El debate volvió a instalarse en plena temporada de Fashion Weeks. Activistas de PETA irrumpieron primero en el desfile de COS en Nueva York y posteriormente en el de H&M Studio en Londres, denunciando la crueldad detrás de la producción de lana. En Londres, las manifestantes llegaron a recorrer buena parte de la pasarela sin que el numeroso equipo de seguridad interviniera. Días antes, en Nueva York, Steven Kolb, CEO del CFDA, había sido duramente cuestionado después de intervenir físicamente para reducir a dos activistas durante una protesta. Él mismo reconoció posteriormente que su reacción había sido inapropiada.
La protesta llama aún más la atención porque ocurre justamente en la primera temporada en la que la New York Fashion Week aplica la prohibición de pieles animales anunciada por el CFDA. Existe una diferencia importante: para obtener una piel es necesario matar al animal; para obtener lana, no. Esquilar, de hecho, forma parte del manejo habitual de muchas ovejas domésticas. Esto no significa, sin embargo, que la industria de la lana esté libre de cuestionamientos.
Uno de los más difíciles de ignorar es el ‘mulesing’, una práctica asociada principalmente a determinadas ovejas merino que consiste en retirar piel de la zona trasera del animal para reducir el riesgo de flystrike, una infestación potencialmente mortal provocada por larvas de mosca. El objetivo es prevenir otro problema de bienestar animal, pero el procedimiento lleva años siendo objeto de fuertes críticas. Es importante hacer una distinción: mulesing y lana no son sinónimos. Existen cadenas productivas y estándares que lo prohíben.
Podríamos llegar rápidamente a una conclusión: “eliminemos la lana”. Ahí, el debate se vuelve más interesante.
Sí existen alternativas. Algodón, cáñamo, lino y fibras celulósicas como el lyocell pueden sustituirla en determinadas aplicaciones. También están apareciendo nuevos materiales. Pero ninguna fibra reproduce automáticamente todas las características que han hecho de la lana un material utilizado durante miles de años: aislamiento, regulación térmica, manejo de la humedad, elasticidad y durabilidad. Y cuando buscamos replicar algunas de esas prestaciones, aparece frecuentemente otro viejo conocido de la industria: las fibras sintéticas derivadas de combustibles fósiles.
Eso tampoco convierte automáticamente a la lana en sostenible. Creo que uno de los errores más frecuentes cuando hablamos de materiales es asumir que natural significa bueno y sintético significa malo. La producción de lana tiene una huella ambiental: las ovejas son rumiantes y producen metano; existen impactos asociados al uso de la tierra y, dependiendo del sistema productivo, pueden existir problemas de biodiversidad y bienestar animal.
Pero el poliéster tampoco desaparece cuando termina su vida útil. Proviene principalmente de recursos fósiles, puede liberar microfibras plásticas y forma parte de un modelo de producción textil cuya escala es incomparablemente mayor. Por eso reemplazar una fibra simplemente porque pertenece a una categoría que consideramos problemática puede trasladar el impacto de un lugar a otro en vez de resolverlo.
No creo que la sostenibilidad de la moda pueda reducirse a una lista de materiales buenos y materiales malos. Un abrigo de lana trazable que utilizamos durante veinte años plantea una ecuación completamente distinta a la de una prenda producida masivamente, utilizada cinco veces y descartada. De la misma manera, una fibra vegetal no se vuelve sostenible por el simple hecho de provenir de una planta.
Protesta de PETA en un H&M en Tokio, Japón. (Foto: FRANCK ROBICHON/ EFE)



