En lo que va de esta década, los choques de oferta con impactos negativos sobre la actividad económica y los precios, se han vuelto más recurrentes. Estos choques son eventos inesperados y súbitos que alteran significativamente la disponibilidad de bienes y servicios, lo que genera fluctuaciones en la actividad y los precios de la economía. El cambio climático, las tensiones comerciales, la reconfiguración de las cadenas de suministro, la fragmentación geopolítica y los conflictos bélicos han inducido, en los últimos años, disrupciones sobre la producción, abastecimiento y precios de combustibles, fertilizantes, alimentos, entre otros productos. A nivel agregado, estos episodios se han traducido en incrementos de la inflación global y en una ralentización de la actividad económica mundial, aunque hasta ahora moderada.
En contraste con la “Gran Moderación” (periodo desde los noventa hasta aproximadamente el 2010, caracterizado por una baja inflación y fluctuaciones acotadas del PBI), ahora el escenario macroeconómico global se dirige hacia un entorno más volátil debido a la recurrencia de eventos como los señalados. Al respecto, en agosto de 2022, en el simposio anual de Jackson Hole (reunión que congrega a las altas autoridades monetarias de las economías desarrolladas), Isabel Schnable, del Directorio Ejecutivo del BCE, sostuvo que el contexto macroeconómico estaba entrando en la era de la “Gran Volatilidad”, en la cual el proceso de cambios estructurales que se viene registrando provocaría choques de oferta “más grandes, frecuentes y persistentes”.
La mayor recurrencia de choques de oferta impone un dilema complicado para los bancos centrales, ya que estos choques mueven la inflación y la economía en sentidos opuestos. Así, un choque de oferta que eleva la cotización del petróleo, induce un incremento de los precios y, simultáneamente, la actividad se contrae. Si el banco central sube su tasa de política para contener las presiones inflacionarias, también puede acentuar la desaceleración económica gatillada por el choque.
Frente a choques de oferta, los bancos centrales reconocen que tienen un conjunto limitado de herramientas, por lo que son poco reactivos y, más bien, tienden a reforzar la comunicación sobre la naturaleza transitoria de este tipo de perturbaciones. De esta forma, tratan de evitar un desanclaje de las expectativas inflacionarias para que no se generen efectos de “segunda vuelta” sobre los precios.
En este entorno de mayor volatilidad, una opción de corto plazo es que los bancos centrales acepten que la inflación se mantendrá fuera del rango meta por más tiempo, aunque esto arriesga su credibilidad. Una mejor opción, de mediano plazo, es reforzar la coordinación entre la políticas monetaria y fiscal. Los bancos centrales pueden mantener la disciplina sobre la expansión del dinero, contener las presiones de demanda sobre los precios y la credibilidad de la política monetaria. Pero no pueden hacer nada para subsanar la escasez de petróleo, alimentos u otros insumos. Esta tarea debe asumirla la política fiscal con más inversión en energías renovables, en obras de prevención de desastres naturales, subsidios focalizados y asegurar cadenas de suministro más diversificadas y resistentes.



