martes, septiembre 1

Cuando salgo al escenario y el público responde: ¡yo mato!”. Edith Barr lo decía con esa seguridad que solo concede una vida entera frente al público. Se despidió varias veces, anunció retiros, se alejó para formar una familia y hasta intentó ponerle punto final a una carrera que parecía no aceptar finales. Siempre regresaba. Quizá porque, para ella, cantar nunca fue únicamente un oficio. Era la manera que había encontrado de permanecer.

La ‘Flor Morena de la Canción Criolla’ murió a los 90 años dejando más de siete décadas de música y una historia que comenzó mucho antes de los grandes escenarios, cuando todavía era una niña que se escapaba del colegio para acercarse a las radios y escuchar cantar a los artistas que admiraba.

Nora Edith Barr García nació el 1 de junio de 1936 en la cuadra cinco de la avenida Bolívar, en La Victoria. Era hija del réferi Guillermo Barr y de Juana García, una chinchana que cantaba valses y marineras mientras realizaba las labores de la casa. La música también corría por otras ramas de la familia: era sobrina del bolerista Gonzalo Barr.

A los diez años fue reina del Centro Musical Victoria. Por esos días empezó también una pequeña aventura que terminaría definiendo su vida: se escapaba del colegio para visitar las emisoras radiales acompañada por su abuela Dionisia, una de las primeras personas que reconoció su talento.

Tenía apenas 13 años cuando debutó en Radio Nacional del Perú. Alicia Duarte la había elegido entre las nuevas voces del cancionero criollo y aquella adolescente cantó acompañada al piano por Filomeno Ormeño. Poco después, el periodista y libretista Juan Malborg Ratto encontró las palabras que la acompañarían durante toda su carrera: ‘La Flor Morena de la Canción Criolla’.

El escenario, sin embargo, también le daba miedo. Años más tarde reconocería que el nerviosismo podía hacerla olvidar algunas letras. Entonces apelaba a una de sus mejores armas: sonreía y seguía cantando, con tanta naturalidad que el público apenas advertía el tropiezo.

El Perú pronto le quedó pequeño. Con solo 16 años se convirtió en la primera cantante peruana en actuar en el Waldorf Astoria de Nueva York. Después llegaron presentaciones en el Fontainebleau de Miami, El Patio de México, la NBC de Boston, el Tequendama de Colombia y el Tamanaco de Venezuela. También fue contratada para la inauguración de Canal 13 de Buenos Aires.

Su voz atravesaba fronteras, pero nunca abandonó el repertorio que la había formado. Hizo suyas canciones como “Limeña”, “La flor de Lima”, “La flor de la canela”, “José Antonio”, “Bello durmiente”, “Indio”, “Viva el Perú y sereno”, “Dos extraños” y “Solo soy una canción”.

Su producción fue igualmente extensa: grabó 32 elepés y alrededor de 300 discos de 45 revoluciones. “Puñaladas”, de Emilio Peláez Montero, fue su primera grabación. Tenía 17 años.

También llegó al cine. En 1966 participó en la película mexicana “Santo contra el espectro del estrangulador”, dirigida por René Cardona, donde interpretó el vals “Tormenta”, de Lorenzo Humberto Sotomayor.

En el Perú, su figura también se hizo familiar a través de la televisión. Condujo programas en los canales 4, 5 y 9 y tuvo en “La revista de Edith” uno de sus espacios más recordados. Durante siete años fue artista exclusiva del Grill del Hotel Bolívar, donde compartió escenario y experiencias con figuras como “Chucho” Navarro y Javier Solís.

Pero su carrera también estuvo hecha de despedidas. En 1971 ofreció un concierto de adiós en el Teatro Segura. Se había casado con el ejecutivo catalán Alberto Salvany y decidió priorizar a su familia. Vivió temporadas fuera del país, aunque cada regreso a Lima parecía llevarla inevitablemente de nuevo hacia una canción.

A comienzos de los años ochenta retornó al Perú. Después vendrían otros amores, otras pérdidas y nuevos intentos de alejarse de los escenarios. En 1993 anunció otra despedida, luego volvió a hacerlo al grabar su primer disco compacto y también después de celebrar sus bodas de oro artísticas.

Pero Edith Barr siempre encontraba una razón para regresar: El público.

Uno de los momentos más simbólicos de su trayectoria ocurrió el 5 de febrero de 1985. Durante la primera visita de Juan Pablo II al Perú, Barr fue la artista encargada de cantarle en el encuentro del pontífice con miles de jóvenes en el Hipódromo de Monterrico. Interpretó “Tun tun”, la marinera limeña de Chabuca Granda.

Su carrera acumuló también reconocimientos. Ganó tres veces el Festival de Ancón en el género criollo, recibió la Orden al Mérito por Servicios Distinguidos en el grado de Comendador en el 2000 y fue distinguida como Embajadora Turística del Perú en 1986. La Organización de Estados Americanos también reconoció su trayectoria.

Los años, sin embargo, fueron imponiendo sus límites. En 2014 tuvo que ser internada debido a un cuadro de hipertensión. Su hija contó entonces que padecía insuficiencia cardíaca y que cantar demasiado la agitaba. Aun así, Edith seguía teniendo compromisos con la música y con una devoción que la acompañaba: el Señor de los Milagros.

Mi mamá siempre le canta al Señor de los Milagros y va a la procesión”, contó entonces su hija.

Era difícil apartarla completamente de una canción. Quizás porque aquella niña que alguna vez dejó por unas horas las aulas para correr hacia una emisora nunca terminó de irse. Siguió allí, detrás de la artista que recorrió escenarios del mundo, de la mujer que cantó ante un papa, de la intérprete que se retiró una y otra vez sin conseguir despedirse del todo.

Edith Barr se va a los 90 años. Esta vez no habrá un nuevo regreso al escenario. Quedan, en cambio, su voz, sus discos y aquel nombre que la acompañó desde la adolescencia y terminó convirtiéndose en parte de la memoria de la música peruana: la Flor Morena de la Canción Criolla.

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