Kentaro Yokobori nació en medio de una celebración que duró una semana. La fiesta se debía a su propia llegada: él era el primer bebe en nacer en el distrito de Sogio, dentro de la aldea de Kawakami, en Nara, Japón, en 25 años. Los adultos mayores del pueblo estaban maravillados. Pero su nacimiento difícilmente cambiaría la tendencia demográfica de su comunidad. La población de Kawakami había pasado de cerca de 6.000 personas en los años ochenta a poco más de 1.000 actualmente.
La caída en la natalidad -ya se sabe- afecta no solo al Japón rural. Corea del Sur, su vecino, tiene hoy la tasa global de fecundidad (TGF) más baja del mundo, con tan solo 0,8 hijos por mujer. Para mantener estable el tamaño de cualquier población, se requiere un promedio de 2,1 hijos por mujer. Eso explica, por ejemplo, que en el ámbito nacional 210 colegios de primaria no fueran capaces de matricular a un solo estudiante nuevo en el 2026. En el 2021 la cifra era de 116. El número de guarderías ha pasado de más de 40.000 hace 10 años a menos de 30.000 hoy. Cientos de colegios cierran todos los años. Con esa TGF, en Corea del Sur cada nueva generación tiene 38% del tamaño de la anterior. Es decir, al ritmo actual y sin otros cambios, cada cohorte de nacimientos sería apenas 15% del tamaño de la cohorte de sus abuelos, o 6% del tamaño de la de sus bisabuelos.
Corea es el caso más dramático de un proceso que afecta al mundo entero. La India, el país más poblado del planeta, pasó de casi seis hijos por mujer en 1960 a menos de dos actualmente. Hace un siglo, la española promedio podía esperar tener cuatro embarazos exitosos. Hoy apenas uno. China tiene también aproximadamente un hijo en promedio por mujer. La población china alcanzó su máximo histórico en el 2021, y desde ahí se viene reduciendo en cerca de dos millones de personas por año, o 5.400 por día. Las siguientes décadas solo serán de mayor contracción. Entre los grandes grupos poblacionales, solo África mantiene números altos de fertilidad, pero su trayectoria también es a la baja. Kenia, por ejemplo, pasó de ocho hijos por mujer a mediados de los años sesenta a 3,2 en promedio hoy. En el mundo, las proyecciones poblacionales de hace apenas cinco años han quedado obsoletas: la población en la mayoría de los países se viene contrayendo mucho más rápido de lo pensado.
El Perú no es ajeno a la tendencia. Hasta 1960, la mujer peruana promedio tendría siete hijos nacidos vivos. En el último censo del año pasado, la TGF peruana pasó a 1,7, ya por debajo del nivel mínimo de reemplazo poblacional (2,1). La pendiente en caída que llevamos es mucho más empinada de lo que cualquier especialista había anticipado en décadas pasadas.
Las causas de la caída no son necesariamente negativas. En primer lugar, las mujeres hoy tienen muchos más años de escolaridad que sus madres o sus abuelas, y su inserción al mercado laboral ha sido notable (de hecho, junto con Bolivia, el Perú tiene la participación laboral femenina más alta de la región). Eso les da más oportunidades a las mujeres para elegir su propia ruta, y eleva el costo de oportunidad de tener hijos. En segundo lugar, el embarazo adolescente ha caído -aunque en zonas rurales sigue siendo alto-. Esta es sin duda una mejora como sociedad. En tercer lugar, la expansión del uso de métodos anticonceptivos también juega un rol. De acuerdo con un análisis del BCR a partir de información del INEI, “mayor uso de métodos de planificación familiar estaría asociado a la reducción de la brecha entre la fecundidad deseada y la observada”. Así, en regiones en donde el uso de anticonceptivos subió en mayor proporción, el número ideal de hijos que las mujeres desearían tener se acercó más al número que realmente tuvieron.
Hay también otras causas asociadas. La postergación de la maternidad en mujeres jóvenes, por ejemplo, es un dato importante que comulga con la información sobre los años de educación y trabajo. En el 2010 había más peruanas siendo madres por primera vez entre los 20 y 24 años que entre los 30 y 34 años. Ahora es al revés. Para algunas familias, eso puede significar que -al empezar más tarde- ya no les alcanzará el tiempo para tener el número de hijos deseados. Otros apuntan a que es en realidad la caída en los emparejamientos la causa central. De acuerdo con un análisis del diario “Financial Times”, el emparejamiento en el Perú se contrajo considerablemente entre finales de los años noventa y hoy. Al mismo tiempo, en las últimas tres décadas ha habido una caída muy pronunciada en el porcentaje de mujeres casadas (de 34% en 1996 a 16% en el 2024), compensada con un aumento de la convivencia, y las convivientes tienen en promedio menos hijos que antes.
La composición misma de los hogares ya cambió. Hace 20 años, la mitad de los hogares en el Perú era el prototipo: padre, madre e hijos menores de edad. Hoy esa familia de comercial de fideos o mayonesa representa a menos del 30% de los hogares.
Si bien la población peruana seguirá creciendo en los siguientes años debido a la inercia demográfica -todavía hay un buen número de personas en edad reproductiva-, ya no quedan tantos años de expansión. De seguir progresivamente el patrón de Chile (que está en apenas 0,99 hijos por mujer), y asumiendo alguna mejora en años de vida debido a avances médicos, el pico de la población nacional llegaría cerca del 2040, con 36 millones de habitantes. Esto es un desvío significativo de proyecciones pasadas que esperaban una población pico de unos 40 millones de habitantes hacia el 2060. Son 20 años menos de crecimiento.
Las consecuencias son enormes. Una población envejecida y en contracción difícilmente será capaz de conseguir altas tasas de crecimiento del PBI, incluso per cápita. En ese contexto, la innovación se reduce, el capital y la mano de obra se vuelven menos flexibles, se pierden economías de escala, y se desvían cada vez más recursos a sistemas de salud, pensiones, y cuidados geriátricos. En cierto sentido, la economía misma envejece y se osifica. Es el caso de países como Japón o Italia, estancados económicamente desde hace décadas. Pero esos países tienen ingresos altos: el riesgo es que el Perú se vuelva viejo antes de volverse rico, y queda cada vez menos tiempo. En menos de dos décadas, la población peruana comenzaría a caer.
Es imposible exagerar la importancia de este proceso a largo plazo. Muy probablemente, en las siguientes décadas, será la discusión más relevante. A escala global, los esfuerzos por revertir la tendencia de la TGF no han funcionado bien. Corea del Sur ha gastado el equivalente a dos tercios del PBI peruano en los últimos 16 años para aumentar su natalidad, y no lo ha logrado. Hungría, con políticas muy costosas, tampoco. Hasta donde sabemos, el proceso es irreversible. Y por ahora la promesa del reemplazo masivo de mano de obra y productividad con inteligencia artificial y robótica es solo eso, una promesa.
Todo ello pone mucha más presión en aprovechar nuestra juventud mientras nos dure. A lo largo de la historia, el juego demográfico siempre les dio a los países rezagados una nueva oportunidad de empezar con una nueva generación llena de fuerza, ganas, disrupción, etc. Pero el juego ha cambiado. Los siguientes 10 o 20 años serán clave. Quizá no sea exagerado decir que serán nuestra mejor y última oportunidad para poner en marcha ese progreso esquivo. Después de eso estaremos, en promedio, muy viejos, cansados y complacientes para intentarlo en serio.












