Hubo un tiempo en que Hollywood podía fabricar la imagen inamovible y absoluta de sus actores. Algunos eran rudos y de mirada inconfundible como Humphrey Bogart, otros mucho más enérgicos, casi volcánicos, como James Cagney. La línea entre el intérprete y el personaje era difusa, y aunque en Casablanca, Bogart es Rick Blaine, y en Ángeles con caras sucias, Cagney es Rocky Sullivan, seguramente, si estuviésemos frente a un cine de la época, antes de comprar las entradas, diríamos hay que ver la última de Bogart o la nueva de Cagney, porque además de grandísimos actores eran un concepto, una idea, una marca que aparece en la mente de quien la escucha nombrar. Hoy, esa especie en extinción tiene a los últimos miembros de dicha estirpe: Tom Cruise y Brad Pitt.
Hubo un tiempo en que Hollywood podía fabricar la imagen inamovible y absoluta de sus actores. Algunos eran rudos y de mirada inconfundible como Humphrey Bogart, otros mucho más enérgicos, casi volcánicos, como James Cagney. La línea entre el intérprete y el personaje era difusa, y aunque en Casablanca, Bogart es Rick Blaine, y en Ángeles con caras sucias, Cagney es Rocky Sullivan, seguramente, si estuviésemos frente a un cine de la época, antes de comprar las entradas, diríamos hay que ver la última de Bogart o la nueva de Cagney, porque además de grandísimos actores eran un concepto, una idea, una marca que aparece en la mente de quien la escucha nombrar. Hoy, esa especie en extinción tiene a los últimos miembros de dicha estirpe: Tom Cruise y Brad Pitt.
Se podría decir que llegaron casi juntos y que crecieron bajo el mismo entorno analógico donde los modelos aún salían en revistas, las personas decían hola y se presentaban cuando querían conocer a alguien y el estreno de una película todavía podía detener una ciudad. Fueron jóvenes, hermosos y extraordinariamente fotogénicos; después fueron estrellas; más tarde, celebridades; finalmente, sobrevivientes. Ahora, cuando Cruise tiene sesenta y cuatro años y Pitt sesenta y dos, vuelven a coincidir en el calendario con dos películas que los muestran en territorios distintos: Cruise protagoniza “Digger”, dirigida por Alejandro González Iñárritu, mientras Pitt encabeza “Heart of the Beast”, de David Ayer. La coincidencia resulta curiosa porque ambos representan dos maneras casi opuestas de haber sobrevivido al mismo negocio.
DESTINO: LA PANTALLA GRANDE
Cruise siempre pareció empeñado en borrar la conciencia de que, frente a nosotros, había un actor interpretando a un personaje. Con los años, esa obsesión terminó convirtiéndose en una forma de espectáculo ya que corre, salta, pilotea cualquier cosa que tenga ruedas, escala y se cuelga del fuselaje de los aviones. En la saga de “Misión imposible” hizo de su propio cuerpo una herramienta narrativa, hasta el punto de que dejó de interpretar al héroe que se expone al peligro para empezar a exponerse él mismo. En “Top Gun: Maverick”, incluso a los cincuenta y nueve años, volvió a ponerse en la piel de Pete “Maverick” Mitchell sin intentar esconder el paso del tiempo. Parecía como si observase de frente a la etiqueta de “adulto mayor” y la convirtiese en otro obstáculo que había que desafiar. Y esa es exactamente la paradoja de Cruise: el hombre cuya vida pública estuvo durante años marcada por la obsesión de controlar su imagen terminó transformándola a través de algo que difícilmente admite impostura: poner el cuerpo.
Tráiler de “Digger”.
Pitt hizo lo contrario. Su belleza fue tan extraordinaria que durante un tiempo pareció una condena. “Thelma & Louise” lo convirtió en objeto de deseo; “Nada es para siempre” terminó de fabricar el rostro; “Entrevista con el vampiro”, “Leyendas de pasión” y “Seven” lo transformaron en una estrella mundial. Pero Brad Pitt, cuyo nombre se erigía entre hombres y mujeres como sinónimo de perfección, comprendió relativamente pronto que podía utilizar esa belleza como una máscara para después destruirla. “El club de la pelea”, “Doce monos”, “Snatch: cerdos y diamantes”, “Quemar después de leer” y “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford” son cintas que construyendo una carrera en la que la estrella podía desaparecer dentro del personaje. Cruise quería que el público creyera en el peligro; Pitt parecía interesado en que, por momentos, olvidara que estaba mirando a un hombre hermoso.
