Los lunares fueron la marca visual de Yayoi Kusama. Aparecieron una y otra vez en sus pinturas desde que cobró fama en el Nueva York artístico de 1960, para décadas después, transformar sus figuras y repeticiones en superficies, cuerpos, esculturas; que llegaron a instalaciones y performances en Europa, América y Asia. Calabazas. Luces. Espejos. Ella sentía que eran formas sencillas que, multiplicadas, podían convertir una habitación en un espacio sin final. Su partida el 14 de agosto en un hospital de Tokio (recién revelada el miércoles 26 al mundo) golpeó a Japón y al mundo del arte.
Los lunares fueron la marca visual de Yayoi Kusama. Aparecieron una y otra vez en sus pinturas desde que cobró fama en el Nueva York artístico de 1960, para décadas después, transformar sus figuras y repeticiones en superficies, cuerpos, esculturas; que llegaron a instalaciones y performances en Europa, América y Asia. Calabazas. Luces. Espejos. Ella sentía que eran formas sencillas que, multiplicadas, podían convertir una habitación en un espacio sin final. Su partida el 14 de agosto en un hospital de Tokio (recién revelada el miércoles 26 al mundo) golpeó a Japón y al mundo del arte.
La artista japonesa Yayoi Kusama, fallecida a los 97 años, convirtió los lunares, espejos y repeticiones en un lenguaje reconocido en todo el mundo. (Foto: AP)
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La obra de Yayoi marca el viaje de toda su vida por el mundo y las convulsiones de su mente. Llegó joven y novata en las artes al Nueva York de 1957. La movida del arte pop estaba en su apogeo en Estados Unidos, con figuras como Andy Warhol y Roy Lichtenstein. Más adelante, en los años 60, se vinculó con una escena artística experimental, conocida por los eventos “happening” multidisciplinarios. Entonces, conectó con una figura que a muchas personas les produce tripofobia: los lunares. Pero la artista japonesa los abrazó por el resto de su obra. “Tuvo un gran impacto en Japón, porque es un ícono de la cultura popular”, sostiene Jimena Mora, documentalista peruana y cofundadora de la asociación cultural Futari Proyectos, dedicada a la difusión de la cultura nikkei y japonesa.

La icónica Pumpkin (1994), de Yayoi Kusama, es una monumental calabaza amarilla con lunares negros instalada en Naoshima, Japón. La obra reúne elementos recurrentes de Kusama como la naturaleza, la repetición y el color. (Foto: AP)
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“Es una artista muy reconocida en ese país. La hizo especial hablar abiertamente de su salud mental. Hoy Yayoi Kusama tiene un museo en Tokio que lleva su nombre, y también hay una isla dedicada a su arte, Naoshima, que es muy conocida por cultores del arte japonés y a muchos les gusta visitarla. Allí están, por ejemplo, las famosas calabazas de la artista. Su obra comparte espacio con el arquitecto y artista Tadao Andō. Entre otros lugares de Japón, su obra también tiene espacio en el Museo de Arte de Fukuoka”, comenta Mora, que vivió cinco años en Japón por estudios en la Universidad de las Artes de Kioto.
Mora recuerda su visita de estudios a la Bienal de Nagoya entre 2008 y 2009. Ese año, la ciudad celebraba la obra de Yayoi Kusama. El movimiento del lugar la dejó sorprendida, pues la ciudad habilitó taxis decorados con círculos inspirados en el universo visual de la artista para trasladar a los visitantes entre las distintas galerías. “A mí me impresionó que toda la ciudad pusiera transporte para que los visitantes se movieran de galería en galería”, cuenta Mora.
Tras este fallecimiento el director del Museo Yayoi Kusama, Akira Tatehata, resumió así la dimensión del legado de la artista: “Un museo dedicado a ella brindará a los visitantes la oportunidad de conocer las valientes batallas que Kusama libró como artista de vanguardia, permitiéndoles experimentar y sentir la sinceridad de sus ideas: salvar el mundo a través del amor”.
La trayectoria de la artista se puede seguir en obras como “Infinity Nets”, la serie de pinturas construidas mediante la repetición obsesiva de pequeñas pinceladas; “Accumulation No. 1”, una de sus primeras esculturas blandas, en la que cubrió una silla con formas repetidas; o “Infinity Mirror Room—Phalli’s Field”, de 1965, instalación que utilizó espejos para multiplicar sus formas y crear la ilusión de un espacio infinito. La producción de Kusama alcanzó también obras como “Narcissus Garden” y “The Obliteration Room”, donde el público participa cubriendo una habitación blanca con miles de puntos.
