ganado como artista?
Cuando trabajas por tu cuenta, simplemente haces la música que sientes que debes hacer. Nunca intenté sonar como Helloween, aunque mucha gente no lo entendiera. Para mí habría sido absurdo. Yo fui parte de esa banda, pero el sonido característico de Helloween nació, sobre todo, de las composiciones de Kai Hansen y Michael Weikath, quienes escribieron gran parte de las canciones que definieron la identidad del grupo. Intentar imitar ese estilo por mi cuenta no tenía ningún sentido.
— La salida más fácil habría sido intentar sonar como Helloween…
Exactamente. Desde un punto de vista comercial, probablemente eso era lo que todo el mundo esperaba que hiciera, pero nunca me preocupó demasiado. Recuerdo que me decepcionó bastante la reacción de la crítica cuando publiqué mis discos como solista. Muchos los juzgaban porque no sonaban a Helloween. Pero ese nunca fue mi objetivo. Yo no estaba intentando hacer otro disco de Helloween. Entonces, ¿qué sentido tenía esa crítica? Supongo que esa es la maldición de haber formado parte de una banda tan exitosa. Pero, al mismo tiempo, no hay nada mejor que estar en una banda que realmente funciona. Y eso es exactamente lo que siento desde que regresé a Helloween. Es, sencillamente, el mejor lugar en el que podría estar. La energía es completamente distinta y la dinámica también. Ya no sientes que todo el peso recaiga únicamente sobre tus hombros. Somos siete músicos, además de un equipo de management que hace un gran trabajo, y eso hace que todo sea mucho más fácil. Además, el Helloween de hoy tiene algo muy especial: contamos con tres cantantes.
(Foto: Masayuki Noda)
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— Creo que es muy distinto unirse a una banda que recién está grabando su segundo disco que a otra con una trayectoria como Helloween, que ya supera los quince o diecisiete álbumes…
Sí, algo así. Al final, formar parte de una banda que funciona siempre es mejor que estar solo. Así de simple. Eso no significa que aquella etapa de mi carrera no haya valido la pena. Fue un período muy interesante y muy importante para mi desarrollo personal. Pero estoy realmente feliz de haber regresado a Helloween. Durante muchos años nunca imaginé que esto pudiera suceder. Pensé que jamás volvería a pasar y, sin embargo, ocurrió. Y la verdad es que estoy disfrutando muchísimo este momento.
— Este es tu segundo capítulo en Helloween, pero ahora formas parte de una banda con tres cantantes y una dinámica creativa muy distinta. Cuando una canción empieza a tomar forma, ¿ya tienen claro quién debería cantar cada parte o la música se escribe primero y esa decisión llega después?
Normalmente lo sabemos muy rápido, aunque depende de cada canción. A veces Andi escribe un tema pensando desde el principio en dos cantantes, o incluso en los tres, y estructura las partes de manera que eso tenga sentido. En la mayoría de los casos —diría que alrededor del 70 %— enseguida sabemos si una canción es más para mí, para Andi o incluso para Kai. Muy a menudo escuchamos una parte y pensamos: “Eso tiene que cantarlo Kai, ahí sonaría fantástico”. En realidad, no es tan complicado como la gente imagina. Cuando dejas el ego de lado y solo piensas en lo que necesita la canción, la decisión suele ser bastante sencilla. A veces Andi y yo grabamos la misma canción para comparar. Si las dos versiones funcionan, incluso podemos publicar ambas. O, simplemente, todos coincidimos en que una voz funciona mejor que la otra y elegimos esa versión. En ocasiones también mezclamos las interpretaciones. Lo cierto es que no es tan difícil como parece, porque nuestra prioridad siempre es la canción. Los tres cantantes somos muy diferentes entre nosotros, y precisamente esa diferencia hace que sea más fácil imaginar quién puede aportar más a cada tema.
— Uno de los aspectos más fascinantes de la formación actual es que reúne a las tres voces que marcaron distintas etapas de Helloween. En el repertorio hay canciones que el público asocia inmediatamente con cada una de ellas: “How Many Tears”, con Kai Hansen; “Keeper of the Seven Keys”, contigo; o “The King for a Thousand Years”, con Andi Deris. Pienso, por ejemplo, en la interpretación de “How Many Tears” en Wacken 2018, donde la canción adquirió una dimensión completamente distinta al combinar las tres voces. Cuando preparan estos clásicos para un concierto, ¿cómo deciden quién canta cada sección? ¿Buscan respetar las versiones originales o prefieren reinventarlas aprovechando las fortalezas de cada uno?
