domingo, agosto 2

Impecable en su traje blanco de tres piezas y camisa de cuello almidonado, el hombre al que se le consideró padre del nuevo periodismo nunca creyó en la paternidad responsable. No se sintió nunca un referente cultural de la segunda mitad del siglo XX, y más bien declaró la guerra a quienes creyeron serlo: Norman Mailer, por ejemplo.

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A pesar de haber nacido en Richmond, Virginia, en 1930, Tom Wolfe podría considerarse parte del mobiliario urbano de Nueva York, ciudad donde residió desde 1962, al entrar a trabajar en el “New York Herald Tribune”, diario donde forjó un nombre en el periodismo literario y la novela periodística. Insistía en que la única manera de contar una buena historia era salir a reportearla, cultivando para ello una libertad siempre apoyada por Clay Felker, director de ese rotativo, quien siempre animó a sus reporteros a ir más allá del periodismo objetivo. Fue entonces cuando Wolfe, junto con autores como Truman Capote o Gay Talese, contribuyó a la creación de un estilo híbrido que rompía con las formas convencionales de narrar una noticia. Denominado nuevo periodismo, esta corriente buscaba contar la realidad desde la riqueza de la literatura, con técnicas narrativas propias de la ficción, pero siempre respetando el rigor de los hechos.

En 1973, Wolfe decidió hacer memoria inmediata y dar cuenta del fenómeno, escribiendo un irónico manifiesto que serviría de subjetivo marco teórico para una antología en que reúne lo que, en su lectura, representaban las mejores plumas del movimiento. Los temas son sumamente diversos, yendo desde algo tan frívolo como las competiciones de gimnasia rítmica con bastón –descritas por Terry Southern– hasta algo tan serio como la guerra de Vietnam –narrada por Nicholas Tomalin–. Los textos destacan porque no se ajustan al modelo estándar de periodismo imparcial y objetivo; en cambio, incorporan recursos literarios presentes en las obras de ficción.

La reflexión de Wolfe que encabeza “El nuevo periodismo” es una diatriba contra la novela estadounidense, la cual considera que ha llegado a un punto muerto al alejarse del realismo que la hizo brillar en los años 30. Opina que, desde finales de los años 50, el periodismo resultó mucho más relevante para dar cuenta de la realidad del país y que, para ello, se había nutrido de las técnicas de los grandes maestros realistas del siglo XIX: desde Émile Zola hasta Charles Dickens, pasando por Gógol y Smollett. En su análisis, Wolfe apuntaba cuatro aspectos técnicos determinantes: la construcción escena por escena; la recreación del diálogo realista; la narración desde la tercera persona y, finalmente, la atención al detalle del entorno.

Al escribir sus furiosas crónicas sobre la cultura pop, abordando temas como el poder, el racismo, la corrupción y el sexo, Wolfe se granjeó fama de autor progresista. Dos décadas más tarde, aquel mismo público decidió considerarlo un conservador al desenmascarar la impostura intelectual de la izquierda de su país. En revistas como “The New Yorker”, “Esquire” o “Harper’s Bazaar”, escribió contra la corrección política y reivindicó el realismo como estética, tal como lo hicieron sus amados Honoré de Balzac y Émile Zola en la Francia del siglo XIX. Asimismo, ridiculizó la renuencia de sus colegas a confrontar problemas sociales y advirtió que tanto el ensimismamiento como los cenáculos académicos matarían la novela. Le asombraba que ningún autor de su generación hubiese escrito una gran novela realista sobre Nueva York, y terminó haciéndolo él mismo en su ambiciosa “La hoguera de las vanidades”.

Demasiado literario para los periodistas y demasiado periodista para los literatos, Wolfe fue tanto un advenedizo literario que desdeñaba la formalidad del establishment como un caballero surgido de las mejores escuelas. Más allá de cualquier etiqueta, lo suyo fue el más lúcido inconformismo.

Además…

A saber

“El nuevo periodismo”

Autor: Tom Wolfe    

Editorial: Anagrama

Año: 2026

Páginas: 224

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