Cuando se oye hablar de la existencia de libros empastados con piel humana, la mayoría pensamos que se trata de un cuento macabro, de una invención novelesca para producir asombro. Sin embargo, los hay, e investigadores cuentan un centenar de ejemplos. Sin embargo, quizás caso más perturbador lo protagonizó la condesa de Saint-Ange, quien a mediados del siglo XIX legó su propia piel al astrónomo Camille Flammarion para que empastara con ella uno de sus libros. La noticia la publicó El Comercio el 28 de noviembre de 1925, meses después de la muerte del científico francés, el 3 de junio, a los 83 años.
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El Comercio se basó en las publicaciones del periodista estadounidense G. L. Morrill, entonces corresponsal en París. Morrill consiguió permiso para ver los libros y el patrimonio artístico que había en su opulenta residencia, y entre sus preciados tesoros, halló un libro empastado con la blanca y satinada piel de la distinguida aristócrata. Se trataba de un ejemplar de su obra “Las tierras del cielo”. Ninguna mano había tocado nunca ese volumen, excepto las del astrónomo y escritor francés.
Aquí las versiones se oponen: mientras Morrill la considera el amor platónico del divulgador científico, Flammarion, sin identificarla, la señalaba como una admiradora de su trabajo. Sin embargo, en los textos literarios del francés, cierta condesa aparece como la heroína de sus “novelas astronómicas” que publicaba en la editorial de su hermano Ernest. Así, la condesa de Saint-Ange se convirtió en un personaje literario, una musa para los sueños sentimentales del astrónomo. Al describirla, celebraba especialmente su espalda. “Quizá la espalda más hermosa de la tierra”, escribió.
La condesa, confesó el astrónomo a la prensa francesa, era una mujer nerviosa. La tisis la acechaba. Hablaba de su próximo fin con una dulce filosofía y, al caer la noche, le gustaba soñar con las estrellas. “Un día, ella me dijo: ‘Más adelante le daré algo que no podrá rechazar sin ofenderme’”, contó Flammarion. A los 55 años, presintiendo su fin, ella hizo llamar a su admirado astrónomo, quien la encontró echada en el lecho con el médico en la cabecera, y a su lado un hombre que resultó ser el encuadernador de libros más hábil de París. “A despecho del optimismo de mi médico, sé que muy pronto dejaré este mundo”, le dijo la condesa a Flammarion. Y añadió: “He decidido darle a usted la piel de mi espalda que tanto le gusta para que empaste un libro suyo que solo usted maneje”.Para Flammarion, el de mutilar su bello cuerpo aún después de muerta era un sentimiento terrible. Sin embargo, la condesa ya estaba decidida: “Es inútil protestar”, dijo según publica Morrill. “Lo he estipulado en mi testamento y los que no obedezcan mis mandatos serán desheredados”, añadió. Dicho esto, la mujer se recostó en el lecho con la cara hacia abajo, tranquilamente, permitiéndole al empastador tomar medidas, marcando el trozo de piel de su espalda necesario para empastar un libro de tamaño corriente. Mientras el astrónomo gemía.
Como había anticipado, la condesa murió dos semanas después. Una tarde de 1880, llegó a casa de Flammarion un paquete, acompañado de una carta con borde de luto. La esposa de Flammarion lo recibió en ausencia de su marido y, al introducir las manos bajo el envoltorio, las retiró bruscamente, presa de un sentimiento de asco. Cuando el astrónomo regresó, abrió el paquete. Contenía una piel blanca, gruesa, rígida al tacto. La carta procedía del médico de la condesa, en la que se anotaban los últimos deseos su paciente: empastar el primer ejemplar de la próxima obra que él publicara.
Como declaró “La Gazette Anecdotique” en 1893, Flammarion había admirado aquella soberbia espalda, y ahora la tenía sobre la mesa del comedor, inspirándole sentimientos muy distintos. “¿Qué hacer con el regalo? ¿Devolverlo? Tuve la tentación. Por otra parte, tras reflexionar, ¿por qué no cumplir el deseo de una mujer cuyo recuerdo me era grato?”, señaló.
Así, el científico envió la piel a un curtidor que, durante tres meses, la trabajó con el mayor cuidado. “Me fue devuelta blanca, de un grano soberbio, inalterable. Con ella encuaderné el libro que estaba en proceso de publicación, ‘Las tierras del cielo’. Ha quedado una encuadernación magnífica”, añadió.
Además…
A saber
A la manera de Carl Sagan en el último cuarto del siglo XX, el francés Camille Flammarion fue el gran divulgador astronómico un siglo antes.
El astrónomo era hermano de Ernest Flammarion, uno de los grandes editores franceses.