Por eso la comparación entre ambos siempre ha sido tentadora. Los dos fueron guapos; los dos fueron sex symbols; los dos trabajaron con algunos de los directores más importantes de su generación; los dos tuvieron romances que se convirtieron en asuntos de interés público; los dos produjeron películas; los dos atravesaron escándalos capaces de destruir carreras y los dos descubrieron que la fama tiene una segunda vida cuando uno deja de controlar completamente la historia que los demás cuentan sobre uno.
TALENTO, POLÉMICAS Y EXCESOS
Para el crítico de cine y docente universitario Raúl Ortiz, además de ser íconos y celebridades, “son dos actores que constituyen lo que es el avance en el trabajo interpretativo, colocándose en manos de directores que han sacado lo mejor de ellos. La última película que dirigió Stanley Kubrick, fue protagonizada precisamente por Tom Cruise, y todos sabemos que no era un director sencillo de sobrellevar.”
Brad Pitt interpreta a James Belmont en «El corazón de la bestia».
/ Photo Credit: Scott Garfield
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
Cruise tuvo su gran caída pública a mediados de los 2000. La entrevista con Matt Lauer sobre psiquiatría y medicamentos, su defensa pública de la Cienciología (secta que se describe a sí misma como movimiento religioso, de la que forma parte desde 1996), el famoso salto sobre el sofá de Oprah y un video interno de la iglesia que circuló ampliamente en internet contribuyeron a una transformación brutal de su imagen. El hombre que durante años había sido presentado como una de las estrellas más controladas de Hollywood pasó a convertirse en material para la burla. Incluso Paramount rompió su acuerdo con él en 2006.
«Los dos fueron guapos; los dos fueron sex symbols; los dos trabajaron con algunos de los directores más importantes de su generación; los dos tuvieron romances que se convirtieron en asuntos de interés público».
Lo extraordinario fue lo que ocurrió después. Cruise no intentó desaparecer. Hizo películas. Volvió con “Operación Valquiria”, “Jack Reacher”, “Al filo del mañana” y, finalmente, “Misión imposible – Fallout” y “Top Gun: Maverick”. Su rehabilitación pública no vino de una confesión televisiva ni de una campaña sentimental: vino de trabajar. En cierto modo, convirtió su reputación en una cuestión de oficio. El mismo hombre que había parecido extraño durante un verano entero terminó siendo celebrado otra vez por algo mucho más sencillo: ser extraordinariamente bueno haciendo películas.
Sobre este punto, Ortiz apunta con certeza los riesgos que asume Cruise, además de los físicos: “Se me viene a la cabeza Colateral, un thriller oscuro y crudo (dirigida por Michael Mann) en donde se nota el trabajo para entrar en la piel de este asesino atormentado y casi amoral”.
Pitt ha recorrido un camino más accidentado y más silencioso. Durante años fue la versión amable de la estrella de cine: guapo, aparentemente relajado, capaz de bromear sobre sí mismo. Pero su separación de Angelina Jolie abrió una etapa mucho más compleja. Las acusaciones de Jolie sobre episodios de violencia durante un vuelo privado en 2016 fueron negadas por Pitt; las investigaciones del FBI y de servicios de protección infantil terminaron sin cargos penales. La disputa familiar y judicial, sin embargo, continuó durante años y varios de sus hijos han dejado de utilizar públicamente el apellido Pitt. Es un capítulo de su vida que no puede reducirse a una moraleja cinematográfica ni resolverse con la imagen de un actor rehabilitado.
“Brad Pitt siempre tuvo mucha presencia escénica porque además del porte y una fisonomía que llamaba la atención del público femenino, no pasaba desapercibido por su personalidad y actitud. De esa forma consolida actuaciones como la de ‘12 monos’, donde muestra un registro alterado que no se le había visto antes. Sin embargo no se le siente ni se le ve forzado, como pasa con las exageraciones”.
