Mariana Rondón y Marité Ugás aprendieron a hacer cine y a resistir juntas, también, a mirar de frente aquello que muchos prefieren esquivar. Una nació en Barquisimeto, Venezuela, en 1966; la otra en Lima, en 1963. Desde hace casi tres décadas se alternan la dirección de sus películas, pero escriben y producen juntas. En ese diálogo constante, han construido una de las sociedades creativas más sólidas del cine latinoamericano.
Con Sudaca Films, productora que fundaron en 1990, sacaron adelante historias como “Pelo Malo”, “El chico que miente” y “Postales de Leningrado”. Lo hicieron desde Venezuela, hasta que la crisis las obligó a dejar el país donde vivían y a instalarse en el Perú. Desde ahí siguieron creando, ahora marcadas por el desarraigo y por esa tensión latinoamericana que cambia de rostro, pero no de fondo.
Esa mirada atraviesa sus proyectos más recientes. En “Zafari”, dirigida por Rondón y estrenada en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, ambas abordaron una sociedad llevada al límite por la crisis política y económica. La película funcionó como una fábula distópica sobre el miedo, el hambre, la clase social y la pérdida de los últimos privilegios. Pero, para ellas, la distopía nunca está demasiado lejos: muchas veces empieza con un gesto mínimo, con la falta de agua, con un apagón, con una convivencia que se rompe.
Desde esa misma preocupación por las sociedades al borde del quiebre nació también “Aún es de noche en Caracas”, una nueva forma de mirar hacia Venezuela. La película, adaptación de “La hija de la española”, de Karina Sainz Borgo, llegó a sus manos durante la pandemia, en 2020, cuando Édgar Ramírez las convocó para escribir el guion. Con el tiempo, el proyecto creció y ambas terminaron también al frente de la dirección.
“La hija de la española”, escrita por Karina Sainz Borgo, salió a principios del 2019 en la feria de Frankfurt y de inmediato fue un hit editorial. Se tradujo en muchísimos idiomas”, recuerda Marité Ugás.
Lo que más les interesó fue la posibilidad de narrar la tragedia venezolana desde un lugar íntimo y femenino. “Nos llamó la atención contar los eventos que estaban sucediendo en Venezuela de una manera tan fresca, tan inmediata, tan urgente y tan necesaria”, señala Ugás.
La película no pudo rodarse en Venezuela. Se filmó en Ciudad de México, después de un largo proceso de búsqueda para reconstruir Caracas desde otro país.
“Era casi imposible hacerla en Venezuela, su lugar de origen”, explica Mariana Rondón. Para lograr esa verosimilitud, el equipo de arte encontró en México espacios capaces de sostener esa ilusión.
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“Fue una suerte contar con el nivel tan profesional del equipo mexicano. Cuidaron al mínimo detalle que realmente estemos hablando de Caracas”, agrega la cineasta peruana.
El riesgo de contar una herida abierta estuvo siempre presente. “Siempre hay un riesgo de filmar una película como esta cuando todavía se está viviendo la situación”, sostiene Rondón. “Son gobiernos que no respetan los derechos humanos y se corre un riesgo de estar demasiado adentro, de estar viendo demasiado cerca las cosas, incluso de quedarte corto con lo que estás contando. Pero también es una decisión ética que hay que tomar, porque hay que decir las cosas, porque no se puede dejar pasar más tiempo sin decirlo”.
Ugás dice que la relación entre ambas se sostiene en el respeto, incluso cuando no coinciden. Rondón añade otra idea: cuando una teme, la otra empuja.
“El miedo se debe tomar como lo inevitable, pero no puedes dejar de hacer lo que debes hacer, no puedes dejar de contar lo que tienes que contar. Tienes que poder darle al miedo una forma, y nosotras lo que hicimos fue darle a ese miedo una historia”, afirma.
Aunque la película nace desde Venezuela, ambas insisten en que el tema no pertenece a un solo país. La fragilidad democrática, la violencia política, la migración y el miedo son heridas regionales.
“Sentir que son varios países, en especial México, ayudándonos a contar esta gran tragedia que hemos vivido los venezolanos, es también entender que es una responsabilidad de la región. No dejar pasar esto sin contarlo, porque cuando no le pasa a uno, le va a pasar al otro”, señala Rondón.
Pero Rondón y Ugás no quieren quedarse únicamente en el dolor. Ya trabajan en dos nuevos proyectos en simultáneo: una ficción que esperan filmar en el Perú y una docuficción íntima.
Sobre la primera, Ugás adelanta poco, pero deja una pista: será una road movie. “Vamos a distanciarnos de esta inmediatez que hemos contado en ‘Aún es de noche en Caracas’. Vamos a tratar de ser un poco más luminosas y más universales”, señala.
Después de más de treinta años creando juntas, Mariana y Marité siguen filmando desde las preguntas que incomodan. Han hecho del cine una forma de memoria, de resistencia y de compañía. Sus historias no solo cuentan lo que duele. También recuerdan que, incluso en medio de la noche, todavía queda algo por mirar.












