Enero del 2018. El Perú vibró con la presencia del papa Francisco. “Unidos por la esperanza” fue el lema que recibió al primer sudamericano en convertirse en sucesor del apóstol Pedro.
Francisco encontró un país que miraba anonadado los hallazgos de la corrupción que Odebrecht había sembrado, el entonces presidente Pedro Pablo Kuczynski se había salvado de una vacancia y le había otorgado el indulto humanitario a Alberto Fujimori.
La inseguridad amenazaba nuestra tranquilidad y el sicariato parecía enfocado en Trujillo. Fue ahí donde Francisco sostuvo: “Otras tormentas pueden estar azotando estas costas […]. Tormentas que nos cuestionan como comunidad y ponen en juego el valor de nuestro espíritu. Se llama violencia organizada, como el sicariato y la inseguridad que generan la falta de oportunidades educativas y laborales, especialmente en los más jóvenes, que les impiden construir un futuro con dignidad. Los invito a luchar contra esa fuente de sufrimiento, pidiendo que se promueva una legislación y cultura de repudio a toda forma de violencia”.
A los pocos meses de la visita del Papa, el país entró en una espiral de confrontación de la que seguimos sin recuperarnos. Entonces se dictaban 36 meses de prisión preventiva a Keiko Fujimori mientras se la investigaba, vimos cómo dos fiscales alcanzaron la notoriedad de una celebridad cinematográfica por sus supuestos hallazgos y pudimos ver cómo la justicia es rápida y efectiva para unos, pero lenta y distraída para otros.
Han pasado ocho años de esa histórica visita, y ahora esperamos la llegada de León XIV, monseñor Prevost para unos o simplemente el padre Roberto para otros. El Papa peruano regresa a la tierra que lo adoptó y a la que él quiere como buen hijo que es.
Pero ya no somos los mismos… el presidente que acogió al Papa argentino espera que se haga justicia en el caso que no solo lo llevó a dejar al poder, sino que lo envolvió en una supuesta “organización criminal” integrada por su chofer y secretaria, figura creada por la afiebrada exaltación de un fiscal. La señora que entraba y salía de prisión por el empeño de los mediáticos fiscales ahora es presidenta de la República y se resolvió que los supuestos delitos por los que se les perseguía a ella y a varios más nunca fueron tales.
La efímera “gloria” de los fiscales se derrumbó al igual que los casos que investigaron por años, Alberto Fujimori murió en libertad, pues se reivindicó el indulto que le fue revocado. Ahora es Alejandro Toledo, condenado por recibir una coima de US$30 millones, quien le pide el indulto a la hija de Fujimori.
El crimen y sicariato no son un asunto de Trujillo, están en todas partes y acaban con la vida de transportistas, pasajeros, comerciantes e menores de edad.
“Por favor, cuiden la esperanza, que no se la roben. No hay mejor manera de cuidar la esperanza que permanecer unidos”, decía Francisco aquel 21 de enero en la Base Aérea de Las Palmas ante un millón y medio de personas. Esperamos a León XVI con los brazos y corazones abiertos porque los peruanos siempre estamos dispuestos a renovar la esperanza.