Pitt, a diferencia de Cruise, ha hablado en los últimos años de una manera más directa sobre sus propios problemas. En 2025 contó que después de la separación necesitó “un reinicio” y que comenzó a asistir a Alcohólicos Anónimos. En septiembre de este año, durante el Festival de San Sebastián, habló nuevamente de sus momentos más difíciles: dijo que hablar abiertamente con familiares y amigos cercanos “lo fue todo”. No es una explicación de su vida ni una absolución; es simplemente la forma en que el actor ha decidido contar una parte de ella.
Y aquí aparece una diferencia esencial. Cruise parece haber construido su supervivencia alrededor del trabajo. Pitt, alrededor de una cierta aceptación de la vulnerabilidad y de un diagnóstico de depresión leve que lo llevó a aislarse en diferentes etapas en alguna de sus mansiones. Uno responde al caos aumentando el control; el otro parece haber aprendido a convivir con la pérdida de control. Pero hay algo que los une y que quizá explica por qué siguen aquí.
EL CINE COMO CRUZADA PERSONAL
En una entrevista reciente con GQ, Cruise dijo algo que explica mejor su carrera que cualquiera de sus récords de taquilla: hacer películas no es simplemente su profesión, sino que forma parte fundamental de su identidad. También dijo que no quiere que el público vea el esfuerzo que existe detrás de una película: quiere que simplemente la experimente. Y cuando le preguntaron por qué continúa preparando cada proyecto con una intensidad casi obsesiva, respondió, en esencia, que está siempre aprendiendo.
La frase importa porque desmonta un poco al Cruise caricaturesco. El hombre de los aviones y las motocicletas también es un estudioso del lenguaje cinematográfico. En la misma entrevista contó que incluso comparte con actores jóvenes conocimientos sobre lentes, encuadres, historia del cine y puesta en escena. Y cuando le preguntaron por aquello de ser “the last movie star”, mencionó espontáneamente a Pitt: “Pitt is a great actor, great star, great charisma”.
Es una pequeña escena de reconocimiento entre dos hombres que durante décadas fueron presentados como competidores.

Para interpretar al protagonista de «Digger», Tom Cruise se transformó físicamente.
/ Warner Bros.
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
Quizá nunca fueron rivales en el sentido estricto. Fueron otra cosa: dos soluciones diferentes al mismo problema. Cruise decidió convertirse en espectáculo. Pitt decidió conservar algo del misterio de la estrella. Cruise se hizo más grande que sus personajes; Pitt permitió que algunos personajes fueran más grandes que él.
“Además de grandes actores, ambos también intervienen en el cine como productores o productores asociados y eso te dice algo: tienen una forma distinta de entender el cine y también de identificar a directores emergentes con propuestas que van en sintonía no solo con su visión artística sino política y del mundo”, comenta Ortiz.
Ahora el cine los vuelve a juntar. “Heart of the Beast” coloca a Pitt en un paisaje salvaje, acompañado por un perro y obligado a sobrevivir después de un accidente aéreo. “Digger”, en cambio, devuelve a Cruise al terreno de un cine más extraño y menos dependiente de la franquicia, bajo la dirección de Iñárritu. Cruise ha explicado que llevaba tiempo buscando algo así y que admiraba a Iñárritu desde Amores perros.
No es solamente una coincidencia de cartelera. Es también una pequeña fotografía de una industria que ha cambiado mientras ellos permanecían. Las grandes estrellas ya no nacen con la facilidad de antes. Las franquicias pesan más que los nombres, las plataformas cambiaron los hábitos de consumo y las redes sociales pulverizaron buena parte de la distancia que separaba al actor del espectador. Sin embargo, cuando Cruise aparece en una película, todavía se habla de Tom Cruise. Cuando Pitt aparece en una película, todavía se habla de Brad Pitt. Eso quizá sea lo más extraño de todo. No que sigan siendo famosos. Hollywood está lleno de famosos. Sino que siguen siendo estrellas.