En realidad, no nos preocupa demasiado reproducir las canciones exactamente como fueron grabadas en el estudio. Por ejemplo, en “Future World” ahora es Kai quien canta las estrofas más graves. Simplemente experimentamos con las canciones y vemos qué funciona mejor. También buscamos que el espectáculo resulte emocionante para el público. Tenemos la libertad de hacer casi cualquier cosa e introducir pequeñas sorpresas aquí y allá. Muchas de esas ideas surgen durante los ensayos. De repente alguien propone: “¿Y si repartimos esta parte de otra manera?” y empezamos a probar. Recuerdo que nos pasó con “Why?”, de Andi. Ya teníamos una idea de cómo distribuiríamos las voces, pero durante los ensayos nos dimos cuenta de que había dos estrofas prácticamente iguales. Entonces pensamos que tenía mucho más sentido que él cantara una y yo la otra. Fue una decisión que surgió de manera completamente natural mientras trabajábamos la canción. Lo mismo ocurre con las armonías. A veces pensamos en cantar una parte al unísono y, cuando la probamos, sentimos que no termina de funcionar. Entonces alguien propone hacer una armonía y, de repente, la canción adquiere una dimensión completamente distinta. Eso mismo ocurrió con “The King for a Thousand Years”. Al principio la idea era cantar el estribillo al unísono, pero terminé haciendo una armonía y el resultado nos gustó mucho más. Son cosas que se desarrollan de manera muy natural, primero en la sala de ensayo y luego sobre el escenario. Al principio también iba a cantar la parte final de esa canción, pero con el tiempo fui dejándosela cada vez más a Andi. Son decisiones que evolucionan de forma natural. Si sentimos que una determinada forma de interpretarla tiene un poco más de magia, seguimos ese camino. Y si alguno no se siente completamente cómodo con una parte, simplemente se la pasa a otro, ya sea Kai o Andi. Al final, todo consiste en experimentar y encontrar lo que mejor funciona para cada canción.
— Mirando hacia atrás, muchos fanáticos —entre los que me incluyo— ven hoy “Time to Break Free” como el primer paso de un camino que terminó llevando a “Unisonic” y, años después, a tu regreso a Helloween. En aquel momento, ¿lo viviste simplemente como una colaboración puntual o ya intuías que volver a conectar con Kai, como amigo y como músico, podía conducir a algo mucho más grande?
En esa época no estaba pensando en unirme a otra banda. Ni a Gamma Ray ni a ninguna otra. Simplemente me apetecía hacer algo con Kai porque todo se sentía muy familiar. Además, eran grandes canciones. Después vinieron algunas colaboraciones esporádicas con Gamma Ray. Me invitaban como artista especial para interpretar “Future World” o “Time to Break Free”, sobre todo cuando grababan un DVD o algún concierto importante. Era una forma de hacer el espectáculo aún más especial para el público. Pero, sinceramente, nada de eso me hizo pensar en volver a una banda. El verdadero punto de inflexión llegó durante las giras de “Avantasia”. “Unisonic” ya existía, aunque Kai todavía no formaba parte del proyecto. Fue compartiendo escenario con él cuando empezamos a hablar entre bastidores y nos dijimos: “¿Sabes qué? Deberíamos volver a hacer algo juntos”. Sentíamos que la química seguía intacta, que la energía entre nosotros seguía siendo muy especial. Después Kai se unió a “Unisonic”, grabamos dos discos y, poco a poco, todo empezó a encajar. He contado esta historia muchas veces. Durante aquella etapa, entre “Avantasia” y “Unisonic”, coincidí con Michael Weikath en Francia. Él había sido la persona con la que tuve los mayores conflictos a principios de los años noventa, cuando dejé Helloween. Lo vi acercarse con una actitud completamente distinta. Era evidente que quería hacer las paces. Como suele decirse, venía con la bandera blanca en alto. Y, en ese momento, me di cuenta de algo muy importante: ya no estaba enfadado. Todo aquello había quedado atrás. Con los años, ese resentimiento simplemente se había desvanecido. Más adelante, durante una gira de Unisonic por España, la banda ya había alcanzado un nivel muy sólido en directo. Recuerdo que, después de uno de los conciertos, mientras nos cambiábamos la ropa empapada de sudor, Kai me dijo: “Michael, algún día tenemos que volver a hacer algo con Helloween antes de que sea demasiado tarde”. Yo le respondí: “¿Sabes qué? Estoy abierto a la idea”. Ese fue el verdadero comienzo de todo. Kosta Zafiriou, que entonces era el baterista de Unisonic y también formaba parte del equipo de management —hoy trabaja como tour manager de Helloween—, nos dijo: “¿Se imaginan lo que va a pasar cuando mencione esto en la oficina?”. En cierto modo, ese día di luz verde a la reunión. Bastó con decir que estaba dispuesto a escuchar la propuesta. A partir de ahí, todo comenzó a desarrollarse de manera natural.
