miércoles, septiembre 2

Hay momentos en los que anticiparse deja de ser una ventaja y se convierte en una responsabilidad. Este es uno de ellos. Frente a un escenario de afectaciones asociadas al Fenómeno de El Niño Costero, el desafío no debería ser preguntarnos cómo reaccionaremos cuando llegue la emergencia, sino qué estamos haciendo hoy para estar mejor preparados.

Hay momentos en los que anticiparse deja de ser una ventaja y se convierte en una responsabilidad. Este es uno de ellos. Frente a un escenario de afectaciones asociadas al Fenómeno de El Niño Costero, el desafío no debería ser preguntarnos cómo reaccionaremos cuando llegue la emergencia, sino qué estamos haciendo hoy para estar mejor preparados.

Frente a fenómenos de esta magnitud, la prevención no puede comenzar cuando sus efectos ya son visibles. Prepararnos implica anticipar escenarios, identificar vulnerabilidades y fortalecer nuestra capacidad de respuesta con tiempo. Y esa tarea requiere del compromiso y la articulación entre el Estado, las empresas y la sociedad.

En una operación de alcance nacional, una afectación en un solo punto puede tener consecuencias a lo largo de toda la cadena. Una carretera interrumpida puede impedir la llegada de una materia prima, obligar a modificar rutas de distribución o dificultar el abastecimiento de determinadas localidades. Por eso, prepararnos no consiste únicamente en tener un plan de contingencia, significa identificar con anticipación dónde están nuestros principales riesgos y construir alternativas antes de necesitarlas.

Esa anticipación nos permite ganar algo especialmente valioso frente a una emergencia: tiempo. Hoy integramos información climática, planificación de inventarios y monitoreo en tiempo real de nuestras rutas para prever afectaciones, contar con coberturas de insumos y productos críticos y evaluar rutas alternativas. Así podemos generar ventanas de varias semanas para sostener nuestras operaciones mientras las condiciones se normalizan o se activan otras soluciones. La tecnología es una herramienta, pero su verdadero valor está en convertir información en capacidad de respuesta.

Pero estar preparados no significa únicamente proteger la continuidad de una operación. También supone reconocer que las empresas somos parte de las comunidades en las que trabajamos y que nuestras capacidades pueden contribuir cuando más se necesitan. Prepararnos también implica pensar desde ahora en cómo podemos contribuir ante una eventual emergencia. La solidaridad también debe planificarse. No se trata solo de reaccionar cuando una comunidad ya necesita ayuda, sino de definir con anticipación qué podemos aportar, cómo movilizarlo y de qué manera nuestras capacidades pueden contribuir a que ese apoyo llegue oportunamente. En ese sentido, es importante trabajar con organizaciones como Hombro a Hombro y el Banco de Alimentos, entre otras, que permitan articular de manera eficiente los esfuerzos entre las empresas privadas, los gremios -como Aloxi, la Sociedad Nacional de Industrias y otras entidades representativas- y el Estado.

El verdadero desafío está en evolucionar de una cultura reactiva a una cultura de anticipación; pasar de un enfoque de continuidad operativa a uno centrado en las personas, en nuestros equipos y en las comunidades con las que convivimos diariamente. Debemos aprovechar el tiempo que tenemos hoy para reducir riesgos, fortalecer capacidades y articular esfuerzos de manera colaborativa; convencidos de que, si lo hacemos en conjunto, lo haremos mejor. Hay que prepararnos para cualquier escenario, esperando que suceda lo mejor, antes de que las circunstancias nos obliguen a ponernos a prueba.

No podemos controlar la magnitud de un fenómeno como El Niño, pero sí podemos decidir qué tan preparados estaremos para enfrentarlo. Y para eso, el momento de actuar es ahora.

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