Además de las artes plásticas, Kusama exploró la escritura, la ficción y la poesía. Entre sus obras literarias figuran las novelas “Hustlers Grotto of Christopher Street” (1983), “Manhattan Suicide Addict” (1978), “Between Heaven and Earth” (1988) y “Violet Obsession” (1998), además de su autobiografía “Infinity Net: The Autobiography of Yayoi Kusama” (2002).
A inicios de agosto, la artista japonesa falleció, pero la noticia se comunicó públicamente el jueves 27 de agosto. Su museo confirmó que continuó pintando hasta sus últimos días.
Yayoi Kusama, fallecida a los 97 años, convirtió la repetición, los espejos y las calabazas en un lenguaje artístico reconocible en todo el mundo. (Foto: AP)
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La idea de una Kusama únicamente japonesa queda corta. Mora recuerda que Japón también tuvo otros artistas que buscaron en Nueva York un espacio para desarrollar propuestas nuevas. Entre ellos, menciona a Noriko y Ushio Shinohara, pareja protagonista del documental “Cutie and the Boxer”, y precisa que Ushio fue contemporáneo de Kusama. “Artistas japoneses con técnicas novedosas que llamaron la atención en el NY de la época. Estilos muy distintos”, señaló.
La comparación sirve para ubicar a Kusama dentro de una presencia japonesa más amplia en la escena estadounidense de la época y que llegó a Europa y otros lugares. Según la perspectiva de Mora, las obras de los artistas japoneses no siempre conectan desde el inicio con los japoneses. “Por ejemplo, el público japonés, en los inicios de Akira Kurosawa, no conectaba con su obra, por sentirlo muy occidental o por llevar temáticas como inspiración de obras de Shakespeare al cine”, dice.
Para Max Hernández Calvo, curador independiente, la obra de Kusama tampoco presenta un lenguaje tan japonés en un sentido tradicional. “Pensamos a Kusama más como un artista internacional que como una artista japonesa”, sostiene. Su comparación con Picasso apunta a una distinción sencilla: la nacionalidad de un artista no necesariamente determina la manera en que su obra entra en la historia del arte. “La obra de la artista, en sí, no tiene un marcador japonés, porque está trabajando con un lenguaje súper sintético”, explica.
Su universo visual, sin embargo, nació de sus pensamientos más abstractos y también perturbadores. En el catálogo de arte “Infinished to End”, de Lynn Zelevansky, se menciona “Lingering Dream”, pintada en 1949 por la artista. La obra nace del recuerdo de un campo de flores que Kusama había visto durante su infancia. Sin embargo, su representación está muy lejos de ser rústica y apacible: las flores se transforman en monstruos, con apariencia de piel humana, dientes y formas que se convierten en manos que parecen extenderse hacia quien las observa.
En su momento, Yayoi habló de sus alucinaciones y convirtió esas experiencias en materia de creación. Desde 1977, residió voluntariamente en una institución psiquiátrica de Tokio, mientras continuaba trabajando en su estudio cercano.
“En instalaciones, pinturas, esculturas, la repetición de lunares aluden a su experiencia alucinatoria. En las personas del público, provoca la sensación de entornos inmersivos donde entramos en el mundo de la artista, fantástico e irreal, con alto grado de desconcierto. En la saturación de lunares, perdemos dirección. Se homogenizan las cosas y eso es interesante. Hay un alto grado de entropía: el desorden, donde todo se ve igual, y no hay jerarquía”, agrega Hernández Calvo.
Hoy, incluso para quienes trabajan dentro del circuito artístico, Kusama forma parte del paisaje cotidiano. Hernández Calvo cuenta que su propio “timeline” de las redes sociales, habitualmente poblado por artistas y galeristas, está lleno de fotografías de personas dentro de las instalaciones de Yayoi Kusama. Las “Infinity Mirror Rooms” son, reconoce, especialmente atractivas para Instagram.
“Por un lado, tienes un trabajo súper ‘Instagrameable’ de la artista, pero, por el otro, una trascendencia que va más allá del fotogénico de la obra de Yayoi Kusama. La artista se esforzó por canalizar algo que muchísimas personas, por desgracia, sienten que tienen que esconder. Es atroz que así funcionamos como sociedad y, cuando temas de salud mental se hayan querido disimular, me parece muy valioso que ella haya sido abierta a lo que le estaba pasando. Fue una gran artista”, finaliza Hernández Calvo.



