sábado, septiembre 19

Antes del inicio de la jornada, Pablo Arraya y Tupi Venero, dos extenistas peruanos muy recordados y que vivieron batallas como estas, nos avisaron: en la Copa Davis no importa nada, ni los rankings, ni cómo llegan, es representar a un país y en ese terreno puede pasar de todo…Y así ocurrió.

Antes del inicio de la jornada, Pablo Arraya y Tupi Venero, dos extenistas peruanos muy recordados y que vivieron batallas como estas, nos avisaron: en la Copa Davis no importa nada, ni los rankings, ni cómo llegan, es representar a un país y en ese terreno puede pasar de todo…Y así ocurrió.

En el court del Jockey Club del Perú, con 4.200 hinchas en las cuatro tribunas, Ignacio Buse, nuestra mejor raqueta, puesto 35 del ATP, venció en 3 horas y 9 minutos a Hernando Escurra, un tenista paraguayo ubicado muy lejos en el ranking y con actividad reciente principalmente en torneos ITF. Sobre el papel, parecía que la diferencia era enorme. En la cancha, no existió.

Además, Buse llegaba a este partido después de una semana en la que estuvo en el ojo de la tormenta por una declaración sobre Elena Rybakina que nació, según explicó, como una respuesta suelta y sin intención de generar polémica. Por eso este partido tenía otra dimensión. No era solamente el debut de la primera raqueta peruana. Era una oportunidad para responder jugando.

Nacho ganó 7-6, perdió el segundo set por 6-4 y tuvo que pelear hasta el último aliento para imponerse 7-5 en el tercero. Cuando Escurra mandó la pelota a la red en el punto final, Nacho apretó los puños, gritó y miró a las tribunas. Había pasado más de tres horas en una batalla que, por momentos, pareció escapársele.

Después, lejos de esconderse detrás del resultado, fue autocrítico. “Fue clave aceptar que él estaba jugando mejor que yo. Tuve esa humildad que necesitaba para remontar el partido. Si la gente confiaba en mí, lo tenía que hacer yo también”, explicó.

Quizá ahí estuvo la verdadera victoria. En entender que también se puede ganar cuando el tenis no aparece perfecto. Con su tío Gastón Acurio en las tribunas y figuras como el futbolista de Cienciano Matías Succar entre los espectadores, Buse se llenó de ese ruido que solo produce una Copa Davis. Y cuando terminó, el Jockey Club explotó: “¡Olé, olé, olé, Perú!”.

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Nacho había puesto el primer punto. Pero la noche todavía tenía otra historia. Juan Pablo Varillas salió después. El mismo que alguna vez fue nuestra mejor raqueta y que hoy intenta volver a encontrarse con aquel jugador que llegó al puesto 60 del mundo. El mismo que parece sentirse cómodo cuando el partido se convierte en una pelea larga, incómoda, casi interminable.

Y otra vez tuvo que remontar. Daniel Vallejo, número uno de Paraguay y 58 del mundo, se llevó el primer set por 7-5. En el segundo, Varillas llegó a estar 0-3 en el tie-break, con doble mini break abajo. Parecía que el partido se inclinaba definitivamente hacia el lado paraguayo. Pero apareció Juanpi. Punto a punto. Con paciencia. Con ese revés a dos manos cruzado que tantas veces fue su salvavidas. Con la gente empujándolo desde las tribunas. Ganó el tie-break y llevó la historia al tercer set.

A esas alturas ya no era solo tenis. Era resistencia. Varillas terminó imponiéndose 5-7, 7-6 y 6-3, después de 3 horas y 18 minutos de batalla. Sumó 10 aces y volvió a demostrar que, cuando el partido se rompe y solo queda competir, todavía tiene algo que decir.

Cerca de las 11:30 de la noche, el partido terminó. Las tribunas seguían llenas. Las banderas peruanas todavía se movían de un lado a otro. Nadie parecía tener apuro por irse.

Juanpi acababa de regalar una de esas noches que explican por qué la Copa Davis es diferente. No pierde un partido de singles como local desde 2015. Y esta vez no ganó solamente un punto: se ganó otra vez a sí mismo.

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