Como buena novelera, el título de su primer libro está inspirado en una telenovela ochentera. Pero no cualquiera, sino una que marcó generaciones: “El derecho de nacer”. Después del colegio, en lugar de hacer sus tareas, la actriz y conductora de televisión Rebeca Escribens (Lima, 1977) veía novelas a escondidas de su mamá y papá porque no le dejaban prender la televisión. Como una epifanía, el nombre apareció en su mente como “El derecho de renacer” (Academia Antártica, 2026). El “re” de adelante es por su nombre. Y el renacer es por reencontrarse consigo misma, por mirar en su interior reflexionando sobre sus pérdidas, sus batallas más personales, sus duelos. Y por recordarse a sus 49 años que una vez fue una niña que escribía todo el tiempo, que quería ser vedette y tenía todas las ganas de comerse el mundo.
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-¿Cómo te sientes con tu primer libro?
Volviendo a nacer, sacando lo que tenía guardado, expresándome, esa es la verdad. Muchas personas no saben que de niña escribía muchísimo lo que sentía en ese momento: poemas, canciones, me inventaba las melodías que luego las acompañaban. Decidí recopilar algunas de esas anécdotas, historias, relatos de mi vida y ponerlas en un formato de libro, pero de una manera muy lúdica, poco convencional, por eso es que tiene muchos dibujitos acompañando las fotos precisamente de los momentos en los que cuento esas anécdotas.
A sus 49 años, Rebeca Escribens regresó a la escritura y a los apuntes de su niñez para construir su libro “El derecho de renacer”. Los retratos se hicieron en el restaurante Awicha, en San Isidro.
/ Diego Moreno
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-Regresas al pasado, recuerdas a tus padres, a las abuelas. ¿Por qué sentiste que debías reflexionar sobre tus antepasados?
Para poder construir una historia propia. Considero que mientras uno no haga las paces con su pasado, no puede construir un futuro. Y ojo que soy una persona absolutamente resiliente y muy positiva. Sin embargo, siempre hay cosas que calan en el corazón y al observarlas me generan mucha melancolía. Yo perdí a mi madre a los 22 años, luego a mi padre, y con su muerte pude corroborar el dolor y, sobre todo, el sentimiento de orfandad que no tiene edad. A mis 49 años siento la orfandad de voltear y no encontrar dónde acurrucarme, dónde pedir un consejo, dónde sentirme segura. Pero mirar atrás también implica detenerte en ciertos lugares donde no fuiste feliz o donde algo pasó en ti que hace que te comportes de cierta manera cuando eres grande. Y eso es lo que quise revisar y plasmar en el libro.
Además…
Un show rebelde
“No me gusta la perfección, soy antiprotocolar, cero diplomática. Y eso era lo que más les irritaba a mi mamá y a mi papá. Mi show se llama ‘No soy una señora’ porque esas frases navegan por mi cabeza desde que tengo uso de razón: ‘siéntate como una señorita, come como una señorita, así no juega una señorita’. Luego, cuando me casé, era ‘compórtate como una señora’”, cuenta Rebeca Escribens sobre el origen del unipersonal que presentará en la Cúpula de las Artes los días 24, 25 y 26 de setiembre y 1, 2 y 3 de octubre. Entradas en Teleticket.
-¿Cómo estás manejando ese vacío? Tu hijo mayor ya no está en casa y el segundo pronto tampoco estará.
Siento esa sensación del estómago vacío cuando caes en caída libre. La relación con los papás es particular. El sentimiento que genera el duelo es muy personal, pero hay una soledad profunda. En mi caso, cargué mucho tiempo con la rabia y la cólera de que mis hijos no tuvieran abuelos. Me causa mucha nostalgia venir de Navidades con mesas grandes, con mucha bulla, y tener que buscar hoy irme de mi casa porque no puedo pasar la Navidad ahí. Y con mis hijos empiezo a vivir el “nido vacío”. No con melancolía, sino con gratitud, porque la verdad ya necesitaba un ratito para mí [risas]. En realidad, con una pena infinita. Pero ahora tengo tiempo para mí. He sido mamá muy joven, hace 32 años, y estoy comenzando a vivir una adolescencia que postergué por ser mamá, y ese es otro duelo.
La familia de Rebeca Escribens en la época escolar. Sus padres, Jorge y Vicky, están todavía muy presentes en sus recuerdos.
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Todos tenemos problemas existenciales, no sé si nos alcance la vida para curarnos. Lo que sí es cierto es que nos toca la tarea de revisar nuestro pasado para construir un presente y pensar en un futuro. Pareciera que escribo con cierta nostalgia que se disfraza de depresión. Reemplazaría esa palabra por reflexión. En este momento de mi vida, estoy pasando por un momento muy reflexivo, de recordar a mis papás. Por eso, en el libro dejo renglones en blanco para que la gente pueda escribir y reflexionar. Eso nos acerca a la realidad, nos hace empatizar, pensar antes de hablar, respirar, y eso es algo con lo que no contaba antes porque siempre he sido una mujer impulsiva. Por primera vez en mi vida, me estoy dando una pausa para revisar qué he construido a lo largo de estos 49 años y qué quiero para mis próximos 55, porque voy a pasar los 100 de todas maneras. Amo vivir.




