sábado, septiembre 26

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

"En su hiperbólico discurso en la asamblea de la ONU y en el recibimiento con honores y cañonazos a Xi Jin Ping, Trump coronó una de sus mayores exhibiciones de poder", señala Fernando Vivas.

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No se puede hacer fact checking a tanta hipérbole trumpista: “América ha vuelto y es más fuerte que nunca”, “nuestra economía es la envidia del mundo”, “nuestro ejército es el más poderoso de la tierra”, “nuestra tecnología no tiene rival y estamos a la cabeza prácticamente en todo”, “hace dos años nuestro país estaba muerto, ahora somos el país más atractivo del mundo”. A afirmaciones así no se las contrasta contra la ordinariez cotidiana; se disfruta el espectáculo, se analiza la puesta en escena, se hacen presagios. Trump habló al mundo y el mundo tuvo que escucharlo.

El candelero imperial esta semana vino en doblete. Al discurso del martes 22 ante el Debate General del 81 período de sesiones de la Asamblea General de la ONU donde Trump dijo eso y bastante más; se sumó el miércoles 23 el recibimiento al líder chino Xi Jin Ping.

Donald lo esperó en la Joint Base Andrews al pie de la escalinata del avión, con show aéreo y acompañados ambos de sus primeras damas. Al día siguiente, hubo honores militares como no veíamos hace tiempo. Trump -apunten historiadores de los gestos y las imágenes nacionalistas- se cuadra ante su himno nacional.

El presidente de Estados Unidos Donald Trump se dirige a la 81.ª Asamblea General de la ONU en Nueva York, el 22 de septiembre de 2026. (Foto de TIMOTHY A. CLARY / AFP).

/ TIMOTHY A. CLARY

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A Xi y a las dos primeras damas, les bastó un rostro de sobriedad circunstancial. En Donald, todo es exhibicionismo de poder y su consiguiente histrionismo. Quizá sea la última sensualidad que no le está vedada: el disfrute de su mando. El aparatoso recibimiento a Xi no solo lo vean como la vocación, en bien de la humanidad, de llevarse en paz con la única otra potencia que se empina a su lado; sino como una competencia de poderes. ‘El mío es más grande que el tuyo’, le ha dicho con tantos gestos Donald a Xi que, que contrastan con mayo pasado, cuando fue a Pekín y al chino le bastó mandar a su vicepresidente a recibirlo en el aeropuerto.

La batalla de las imágenes y las puestas en escena siempre las gana EE.UU. Ante Hollywood, la TV, la música y las industrias culturales gringas; China pierde por goleada. En esto sí valen las hipérboles. Fin de la digresión cultural. Sobre lo que Trump tendrá que oír, en serio, a China, es sobre los límites que esta no aceptará en su libertad para negociar todo producto con todo el mundo incluido el petróleo de Irán.

El presidente de China, Xi Jinping, junto a la primera dama Peng Liyuan, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto a la primera dama Melania Trump, en la Casa Blanca el 24 de septiembre de 2026. (Foto de Brendan SMIALOWSKI / AFP).

/ BRENDAN SMIALOWSKI

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El presidente chino Xi Jinping (izquierda) y el presidente estadounidense Donald Trump llegan para una revista militar en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca en Washington, D.C., el 24 de septiembre de 2026. (Foto de SAUL LOEB / AFP).

/ SAUL LOEB

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El discurso del candelero, del rubio ígneo, fue, por lo tanto, hiperbólico, predecible y exhibicionista. Un ‘show off’ planetario. Más interesante es analizar sus ironías y apuestas. Escojo una de cada una. Trump se dirigió a sus enemigos esperanzados que creen que perderá la mayoría republicana en algunas de las dos cámaras del Congreso, sino en las dos.

“I’m not running” (‘no estoy compitiendo’), dijo, con ambigüedad, minimizando el escenario de su posible derrota, porque no lo ve muy probable o porque piensa que, si sucediera, igual convencería a los representantes de aprobar sus principales políticas. Ironía de un poderoso entre la resignación y la provocación.

La apuesta fue más interesante. Dijo que la Inteligencia Artificial (IA, o AI, según sus siglas en inglés) no debiera ser llamada así, pues ‘artificial’ suena a ‘fake’ (falso) y la IA es todo menos eso. Por lo tanto, propuso que se le llame ‘Superintelligence’(superinteligencia) y que se abrevie SI. Apostó a que al día siguiente de su discurso podríamos ver el eco de su neologismo. Hacer una apuesta es un mal negocio para un superpoderoso.

Trump puede ganar, sobrado, todas las escaramuzas que quiera y varias guerras que entable; de hecho, ha ganado todos sus pulseos con naciones débiles; pero puede perder la más simple de las apuestas. El azar no concede privilegios, la suerte no discrimina a nadie. Peor aún: la gente experimenta poder al disentir de un poderoso que busca persuadirla de un cambio de lenguaje, algo importante para el apostador, pero deleznable e incómodo para quien ya se acostumbró a llamar a las cosas por su nombre.

Sorry, Donald, la IA seguirá siendo IA y el 3 de noviembre, aunque digas que no estás ‘running’, la gente sí va a votar por ti, para que mantengas tu mayoría en las dos cámaras o para que la pierdas ante los demócratas. Y en eso tiene mucho que ver la guerra con Irán. Te jactaste de haber ‘resuelto 8 guerras en el mundo´ y de ‘hacer la paz mientras otros hablan de la paz’; pero no encuentras solución a la única guerra que armaste desde su día 0, aquella con Irán.

Si te indujo y acompañó a ella el Israel de Benjamin Netanyahu, es secundario; es tu guerra para quienes votarán pensando en ti en noviembre, es tu petróleo encarecido y es tu inflación derivada de ello. Contra todo eso, está el peso voluntarioso de tu discurso. Hagan sus apuestas. Pueden ganarle a Donald Trump.

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