Es la pregunta más frecuente después de ¿cómo ves un gobierno de Keiko Fujimori? Pero, lo que le interesa a mucha gente es saber si el nuevo gobierno tendrá mayoría, si la oposición la dejará gobernar, cómo le va a ir a Nieto, qué pasará con JPP y Obras, o quién debe presidir las cámaras.
Y siendo interrogantes válidas, no son las más importantes.
Un Congreso integrado –con la excepción del número de dedos de una mano– por parlamentarios que sin duda han sido peores que los anteriores; que han generado el desprecio y rechazo casi unánime de la población; que han dedicado su tiempo y “esfuerzo” a buscar el beneficio personal, tanto económico como político; que han blindado y/o han sido “generosos” en casos escandalosos de inconductas y presuntos delitos de la mayoría de sus colegas; que de manera irresponsable y populista han dado leyes que le harán un grave daño a la economía y a la institucionalidad del país; que han hecho lo que se les ha pegado la gana, sin que nadie les diga o les haga nada; ¿no ameritaría una preocupación o un debate mayor en este momento, precisamente, que vamos a un Congreso bicameral?
¿Tendremos un antes y un después en el Congreso?, ¿senadores y diputados romperán con este pasado que debería ser vergonzante para cualquier buen político?, ¿los nuevos congresistas van a corregir todo lo pésimo hecho por sus antecesores o van a “gozar” de lo existente?, ¿los reelectos van a rectificarse o convencerán a sus nuevos colegas de seguir la “línea” y no hacer olas?
No le hemos escuchado nada a Keiko Fujimori sobre la futura actitud de su grupo oficialista, cuando se responsabiliza, precisamente, a la bancada fujimorista de capitanear ese comportamiento. Tampoco oímos a Nieto, López Chau o al mismo Sánchez decirnos qué van a plantear para que el Congreso no siga pareciendo un mercado persa, solo les interesa liderar oposición, y eso es muy fácil.
Si exigimos al Ejecutivo un cambio transformador que deje atrás el pasado, hagamos lo mismo con el Congreso.
Por eso, porque ya es momento de transformar el Congreso, empecemos por no obligar a López Aliaga a jurar como senador. Si no quiere estar allí, que no esté. La Constitución dice que el cargo es irrenunciable, pero hay muchos vacíos respecto a si ya es senador. Que si el mandato del pueblo, que ha sido elegido como senador, que se debe a sus casi 300.000 electores, puro formalismo. El presidente de la República también tiene un mandato del pueblo, es elegido por casi 10 millones de electores, se debe a todo el país, y puede renunciar.
Además, ya es momento de hacerlo renunciable. Que se vayan todos los que solo quieren ser parlamentarios para delinquir con “permiso”, tener plata como cancha, o los que quieren vivir en Estados Unidos o en la playa y votar por zoom.
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