El 18 de julio de 1822 apareció sobre la playa de Viareggio, Italia, el cadáver de Percy Bysshe Shelley, el más grande poeta lírico de Inglaterra, que el mar depositó sobre la arena de la costa. Tal fue el fin del hombre que las musas coronaron de laureles, pero que el mundo cubrió de oprobio en castigo a lo que entonces se consideraba una vida disoluta, altanera y sin escrúpulos morales; tal era la mala fama del autor romántico.
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Tras el suicidio de su primera esposa, Harriet Shelley, Shelley había pasado sus últimos años en compañía de Mary Wollstonecraft, espíritu tan inquieto como el suyo y, como él, dado a desafiar al mundo y cuestionar sus convenciones. La pluma de Mary Wollstonecraft Shelley creó al monstruo de Frankenstein, que la literatura preservó para la posteridad: una criatura construida con trozos de cadáveres, reunidos y reanimados por un científico que buscaba competir con el Creador y a cuyas manos moriría en el desierto blanco del polo.
En 1931, el cinematógrafo recogió la idea de Mary Shelley y llevó a la pantalla la tragedia lúgubre de Frankenstein y de su monstruo antropomorfo, representado por Boris Karloff bajo la dirección de James Whale. Naturalmente, el argumento de la novela tuvo que sufrir ciertas modificaciones para el formato del séptimo arte; entre otras, finalizar la historia con una escena feliz: el monstruo debía perecer en las llamas, mientras su creador, arrepentido, abrazaba a su prometida.
Años después, la Universal buscó superar la apuesta de aquel clásico. En la notable secuela, el doctor Pretorius, colaborador de su colega Frankenstein, reúne diversos restos humanos femeninos para reanimar. El monstruo anterior no había muerto, y los dos hombres de ciencia deciden crearle una compañera.
En la edición de El Comercio del 26 de julio de 1934, bajo el título “Otra vez van a Hollywood”, una imagen muestra a una pareja de actores arribando al puerto de Nueva York. El texto que la acompaña tiene un marcado sesgo: una inclinación por destacar al divo británico Charles Laughton. “El gran actor de la pantalla está de regreso en Hollywood, acompañado de su esposa, Elsa Lanchester”. No menciona que ella era también una gran actriz, que había brillado igual que él en la muy elogiada “La vida privada de Enrique VIII” (1933), aunque sin ganar el Óscar como sí lo logró el marido.
Este sesgo fue definiendo la carrera de la actriz. Elsa sería siempre una compañera, sea del engreído actor o de la terrorífica criatura que conoció poco después. En efecto, en abril del año siguiente, “La novia de Frankenstein” se estrena nuevamente bajo la dirección de Whale. Al Perú llegaría pocos meses después, para la temporada de Fiestas Patrias, proyectada en el Teatro Colón con funciones de matiné, vermú y noche, a sol cincuenta la platea y solo para adultos.
Aunque el título de la cinta se enfoca en su personaje, la actriz aparece en solo 10 minutos de metraje. Por eso su nombre ocupará el cuarto lugar en la marquesina, bajo Boris Karloff, Valerie Hobson y Colin Clive. En los créditos del filme, incluso, aparece de forma enigmática con un escueto “?”. Sin embargo, su interpretación y el innovador trabajo de maquillaje de Jack Pierce la convirtieron en símbolo perdurable del terror clásico. Su atuendo evoca tanto un sudario como un vestido de novia, mientras su distintivo peinado cónico, a lo Nefertiti, luce mechas de rayos a los lados. Sus movimientos son casi robóticos, y su eventual encuentro con el Monstruo, quien anticipaba una compañía amistosa, no resulta como él esperaba.
Nacida en Lewisham como Elizabeth Sulivan, Elsa Lanchester comenzó su carrera a los 16 años en el teatro infantil londinense, y luego integró la compañía de la bailarina Isadora Duncan en París. Conoció a Charles Laughton a fines de la década de 1920 y, tras actuar juntos en una obra teatral, se casaron en 1929. La pareja se trasladó a Hollywood cinco años después, donde el actor recibió toda la atención al especializarse en personajes siniestros y autoritarios como Nerón o el cruel Capitán Bligh en Motín a bordo. “Siento una especie de voluptuosidad en hacer lo más detestable posible a los tipos abyectos”, decía Laughton. Sin embargo, su genialidad tenía un costo: convertido en productor, el actor se volvió una presencia insufrible, un tirano que reñía con el equipo y trataba con mal tono a su esposa.
Según la cronista Mary M. Spaulding, existían los galanes como Errol Flynn y los “rotunda y francamente feos” como Boris Karloff y, especialmente, Charles Laughton. El mismo actor describía su figura como “un elefante visto por detrás”. Irónicamente, Lanchester ganó visibilidad al escribir en pleno éxito de su esposo su libro de memorias “Charles Laughton y yo” (1938), título que reflejaba su propio estrellato eclipsado: mientras la carrera de Laughton se disparaba, Hollywood no sabía qué hacer con ella.
Pese a ello, Elsa Lanchester continuó su carrera, a veces a la sombra de Laughton en filmes como “Rembrandt” (1936) o “Testigo de cargo” (1957) —por la que ambos fueron nominados al Óscar—, y otras veces brillando con luz propia en inolvidables papeles secundarios como la tía Queenie en “Me enamoré de una bruja” (1958), Katie Nanna en “Mary Poppins” (1964) o la detective Jessica Marbles en “Un cadáver a los postres” (1976).
La noche del 15 de diciembre de 1962, Laughton fallecía víctima del cáncer. Años después, su viuda revelaría en su autobiografía “Elsa Lanchester, Herself” (1983) los secretos de su tumultuoso matrimonio de 33 años de duración. Confesó que la unión sobrevivió a pesar de la homosexualidad de su marido, lo cual ella aceptó para proteger a Laughton de los prejuicios de la época y beneficiándose a la vez de cierta libertad personal.
Elsa falleció el 28 de diciembre de 1986, a los 84 años, en una casa de retiro para actores en California. Su carrera de medio siglo incluyó 55 películas y múltiples actuaciones en teatro y televisión. No tenía familiares, y pidió que no se efectuara ningún funeral para ella. Sus cenizas fueron esparcidas en el Océano Pacífico, evitando con ello que algún obsesionado con su leyenda osara robar sus partes sepultadas para intentar, una vez más, reanimarla.
Además…
A saber
En “La novia de Frankenstein” (1935), dirigida por James Whale, Elsa Lanchester interpreta el doble papel de Mary Shelley y el de la resucitada criatura.
El filme resultó ser un éxito para Universal, al recaudar US$2 millones con un presupuesto inicial de US$397,000.














