La coyuntura electoral nos recuerda que la democracia cumple una función esencial al permitir la alternancia y la renovación de autoridades, pero los desafíos del Perú trascienden cualquier elección. Más allá de quién resulte ganador, el verdadero trabajo comienza ahora.
Víctor Raúl Haya de la Torre, el más ilustre político peruano del siglo XX, decía que “no se trata de quitarle al que tiene, sino de crear riqueza para el que no la tiene”. Esa frase sigue vigente. El desarrollo requiere crecimiento económico, inversión y oportunidades para millones de peruanos que aspiran a una mejor calidad de vida.
El Perú cuenta con las condiciones para lograrlo. Tenemos una posición estratégica en el Pacífico, nos ubicamos en uno de los cinturones polimetálicos más prolíficos del mundo, disponemos de abundantes recursos naturales y contamos con el talento de miles de jóvenes que se forman en nuestras universidades. Esta es una bendición y una oportunidad para impulsar nuestro desarrollo.
Sin embargo, seguimos siendo un país muy fragmentado. Estas elecciones han vuelto a poner en evidencia uno de nuestros más grandes desafíos: el centralismo que separa a Lima de las regiones. A esto se suman la corrupción, la informalidad y la inseguridad, temas que deberá priorizar el próximo gobierno.
Estos desafíos exigirán reformas estructurales y visión de largo plazo por parte de la siguiente administración. La inversión necesita estabilidad regulatoria, instituciones sólidas y capacidad de ejecución del Estado.
También es indispensable convocar a los mejores profesionales para modernizar la gestión pública. Necesitamos permisos ágiles, procesos digitalizados y coordinación entre entidades. La eficiencia del Estado fortalece la confianza y genera competitividad. La tecnología cumple un rol fundamental. La transformación digital y el uso responsable de la inteligencia artificial también deben ser un objetivo nacional.
La minería ilustra claramente lo que está en juego. En los últimos años, ha representado más del 14% del PBI, cerca del 70% de las exportaciones y el 19% de los impuestos recaudados. Además, cada empleo minero directo genera nueve empleos adicionales en otros sectores, según el IPE. Y contribuye con canon, regalías, infraestructura, electrificación, agua y saneamiento. Un verdadero efecto multiplicador.
El MINEM ha reportado que tenemos una cartera de 66 proyectos mineros valorizados en US$ 64 mil millones. Aprovechar ese potencial requiere reglas claras y una acción firme frente a la minería ilegal.
En nuestro país se han hecho muchas cosas bien. Estamos integrados al mundo con tratados de libre comercio, mantenemos grado de inversión, formamos parte de la Alianza del Pacífico y tenemos instituciones sólidas como el Banco Central.
Más allá de las elecciones, el desafío sigue siendo el mismo: fortalecer las instituciones, promover inversiones, descentralizar el país, impulsar la formalización y generar oportunidades para todos. El potencial existe y debemos convertirlo en desarrollo.
Ramiro Prialé decía que en política “los peruanos podemos ser adversarios, pero no debemos ser enemigos”. Un empate, como el que hemos visto en estas elecciones, nos recuerda la importancia del diálogo, la concertación y la capacidad de restañar heridas entre compatriotas. Existe un dicho que encierra una gran verdad: “Si quieres ser feliz un rato, véngate. Si quieres ser feliz toda la vida, perdona”. El Perú merece ser feliz toda la vida.




