sábado, septiembre 19

Harold Gálvez (Lima, 1988) ha escrito los cuentos de “Campo de tiro” no a partir de la memoria, sino rondando los vacíos de la carestía y la orfandad. Toda reminiscencia está signada por una pérdida, por una derrota anticipada que se manifiesta en distintos momentos de la vida de Abel, personaje que recorre estos cuentos hilvanados por su evocación de una infancia y una adolescencia que no pueden sobreponerse al espectro del padre ausente.

Harold Gálvez (Lima, 1988) ha escrito los cuentos de “Campo de tiro” no a partir de la memoria, sino rondando los vacíos de la carestía y la orfandad. Toda reminiscencia está signada por una pérdida, por una derrota anticipada que se manifiesta en distintos momentos de la vida de Abel, personaje que recorre estos cuentos hilvanados por su evocación de una infancia y una adolescencia que no pueden sobreponerse al espectro del padre ausente.

El libro avanza descifrando las consecuencias de esa condición que desvalida, pero no invalida: pese a la adversidad casi ontológica que lo asedia, Abel logra extraer conocimiento de sus percances y reveses, y Gálvez ha conseguido (al menos parcialmente) modelar bien esas secretas epifanías que trastocan la proteica mirada y la incompleta identidad de su protagonista.

“Campo de tiro” no comienza bien. El cuento inaugural, “Retrorunning”, hace de su anécdota una metáfora obvia y básica que no convence ni por su humor fallido ni por su frustrado correlato con la historia de Abel. El siguiente, “Humberstone”, es algo mejor, pese a su espíritu convencional; sin embargo, perfila una de las piedras basales del libro: la búsqueda de una figura paterna que no ceda a la cobardía y a la traición. “Puente”, por su parte, peca de un final predecible y de resbalar en ciertos lugares comunes del imaginario de las postrimerías de los noventa, aunque hay que reconocerle un manejo versátil de los diálogos.

Pero luego llegamos a “Los años imposibles” y el volumen toma viada. Es un cuento hermoso y con tramos de un lirismo conmovedor, difícil de hallar en nuestra narrativa joven. Gálvez permite que la belleza de lo ambiguo sugestione a Abel, quien es testigo y partícipe de una de las historias más logradas que he leído en mucho tiempo sobre la homosexualidad en los estratos populares. Destaca su tratamiento sobrio, encomiable en la atmósfera triste y al mismo tiempo encantatoria que imprime en cada escena, hasta decantarse por una elipsis del deseo que no es pudibunda, sino purificadora.

A este cuento le sucede otro también de calidad antológica, el que da nombre al conjunto. Se trata del recuento de una tarde en un club campestre en el que Abel confronta su inferioridad socioeconómica. En ese lugar ajeno su presencia se vuelve fantasmática, y solo el encuentro con la chica que le gusta lo corporiza y le otorga la dignidad del afecto. La resolución es de una violencia cruda y de un sabor amargo que captura con vigor lo no dicho de esos silencios insondables y su melancólico regusto.

Cabe rescatar “La tercera cuerda”, otro relato que sostiene diestramente la trama derivada del hallazgo equívoco de un referente familiar, y que plantea un luminoso desafío en su desenlace: el de quien acepta su trunca naturaleza. Las demás piezas (“Malena” y “Segundo nombre”) decepcionan porque sus premisas nos hacen esperar mucho más de lo que terminan ofreciendo, sobre todo luego de los tres cuentos que los preceden. Pero al margen de estas valoraciones, Harold Gálvez ha demostrado que tiene las armas para entregarnos un libro importante. Estaremos al tanto.

“Campo de tiro”

Autor: Harold Gálvez

Editorial: Alfaguara

Año: 2026

Páginas: 144

Relación con el autor: ninguna

Calificación: 3 de 5 estrellas

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