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Para quienes escucharon hablar de un tal Felipillo en las clases de Historia del Perú, existe cierto rencor que viene con el nombre. Su figura quedó ligada para siempre al derrumbe del Tahuantinsuyo, convertida en el rostro de la traición por haber servido de intérprete entre los españoles. Contra esa condena histórica apela el abogado Alfredo Barreda, quien debuta en la ficción literaria con “Crepúsculo incaico” y propone una relectura de aquel personaje como “el gran chivo expiatorio de sus tiempos”.
Para quienes escucharon hablar de un tal Felipillo en las clases de Historia del Perú, existe cierto rencor que viene con el nombre. Su figura quedó ligada para siempre al derrumbe del Tahuantinsuyo, convertida en el rostro de la traición por haber servido de intérprete entre los españoles. Contra esa condena histórica apela el abogado Alfredo Barreda, quien debuta en la ficción literaria con “Crepúsculo incaico” y propone una relectura de aquel personaje como “el gran chivo expiatorio de sus tiempos”.
La novela sitúa su historia en los meses más convulsos del siglo XVI. Mientras la guerra entre Huáscar y Atahualpa acaba de fracturar el poder del Tahuantinsuyo, Francisco Pizarro desembarca en un territorio debilitado por las disputas internas. Gobernantes, generales, sacerdotes, conquistadores y traductores avanzan hacia un mismo desenlace: el crepúsculo del único gran imperio que floreció en el hemisferio sur.
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El origen del libro, sin embargo, no nació de una inquietud literaria, sino de una duda histórica. Durante años, Barreda se preguntó por qué el relato tradicional había convertido a los conquistadores en los protagonistas de la historia y al único personaje indígena con voz propia en el gran responsable de la caída del imperio. “¿Por qué los españoles tienen que ser los buenos de la conquista y por qué el nativo tiene que ser el malo?”, menciona.
La revisión encontró rápidamente eco entre los lectores. Desde su publicación, “Crepúsculo incaico” se ha mantenido entre los libros más vendidos del país, un fenómeno poco habitual para un autor debutante. Barreda atribuye ese éxito al entusiasmo de los primeros lectores y al efecto multiplicador de las recomendaciones personales. “Hoy existe una capacidad enorme de amplificación gracias a los grupos de WhatsApp. El primero que leyó el libro lo recomendó en un chat; otro hizo lo mismo en otro grupo y así sucesivamente. Es un éxito de WhatsApp”, dice entre risas.
Abogado de profesión y escritor por vocación, Alfredo Barreda debuta en la ficción histórica con una novela que cuestiona algunos de los relatos más arraigados sobre la conquista del Perú.
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El primer gesto de esa reivindicación comienza por el nombre. Felipillo ni siquiera nació llamándose así. Fueron los españoles quienes le dieron ese apelativo en alusión al entonces príncipe Felipe —el futuro Felipe II— y, con el tiempo, también terminaron adjudicándole el papel de gran traidor del Perú. Barreda considera que ambas decisiones responden a una misma lógica: la de quienes escribieron el relato de la conquista. “No olvidemos que la historia la escriben los ganadores. Para justificar la muerte de Atahualpa necesitaban un responsable y terminaron convirtiendo a Felipillo en un conspirador, un intrigante y un mentiroso”, afirma.
La novela rescata al joven intérprete desde un lugar distinto. No era un caudillo ni un militar; tampoco tenía el poder de los conquistadores. Su importancia residía en una capacidad excepcional para su tiempo. “Felipillo se hizo poderoso por hablar dos idiomas, por comunicarse con los caciques y, al mismo tiempo, con los jefes españoles”, explica Barreda. Esa condición, sostiene, lo volvió indispensable para ambos bandos y explica por qué su figura terminó ocupando un lugar desproporcionado en los relatos de la conquista.
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Para construir esa nueva mirada, el autor volvió a las fuentes. Releyó las crónicas de Juan de Betanzos, Pedro Cieza de León, López de Gómara, el Inca Garcilaso de la Vega y Cristóbal de Molina, entre otros. Allí encontró una ausencia que terminó convirtiéndose en una de las preguntas centrales de la novela: la muerte de Felipillo apenas aparece descrita en doce palabras, pese a tratarse de uno de los personajes más determinantes de la conquista.
Ese vacío documental terminó siendo más elocuente que muchas certezas. Barreda sostiene que la falta de coincidencias entre las fuentes lo llevó a desconfiar de la versión tradicional según la cual Diego de Almagro ordenó descuartizar a Felipillo durante la expedición a Chile. “Estoy convencido, por mis investigaciones, de que Felipillo no murió en Chile”, asegura. Sobre esa duda histórica construye uno de los principales giros narrativos de “Crepúsculo incaico”, donde la ficción ocupa el espacio que dejaron los silencios de los cronistas.
La representación de Felipillo realizada por Felipe Guamán Poma de Ayala es una de las imágenes más conocidas del intérprete indígena y una de las principales referencias iconográficas sobre el personaje.
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La reivindicación de Felipillo no es la única interpretación que Barreda pone sobre la mesa. En las casi 400 páginas de “Crepúsculo incaico”, el autor también cuestiona algunos de los episodios más aceptados sobre la caída del Tahuantinsuyo. El más provocador aparece desde el inicio de la conversación: “No, Atahualpa no fue inca”. La afirmación, que podría parecer una provocación, responde —según sostiene— a una lectura minuciosa de las crónicas y del contexto político de aquellos meses.
Según Barreda, Atahualpa nunca llegó a cumplir el proceso que legitimaba a un soberano del Tahuantinsuyo. Tras la derrota de Huáscar apenas transcurrieron unos días antes de que Francisco Pizarro lo capturara en Cajamarca. Nunca entró al Cusco, nunca fue entronizado y, además, Huáscar seguía con vida durante varios meses después de su captura. “Si Huáscar seguía vivo, seguía siendo el inca”, sostiene. Desde esa premisa plantea una pregunta que atraviesa toda la novela: ¿por qué la historia terminó aceptando a Atahualpa como el decimocuarto inca? Para el autor, se trata de “otra gran conveniencia escrita por los españoles”.
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La revisión alcanza también las causas de la caída del imperio. Mientras buena parte de la historiografía atribuye el colapso tanto a la guerra civil como a la llegada de los españoles, Barreda sostiene que el desenlace respondió, sobre todo, a la invasión. Para él, el Tahuantinsuyo no fue derrotado en un gran enfrentamiento militar, sino que quedó desarticulado cuando Atahualpa fue capturado mediante una emboscada en Cajamarca. “El Imperio incaico cae porque Atahualpa prioriza su vida sobre el imperio mismo”, afirma. Desde el cautiverio, recuerda, el gobernante ordenó no atacar a los españoles y reunir el oro para pagar su rescate, decisiones que terminaron paralizando la respuesta del Estado inca.
Aunque varias de estas interpretaciones seguramente generarán debate entre los historiadores, Barreda insiste en que su propósito no es reemplazar la historia oficial, sino invitar al lector a volver sobre las fuentes. “Crepúsculo incaico” combina hechos documentados con ficción para explorar los vacíos que dejaron los cronistas y devolverle voz a uno de los personajes más controvertidos de la conquista. El desenlace de Felipillo —inesperado incluso para quienes creen conocer su destino— termina convirtiéndose en el cierre de una novela que busca reabrir el debate histórico.
Ficha técnica
Crepúsculo incaico
Título: Crepúsculo incaico
Autor: Alfredo Barreda
Editorial: Editorial Colmillo Blanco
Año de edición: 2026
Número de páginas: 394