— La industria musical ha cambiado radicalmente desde los primeros años de Helloween: pasamos del vinilo al CD, luego al MP3 y ahora al streaming. Sin embargo, el rock y el metal parecen mantener una relación muy especial con el formato físico y con la idea del álbum como una obra completa, no solo como una colección de canciones. Como músico que ha vivido todas esas etapas, ¿qué valor crees que sigue teniendo un álbum en una época dominada por los sencillos y las playlists?
Es cierto que las cosas cambian, pero eso no significa necesariamente que cambien para mejor. Las plataformas de streaming generan enormes ganancias utilizando la música de los artistas y, a cambio, les pagan apenas unos centavos. Eso hace que, desde un punto de vista económico, grabar un disco sea cada vez menos viable. Nosotros pudimos hacer aquellos álbumes porque teníamos grandes contratos discográficos. Las compañías invertían mucho dinero en las grabaciones. Hoy esa realidad prácticamente ha desaparecido. Me entristece ver el poco respeto que existe actualmente por el concepto del álbum. Dentro del rock y el metal esa cultura todavía se mantiene, pero fuera de esos géneros mucha gente ha dejado de valorar el formato. Si el público ya no compra discos, tampoco existe una forma real de financiar producciones de ese nivel. Basta pensar cuánto tiempo pasó antes de que Aerosmith volviera a publicar un nuevo álbum. Hoy en día ya no tiene sentido invertir millones de dólares en una producción como se hacía en los años setenta, ochenta, noventa o incluso a comienzos de los dos mil. Nadie recuperaría esa inversión. Sería como arrojar el dinero al fuego. Por eso no me sorprendería que, en el futuro, incluso nosotros terminemos publicando una o dos canciones por año y, cuando haya suficiente material, recién las reunamos en un álbum. De hecho, ya estamos trabajando en otro disco de Helloween; está prácticamente terminado de escribir, porque muchas de esas canciones nacieron durante las sesiones del álbum anterior. Pero, después de eso, sinceramente no sé qué ocurrirá. Quién sabe… quizá el formato termine recuperando su valor. Yo me siento afortunado de haber sido adolescente en los años ochenta y de haber vivido mi juventud en los noventa. Esperar el lanzamiento del nuevo disco de una banda era una experiencia extraordinaria. Además, no se trataba de escuchar un solo éxito. Existía aquella idea de “killers, no fillers”: discos en los que cada canción valía la pena. Había grupos de pop que tenían un sencillo exitoso y rellenaban el resto del álbum con canciones mediocres solo para vender más copias. Para mí, eso era casi una traición desde el punto de vista musical. Con las bandas que yo admiraba nunca ocurría eso. Ellas realmente se preocupaban por hacer grandes álbumes. No entiendo por qué tanta gente ha dejado de valorar esa cultura. Hoy escuchamos más música que nunca porque acceder a ella es muy fácil: basta con sacar el teléfono y reproducir cualquier canción. Pero, al mismo tiempo, esa facilidad también ha terminado devaluando la música.
— Y ahora aparece otro desafío: la inteligencia artificial.
