sábado, septiembre 19

Matute no estaba lleno. No como suele estarlo cuando Alianza Lima juega de local, mucho menos después de un clásico que terminó en derrota en el último suspiro. En las tribunas todavía quedaban rastros de aquel golpe. También molestia. Por eso, cuando ADT apareció al frente -un equipo que llevaba diez partidos sin ganar-, la exigencia fue clara desde el primer minuto: no había espacio para otro tropiezo.

Matute no estaba lleno. No como suele estarlo cuando Alianza Lima juega de local, mucho menos después de un clásico que terminó en derrota en el último suspiro. En las tribunas todavía quedaban rastros de aquel golpe. También molestia. Por eso, cuando ADT apareció al frente -un equipo que llevaba diez partidos sin ganar-, la exigencia fue clara desde el primer minuto: no había espacio para otro tropiezo.

Alianza necesitaba ganar. Pero también necesitaba algo más difícil: volver a sentirse equipo. Y la noche terminó con abrazos. Con aplausos. Con un 2-0 que, por el contexto, pesó bastante más que la diferencia de dos goles. Pablo Guede consiguió una victoria que sirve para bajar la tensión después de seis días fatales y que permite al cuadro íntimo llegar al receso por fecha FIFA con algo de aire para ordenar las ideas.

Antes de los abrazos, sin embargo, hubo tensión. Desde las cuatro tribunas se escuchó un aliento distinto. El respaldo estuvo presente, pero convivió con reclamos y palabras bastante menos amigables. El clásico seguía atravesado en la garganta del hincha. El equipo debía responder en la cancha.

Guede lo entendió así. Desde su postura encogida, ya reconocible a kilómetros, vivió cada minuto como si todavía estuviera jugando. Varias lisuras de por medio, presión al máximo y una indicación detrás de otra. Cantero, Gaibor y Advíncula fueron algunos de los futbolistas que recibieron constantemente sus instrucciones.

El técnico no se permitió relajarse. Ni siquiera cuando el bombazo de Marco Huamán, justo antes del descanso, encontró la red y le devolvió algo de calma a Matute. Solo algo. Porque todavía quedaba mucho por jugar y Alianza había aprendido, de la peor manera, que un partido puede escaparse en una sola jugada.

Gianfranco Chávez y Alejandro Duarte recibieron el respaldo de sus compañeros. (Foto: Giancarlo Ávila/@photo.gec)

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Y mientras Guede dirigía desde la zona técnica, Kevin Quevedo esperaba su momento. Había pasado una larga ausencia. Una sanción interna provocada por indisciplinas que lo había apartado de varias convocatorias. El propio futbolista sabía que su regreso no sería uno más. Había una deuda pendiente con el equipo y con él mismo.

“Tú pides perdón si te mandas una macana y él se mandó una macana (…) todavía no está al cien por ciento”, había explicado Guede antes del partido. A los 58 minutos, Quevedo ingresó al campo. Por unos segundos, Matute pareció quedarse con una pregunta: ¿qué hacer con él?

El reniego empezó a transformarse en aplauso. Primero tímido. Después más decidido. No era un borrón de lo sucedido ni la absolución de sus errores. Era, quizás, una oportunidad. Alianza necesita futbolistas que vuelvan a sentirse importantes. Y Quevedo, si consigue recuperar su mejor versión, puede ser uno de ellos.

Guede también dejó claro que el perdón no significaba regalarle nada. “Que siga trabajando, él tiene que trabajar, él pidió perdón, hay muchas formas de indisciplina, le dije que hasta el receso no iba a jugar, pero venía entrenando bien, él es bueno”, explicó el entrenador.

Pero la imagen que terminó definiendo la noche ocurrió después. A los 46 minutos, Eryc Castillo quedó frente al arco tras un gran pase de Jairo Vélez. Corrió al espacio, aprovechó la defensa adelantada de ADT y definió para el 2-0. Sin embargo, el asistente levantó la bandera.

Por un instante, la celebración quedó suspendida. El árbitro revisó la acción y determinó que Castillo estaba habilitado. Gol válido.

Y entonces ocurrió algo que resume mejor que cualquier discurso el intento de Alianza por volver a ser un equipo. Aunque estaba al otro lado del campo, Alejandro Duarte fue uno de los primeros en recibir la celebración de Castillo. La ‘Culebra’ corrió hacia el arquero, lo abrazó y lo felicitó como si el gol también fuera suyo. Después, incluso le dedicó su celebración habitual. “Para ti”, se le leyó entre risas. Tres compañeros más se sumaron al abrazo.

Duarte había sido uno de los protagonistas involuntarios de la derrota en el clásico. Aquella última jugada ante Universitario todavía estaba fresca en la memoria de todos. Seis días después, Castillo decidió que su gol también podía servir para levantar a su compañero.

La victoria no arregla de golpe un Clausura irregular. Tampoco desaparecen los cuestionamientos ni las heridas del clásico. Pero el 2-0 ante ADT entrega algo que el equipo había perdido en los últimos días: tranquilidad.

El receso por fecha FIFA llega justo a tiempo. Guede tendrá días para recuperar futbolistas, corregir errores y, sobre todo, recomponer un grupo golpeado. Matute no estuvo repleto. El hincha todavía exige respuestas. Pero esta vez se fue a casa con aplausos. Para Quevedo. Para Duarte. Para un equipo que, por una noche, volvió a abrazarse.

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