miércoles, mayo 27

De todas las definiciones que se han hecho de Oswaldo Reynoso, quizá la más precisa y contundente es la de José María Arguedas. Lo declaró “un narrador para un mundo nuevo”. Reynoso, quien dijo que siempre había sido un poeta que escribía en prosa, perfiló una realidad inédita en sus cuentos y novelas (la de una capital compuesta por suburbios tristes habitados por una rabiosa juventud marginal) a través de un lenguaje sensitivo que extraía belleza de la miseria y de la violencia. Siguió así los pasos de Jean Genet, una de sus referentes gravitantes. Era un lenguaje que no encubría, sino que desnudaba. Que desnudaba a una urbe cruel y degradada, pero también a sus adolescentes, inocentes y curtidos, siempre en búsqueda de sórdidos deslumbramientos. El ideal de Reynoso era un “chibolo limpio de barriada pobre”. La búsqueda de ese arquetipo lo obsesionó en sus últimos años, que no fueron reposados sino tan inquietos y curiosos como su juventud y madurez.

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Cuando mi generación leyó los primeros cuentos de Reynoso, reunidos en “Los inocentes” (1960), y conoció a Colorete, Cara de Ángel y al Príncipe, esas historias ya no escandalizaban a nadie. Mucho tiempo había transcurrido del revuelo que provocaron en la Lima pudibunda de nuestros abuelos. Llegó a tal punto esa conmoción que hubo quienes pidieron que al escritor se le revocara el título profesional de maestro. El jurado de un concurso de cuentos debió declarar el premio desierto para no dárselo a Reynoso. Pero, aunque no tuvieran esa carga transgresiva de aquellos años, esos relatos habían sido moldeados con una materia veraz, con un decir todavía urgente para cualquier muchacho que se iniciara como lector. Mediante una prosa dinámica y sugestiva, Reynoso nos contaba acerca de una collera de chicos que oscilaba cada día entre la brutalidad y la ternura. Las derrotas afectivas de ellos eran también las nuestras; su lascivia era común a la de nosotros, su morbo, su desesperación interior, eran un fiel reflejo de lo que habíamos experimentado como secretos inconfesables. Han transcurrido casi 70 años desde que “Los inocentes” vio la luz y su vigencia entre las nuevas generaciones no se discute: leerlo es uno de los ritos de paso para miles de escolares peruanos desde hace décadas.

Su primera novela, “En octubre no hay milagros” (1965), es una narración irregular. Posee momentos de un lenguaje altísimo, de una dicción conmovedora, de descripciones e imágenes que se impregnan en la memoria y desatan sensaciones que están vivas porque son contradictorias y vibrantes. Brilla su tratamiento de los barrios populares, de las urbanizaciones pobres, de los lupanares y de todo aquel submundo en el que encarcela a los desposeídos. En cambio, al retratar a las clases altas, a la oligarquía y a sus brazos políticos, el resultado es insatisfactorio: la forzada dicotomía entre poderosos malvados y pobres irredentos hace tambalear más de una vez la verosimilitud de lo narrado. Sin embargo, hay que rescatar la voluntad de indagar, de buscar nuevos derroteros, de subvertir la forma, de explotar los efectos del expresionismo multicolor con el que pinta este fresco urbano e infernal.

«Reynoso, mientras más envejecía, más se purificaba, más buscaba una belleza inasible y plena»

José Carlos Yrigoyen | Escritor y crítico literario

“El escarabajo y el hombre” (1970), su siguiente ficción, lleva esta vocación experimental a territorios más radicales. Mediante un juego de planos forja una historia consistente en tres planos, uno metafórico, otro de raigambre existencial y un tercero anclado en la realidad concreta: una larga conversación nocturna entre un joven universitario y un profesor en la que se desgranaban aventuras nocturnas e incursiones por los bajos fondos. El libro, como todo lo que realmente rompe esquemas, pasó completamente desapercibido por la crítica oficial o de cualquier otra clase.

Tras su regreso de China Popular en 1989, luego de haber trabajado más de una década como corrector de estilo de una agencia de noticias y profesor universitario, Reynoso rompió un silencio de dos décadas al publicar dos libros centrales en su obra: el delicado y sensorial “En busca de Aladino” (1993) y su novela mayor, “Los eunucos inmortales” (1995), que se enfoca en la masacre de Tiananmen y significa una grave requisitoria contra el modelo autoritario procapitalista de Deng Xiaoping. Esos títulos confirmaron la madurez definitiva de Reynoso, quien durante esos años se transformó en maestro para una multitud de escritores jóvenes, la mayoría nacidos en los cenagales del realismo sucio.

Reynoso, en cambio, mientras más envejecía, más se purificaba, más buscaba una belleza inasible y plena. Malte (protagonista de “El goce de la piel”, 2005) es su gran amor imaginario de senectud. Describirlo es inútil, porque toma diversas formas y personalidades. Pero, en todas ellas, cumple el ideal reynosiano: es el expresidiario que no se ha tatuado para que su piel permanezca perfecta e intocada; es el joven capaz de conducir a Oswaldo por peligrosas salas de billar o entre playas edénicas. Malte atraviesa sus últimos libros como una promesa cumplida por las fuerzas de la literatura, el último reducto que nos salva de las mezquindades de la vida, que vence al desamor, a la desolación y a todo orden represivo. “La vida sin libertad no es solo fea, sino sucia”, escribió en “Los eunucos inmortales”. Purificado por su eros y su pasión, Reynoso murió libre. Su obra es fehaciente prueba de ello.

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