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Una habitación oscura al fondo de un corredor, una voz que susurra detrás de nosotros en una calle solitaria o un cementerio desierto en plena noche, apenas cubierto por las sombras de árboles y mausoleos. Entonces se activa nuestro sistema nervioso, el corazón palpita más rápido, la piel se eriza, nos invade cierto temblor y sentimos ganas de huir o nos quedamos paralizados. Hemos entrado en contacto con una de las emociones más profundas y primitivas que compartimos todos los seres vivientes: el miedo.
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El disfrute entonces se encontraría en ese cruce de caminos. Según Graciela Cardó el éxito contemporáneo de las películas, videojuegos y los relatos de terror radica en que nos permiten experimentar ese miedo ancestral, pero de forma controlada, sin estar expuestos al peligro. “Sabes que te vas a asustar, pero sabes también que no es real –explica–. Entonces, hay un placer en todo este sistema excitatorio, porque el estrés se va elevando y luego viene una caída. Hay toda una satisfacción ahí, porque aumenta la carga, se activa corporalmente, aparece la taquicardia, el sobresalto, pero luego hay una descarga de todo eso”.
Sin embargo, no todos podemos hacer esa separación entre lo real y lo ficticio. Por eso, mientras unos disfrutan del género de horror, otros no lo toleran. “El problema –explica la especialista– es que existen personalidades frágiles que no diferencian tanto la realidad de la fantasía, y lo ficticio penetra demasiado en ellas sin poder quitárselo de encima”. Ese terror de la pantalla puede transformarse en pesadillas o incluso en ataques de pánico.
“Ciertamente, hay personas que no están hechas para ese género –añade Daniel Kantor–, que han pasado por traumas que reaparecen ante una película que los devuelve a la experiencia de miedo o de peligro”. La clave del disfrute está en lo que el psicoanalista llama “la experiencia del como si”.
“Uno va al cine, sabiendo que la película dura una o dos horas –precisa– y lo visto quizás se quedará en nuestro recuerdo, pero no se convertirá en un trauma personal. Pasa lo mismo cuando vemos noticias sobre terremotos, guerras, balaceras, quizás nos suscitan miedo, empatía, fraternidad, dolor, pero podemos apagar la televisión y desconectarnos de esa experiencia… Ver películas o noticias son como un ensayo, como una preparación personal o una ensoñación de lo que viviríamos cuando nos toque pasar por esa situación”.
—¿A qué le tememos más?—
Al respecto, Graciela Cardó cita a Sigmund Freud, el fundador del psicoanálisis, quien afirmaba que lo siniestro u ominoso es lo cotidiano que regresa de manera deformada. “Pienso en películas de terror como ‘Cementerio de animales’, donde vuelve el gato, vuelve el hijo, pero deformados, con toques siniestros. Es el caso también de las casas embrujadas: deberían ser nuestro refugio, pero en las películas de terror lo familiar se vuelve extraño. Esto también explica por qué tantas películas giran alrededor de familias o de la infancia; en dormitorios, espejos o del propio cuerpo, porque son temas que conocemos. El terror desorganiza. Me viene a la mente esa casa donde vive el personaje de Norman Bates en ‘Psicosis’, de Hitchcock”, refiere la psicoanalista.
Retrato trucado del ilusionista francés Henri Robin con fantasma ( 1863 ). (Foto: adoc-photos/Corbis via Getty Images)
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Para Kantor, el concepto de lo ominoso en Freud es muy útil para pensar en la noche de brujas. “Freud habla de lo que nos es desconocido, pero a la vez nos resulta familiar, y la muerte es, por excelencia, eso. La experiencia de Halloween nos permite entrar en contacto con eso que desborda nuestra racionalidad y le da un lugar a lo mágico tenebroso, pero también a lo omnipotente, a todo lo que tiene que ver con la superstición o lo sobrenatural, lo que va más allá incluso de una explicación religiosa”.
“Lo que pasa es que, según Freud –añade Kantor–, uno no puede representar su propia muerte. No te puedes imaginar no estando, entonces todas esas fantasías del zombi, del hombre lobo, del vampiro, son manifestaciones de la ansiedad que sentimos alrededor de la muerte”.
—El mal interior—
Pero el mal no siempre está fuera de nosotros. Cardó cita a Melanie Klein, otra psicoanalista, quien habla de dos posiciones: la del esquizoparanoide, donde lo malo está afuera, es el otro que nos espanta (el fantasma, el alienígena, el zombi) y uno los evita y escapa, o de una situación depresiva, un mea culpa interior, donde lo malo está dentro de nosotros mismos. “Entonces también escarapela o da mucho miedo –comenta Cardó– cuando el protagonista de pronto se da cuenta de que él es el malo, que él es el demonio, en este caso recuerdo dos películas que me impactaron ‘Corazón satánico’ y ‘El abogado del diablo’”.
“¿Y por qué nos enganchan? –se pregunta la psicoanalista–. Porque todo eso está dentro de uno. Lo siniestro también es lo reprimido, nuestros deseos de muerte, etcétera, que salen a flote de esta manera… Una buena película, un buen libro de terror no solamente nos asustan, sino nos ayudan a elaborar esas partes nuestras que de otra manera se quedarían dentro”. Al respecto, destaca las fantasías de mujeres embarazadas de tener hijos monstruosos, tema que el género de terror ha explotado de manera reiterada.
“Son a veces fantasías inconscientes –advierte Cardó–, nadie saldrá del cine diciendo ‘yo tuve la fantasía de ser el anticristo’, pero sí creo que todas estas películas y novelas replican aspectos reprimidos que regresan de cuando en cuando. A veces proyectamos el mal hacia afuera y nosotros somos los buenos, pero hay momentos en que, sí, asumimos que hicimos algo malo y sentimos que [lo ominoso] está en nuestro interior”.

