sábado, mayo 16

La ópera comienza desde la voz de sus intérpretes, en el caso de Aida en Lima comienza desde la barriga del tenor Ivan Magrí, sube por su esófago y llega irritándolo todo hasta las cuerdas vocales. “El tenor se ha quemado las cuerdas vocales, aún así estará hoy con nosotros para interpretar a Radamés”, anuncian antes de que el telón suba. En la sala del Gran Teatro Nacional el murmullo se corta apenas unos segundos. Nadie sabe exactamente qué esperar. Una cancelación de último minuto habría sido comprensible; después de todo, Magrí debía sostener uno de los papeles más exigentes del repertorio verdiano. Pero ahí estaba, dispuesto a cantar igual.

La ópera comienza desde la voz de sus intérpretes, en el caso de Aida en Lima comienza desde la barriga del tenor Ivan Magrí, sube por su esófago y llega irritándolo todo hasta las cuerdas vocales. “El tenor se ha quemado las cuerdas vocales, aún así estará hoy con nosotros para interpretar a Radamés”, anuncian antes de que el telón suba. En la sala del Gran Teatro Nacional el murmullo se corta apenas unos segundos. Nadie sabe exactamente qué esperar. Una cancelación de último minuto habría sido comprensible; después de todo, Magrí debía sostener uno de los papeles más exigentes del repertorio verdiano. Pero ahí estaba, dispuesto a cantar igual.

La advertencia previa alteró el clima de la noche. De pronto, Aida ya no era solamente la tragedia de una princesa esclavizada entre el amor y la patria; también era la historia de un cantante enfrentándose a su propio cuerpo. La vulnerabilidad apareció antes de la primera nota. Luego las luces bajaron y el escenario abrió con un inmenso ojo de Isis vigilando la escena, acompañado por leones dorados que parecían custodiar una civilización entera. El antiguo Egipto entró al teatro limeño como un espejismo de metal, arena y penumbra.

Ivan Magrí salió al escenario del Gran Teatro Nacional con las cuerdas vocales afectadas, dispuesto a interpretar a Radamés pese a la lesión. La función inaugural del Festival Granda comenzó marcada por esa tensión física y emocional. (Foto: Jesús Salcedo)

`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});

El Festival Granda había prometido una producción de gran formato y cumplió. La escenografía del artista peruano Pepe Sialer evitó la tentación arqueológica para apostar por imágenes más simbólicas: estructuras monumentales, superficies doradas y una sensación constante de verticalidad que convertía a sacerdotes y soldados en piezas diminutas dentro de un aparato político gigantesco. El vestuario diseñado por Susana Torres —con experiencia en películas como “La teta asustada” y “Madeinusa”— reforzaba esa idea: capas ceremoniales, coronas rígidas y armaduras que parecían más cercanas al ritual que a la guerra.

Pero Aida siempre termina ocurriendo en las miradas. Verdi construyó una ópera gigantesca para contar algo íntimo: personas atrapadas en un sistema que les exige renunciar a lo que aman. Ahí aparece Radamés, el guerrero egipcio enamorado de Aida; ahí aparece Amneris, hija del faraón, consumida por unos celos que nunca necesitan exagerarse porque nacen desde el poder. Y ahí está Aida, princesa etíope convertida en esclava, obligada a fingir obediencia mientras su país combate contra Egipto.

La soprano Yolanda Auyanet interpretó a Aida desde la contención emocional, construyendo a una protagonista marcada por el desarraigo y la imposibilidad de pertenecer por completo a ningún lugar. (Foto: Jesús Salcedo)

La soprano Yolanda Auyanet interpretó a Aida desde la contención emocional, construyendo a una protagonista marcada por el desarraigo y la imposibilidad de pertenecer por completo a ningún lugar. (Foto: Jesús Salcedo)

`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});

La soprano Yolanda Auyanet interpretó a Aida desde la contención más que desde el dramatismo explosivo. Su personaje parecía cargar siempre algo retenido en el pecho. Incluso en los momentos corales, cuando la maquinaria de Verdi se vuelve monumental, su figura permanecía ligeramente aislada, como si el personaje jamás pudiera pertenecer del todo a ningún lugar. La mezzosoprano Zinaida Tsarenko, en cambio, construyó una Amneris feroz y elegante, capaz de pasar del deseo al resentimiento en una sola frase. En varios momentos terminó convirtiéndose en el personaje más humano de la noche: una mujer poderosa que descubre que el poder no sirve de nada cuando alguien ama a otra persona.

Y luego estaba Magrí. Cada aparición suya mantenía la voz del conquistador que sabe más del país ajeno que de las peripecias de su propio hogar. Había frases en las que la voz parecía buscar apoyo antes de lanzarse, pequeños momentos donde la frase: “El actor no está al 100%” aparecían, para luego difuminarse. Mientras la ópera avanzaba Radamés dejó de sentirse como un héroe invencible y comenzó a parecer un hombre agotado por su propia tragedia.

La dirección escénica de Renato Bonajuto enfatizó el conflicto político y emocional de “Aida”, culminando con la escena final en la que Radamés y Aida son enterrados vivos tras ser acusados de traición. (Foto: Jesús Salcedo)

`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});

La marcha triunfal del segundo acto —uno de los momentos más célebres de la historia de la ópera— encontró al Gran Teatro Nacional convertido en una ceremonia total. Coros, estandartes, metales y movimientos colectivos llenaron el escenario con una grandilocuencia poco habitual en producciones locales. La participación de la Sinfonía por el Perú, tanto en la orquesta juvenil como en el coro, aportó una energía particularmente intensa. Bajo la dirección del maestro Cesare della Sciucca, la música evitó caer en el mero espectáculo militar y conservó siempre una tensión emocional debajo de cada explosión sonora.

La dirección escénica de Renato Bonajuto entendió bien algo esencial de Aida: la verdadera tragedia ocurre después del espectáculo. Cuando los desfiles terminan, quedan personas condenadas por decisiones políticas y deseos imposibles. Por eso el último acto resulta devastador. Radamés, acusado de traición tras revelar información militar a Aida, acepta su sentencia casi como alguien que ya se sabe derrotado desde mucho antes. La escena final, enterrado vivo junto a la mujer que ama mientras Amneris reza sobre la tumba, sigue siendo una de las imágenes más crueles que produjo Verdi.

El vestuario de “Aida” fue diseñado por Susana Torres, reconocida por su trabajo en películas peruanas como La teta asustada y Madeinusa. (Foto: Jesús Salcedo)

`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});

Por esa intensidad Aida continúa funcionando siglo y medio después de su estreno en El Cairo en 1871. No por sus pirámides, ni por sus trompetas ceremoniales, ni siquiera por la espectacularidad de sus montajes. Funciona porque debajo de todo ese oro siempre hay cuerpos frágiles. Personas intentando sostener una promesa mientras el mundo alrededor se derrumba.

La noche inaugural del Festival Granda tuvo algo de eso. Un tenor lesionado que decide cantar igual. Una ópera gigantesca sostenida por intérpretes que saben que el fracaso siempre es posible. Y un público observando cómo, antes que las pirámides o los ejércitos, la tragedia comienza dentro del cuerpo humano.

Share.
Exit mobile version