viernes, julio 31

A los diez años, Pepe Villalobos aprendía a tocar el cajón mirando a escondidas los ensayos de sus vecinos en Barrios Altos. Ocho décadas después, aquel niño que nunca dejó de escuchar se convirtió en el mayor guardián del festejo y en uno de los compositores más importantes de la música afroperuana. Este viernes falleció a los 96 años, pero deja un repertorio que sigue contando la historia del Perú.

La noticia fue confirmada por la Asociación Peruana de Autores y Compositores (Apdayc), que lo despidió como una figura fundamental de la música afroperuana y una leyenda del criollismo. No era un reconocimiento protocolar. Villalobos dedicó su vida a rescatar, preservar y difundir una tradición que aprendió antes en las calles y callejones de Lima que en cualquier escenario.

Nacido el 8 de abril de 1930 en Barrios Altos, creció cuando ese barrio era uno de los grandes centros de la jarana criolla. Su escuela fueron las reuniones populares, las peñas y los músicos que ensayaban a pocos metros de su casa. Entre ellos estaba Víctor “Gancho” Arciniega, cajonero del histórico conjunto Ricardo Palma, quien terminó convirtiéndose en su mentor. Pepe aprendió de oído a tocar el cajón, la guitarra y otros instrumentos, una formación que marcaría para siempre su manera de entender la música.

A los 15 años ya acompañaba en las radios limeñas a figuras como Jesús Vásquez, Eloísa Angulo y las hermanas Chela y Noemí Polo. Con los años dejó de ser únicamente un intérprete para convertirse en compositor, investigador y uno de los grandes conocedores de la historia de la música criolla y afroperuana.

Su obra trascendió el éxito popular. Canciones como “Mi comadre Cocoliche”, “Mueve tu cucú”, “Negrito Chinchiví”, “Copas mías”, “Cintura quebrá”, “La carimba” o “A mi Barrios Altos” no solo hicieron bailar a varias generaciones. Muchas de ellas recuperaron episodios, personajes y costumbres de la comunidad afroperuana, convirtiendo la música en una forma de preservar la memoria.

Él mismo explicaba que detrás de cada composición había una investigación. En “La carimba”, por ejemplo, recordaba el hierro con el que los hacendados marcaban tanto al ganado como a las personas esclavizadas. Para Villalobos, el festejo también podía ser una forma de narrar la historia y de impedir que ciertos episodios cayeran en el olvido.

Su conocimiento era tan amplio que en 2021 quedó plasmado en Pepe Villalobos: El rey del festejo, libro de Vicente Otta y Tilsa Otta que reconstruye su vida a partir de largas conversaciones con el propio músico. Allí dejó registradas anécdotas, recuerdos y explicaciones sobre el origen de canciones, agrupaciones e instrumentos que muy pocos podían contar en primera persona.

Durante su trayectoria compartió escenario y grabaciones con referentes como Óscar Avilés y su primo Arturo ‘Zambo”’ Cavero, además de recibir las Esmeraldas Musicales, el Zafiro Musical y las Palmas Musicales “Eduardo Márquez Talledo”, la máxima distinción otorgada por Apdayc.

Sin embargo, su legado no se mide solo por los reconocimientos. Se encuentra en las peñas donde todavía se cantan sus composiciones, en los cajoneros que aprendieron escuchándolo y en los jóvenes artistas que siguen reinterpretando sus obras desde nuevos géneros y sonoridades.

Con la partida de Pepe Villalobos desaparece uno de los últimos testigos de la época dorada de la música criolla. Pero permanecen las historias que convirtió en canciones y una obra que sigue recordando que el festejo también puede ser una manera de conservar la memoria de un país.

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