Llegará un momento en que ni siquiera harán falta músicos, porque una computadora podrá generar canciones. Eso jamás resultará interesante para quienes valoran una música hecha con el corazón. La inteligencia artificial es impresionante desde el punto de vista tecnológico, pero no crea nada verdaderamente original. Solo reorganiza y combina cosas que ya existen. Quien quiera escuchar eso, adelante. Pero estoy convencido de que los seguidores del rock, del metal e incluso quienes aman el buen pop seguirán valorando la música creada por personas. Creo que el público terminará dividiéndose. Habrá un sector mayoritario al que no le importará si una canción fue hecha por un ser humano o por una computadora. Pero también existirá otro que seguirá buscando autenticidad. Y me encanta que, dentro de la escena del hard rock y el metal, exista un rechazo tan fuerte hacia la inteligencia artificial. Incluso si utilizas una portada que parece generada con IA, muchos fans la rechazan de inmediato. Me parece fantástico, porque al final es una cuestión moral. No estamos obligados a seguir ese camino. Podemos elegir. Lo que sí necesitamos son herramientas que nos permitan identificar cuándo algo ha sido creado con inteligencia artificial. Debería existir algún sistema —en un teléfono, en una plataforma o donde sea— que indicara claramente que una imagen, un video o una canción fueron generados por IA. La tecnología ha avanzado tanto que cada vez resulta más difícil distinguir lo real de lo artificial. Necesitamos esa protección, porque todos tenemos derecho a saber si estamos escuchando a un músico… o a una maldita computadora.
— Dentro de exactamente un mes, Helloween comenzará su gira por Latinoamérica. Una de las paradas será Lima, en lo que representará la tercera visita de la banda a Perú, pero la primera para ti junto a Helloween. Kai Hansen ya conoce al público peruano por sus presentaciones con Gamma Ray y el resto de la banda estuvo aquí en 2008 y 2011. Después de tantos años, ¿qué significa para ti encontrarte por fin con el público peruano y qué esperas de ese primer encuentro?
La verdad es que no tengo una expectativa específica sobre un país en particular. En términos generales, el público sudamericano es increíblemente apasionado. Tiene una energía muy especial y, en comparación con los europeos, sobre todo con los del norte de Europa, creo que disfruta mucho más los conciertos y sabe divertirse. Y eso también hace que la experiencia sea mucho más emocionante para nosotros como músicos, porque siempre nos alimentamos de la energía que viene del público. Es un intercambio constante: ellos te transmiten su entusiasmo y tú respondes desde el escenario. Así que no espero algo específico de un país en concreto. Lo que sí espero es una gran gira. Tengo muchas ganas de empezar. Serán solo ocho o nueve conciertos, así que tampoco será una gira agotadora. Llegaremos con toda la energía y llevaremos la producción completa que diseñamos para la gira europea del año pasado. Todo el escenario está integrado por pantallas LED, no solo el fondo. Prácticamente toda la escenografía es una enorme pantalla y el resultado visual es realmente espectacular.
— Tú nunca has tocado en el Perú con Helloween.
Ah, ya entiendo… Entonces sí, probablemente será algo muy especial. Recuerdo perfectamente mi primera gira por Sudamérica con Avantasia. Hasta ese momento nunca había pisado un país de este continente y fue una experiencia muy emocionante. Durante mi primera etapa en Helloween nunca vinimos a Sudamérica porque, en aquella época, simplemente no existía la infraestructura necesaria para organizar este tipo de giras. Cuando me alejé de la escena, todo eso empezó a desarrollarse. Así que, cuando finalmente llegué con Avantasia, fue mi primer contacto con el público sudamericano. Nunca olvidaré ese momento. Escuchar a miles de personas coreando mi nombre durante una pausa del concierto me puso la piel de gallina. Sé que la primera vez en un país siempre tiene algo especial. Así que imagino que el Perú también será una experiencia muy emotiva.
— Ha sido realmente un placer conversar contigo. Mi yo de 15 años estaría completamente emocionado en este momento, así que no tengo mucho más que decir. Muchas gracias. Solo espero poder escuchar algunas canciones de los discos “Keeper of the Seven Keys Part I” y “Keeper of the Seven Keys Part II” con tu voz en el concierto que viene.
Sí, claro. El repertorio actual funciona muy bien. Nos encantaría poder tocar más canciones, pero tenemos tantas que es necesario tomar decisiones. Hay que decir: “Esta canción entra, esta otra queda fuera”. Por ejemplo, actualmente no tocamos ninguna canción de mi etapa anterior en Helloween; no hay ningún tema mío en el repertorio. Pero está bien, porque simplemente no se pueden tocar todas las canciones. Quizá en la próxima gira intentemos recuperar alguna, como “We Got the Right”. Recuerdo que la tocamos por última vez en los años ochenta. Incluso en aquella época solo la interpretábamos de vez en cuando.
Además…
A saber
El concierto de Helloween en Lima será el 9 de septiembre en el Anfiteatro del Parque de la Exposición. Las entradas están disponibles en Joinnus.














