Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

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La fiebre por BTS ya se siente en Lima. Desde que se anunció la llegada de la banda de K-Pop al Perú, la expectativa fue creciendo hasta convertirse en una verdadera celebración para sus seguidores: eventos organizados por las ARMY, intercambio de los famosos freebies, un Army Bus y distintas actividades que durante meses fueron preparando el camino para uno de los acontecimientos musicales más esperados del año.
La fiebre por BTS ya se siente en Lima. Desde que se anunció la llegada de la banda de K-Pop al Perú, la expectativa fue creciendo hasta convertirse en una verdadera celebración para sus seguidores: eventos organizados por las ARMY, intercambio de los famosos freebies, un Army Bus y distintas actividades que durante meses fueron preparando el camino para uno de los acontecimientos musicales más esperados del año.
Con los conciertos ya en marcha, las redes sociales se llenan de fotos, videos, canciones y momentos que muestran lo que miles de fans están viviendo dentro y alrededor del Estadio San Marcos.
Pero mientras unos cumplen el sueño de ver a BTS en vivo, otros niños y adolescentes están atravesando justamente la otra cara de esta experiencia: querían estar allí y no pudieron.
Para ellos, la decepción puede ser mucho más profunda de lo que un adulto imagina. En la adolescencia, explicó la psicóloga Antonella Galli, de la Clínica Ricardo Palma a Somos, los compañeros y amigos adquieren un papel central, por lo que formar parte de una experiencia compartida también significa “sentirse incluidos” y participar de la conversación y la planificación con su grupo. Cuando eso no ocurre, pueden aparecer sentimientos de frustración, tristeza o exclusión.
“Un concierto de estas características puede condensar muchas cosas al mismo tiempo: música, identidad, pertenencia, amistades y la expectativa de participar en algo que se percibe como único. Por eso, para un adolescente, no se trata simplemente de perderse un espectáculo, sino de quedar fuera de una experiencia colectiva que llevaba meses imaginando”, señaló Álvaro Álvarez, psicólogo de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM).
Y es que la situación puede hacerse todavía más difícil cuando esa experiencia aparece una y otra vez en redes sociales. Según la psicoterapeuta Liliana Tuñoque, de Clínica Internacional, el adolescente puede pasar de saber que no irá a sentir que “todos están ahí menos yo”.
La forma en que un niño o adolescente expresa la frustración dependerá, en gran parte, de su edad. En los más pequeños puede aparecer como llanto, rabia, insistencia o dificultad para aceptar que no podrá ir. En la preadolescencia empieza a pesar más la comparación con los amigos: “ellos sí van y yo no”. Y durante la adolescencia, esa misma decepción puede sentirse como exclusión o incluso vergüenza, precisamente porque la pertenencia al grupo adquiere una importancia especial.
Para un adolescente, perderse un evento esperado significa quedar fuera de una experiencia compartida con sus amigos. Validar su tristeza sin dramatizar es el primer paso para conectar con ellos.
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Por eso, Álvaro Álvarez recomendó que los padres no midan la reacción de sus hijos con una escala adulta. “Para un adulto puede ser ‘solo un concierto’, pero para un adolescente puede representar meses de expectativa, conversaciones con amigos y una parte importante de su identidad”, indicó. Sin embargo, validar esa emoción no significa dramatizarla ni conceder aquello que el hijo quiere, sino comprender que la intensidad de lo que siente tiene sentido dentro de su etapa de desarrollo.
El primer paso, entonces, no es intentar apagar la emoción inmediatamente. Para Jaicy Blandin, profesora del Programa Académico de Psicología de la Universidad de Piura, los padres pueden mostrarse sensibles y respetuosos incluso frente a intereses que no comparten. Ese vínculo cercano facilita que los hijos puedan aceptar mejor los límites cuando estos aparecen.
En la práctica, esto puede empezar con frases sencillas como “sé cuánto esperabas esto y entiendo que estés triste”, “debe ser difícil” o “lamento que no pueda ser como quieres”. Lo que conviene evitar—insistió la psicóloga— son respuestas como “es solo un concierto”, “hay problemas más importantes”, “ya se te pasará” o “no tienes por qué ponerte así”.
Aunque con esos mensajes los padres busquen restarle importancia al malestar, pueden transmitir al adolescente que sus sentimientos no merecen ser escuchados.
Si el motivo de la negativa es económico, lo mejor es ser honestos, pero sin convertir la situación en una fuente de culpa o vergüenza. Una explicación muy útil puede ser: “Sabemos que querías muchísimo ir y también hubiésemos querido poder darte esa experiencia, pero en este momento comprar las entradas no es posible para nuestra familia. Eso no tiene que ver con cuánto te queremos ni con cuánto nos importan tus ilusiones”.
También es fundamental no entrar en comparaciones con otras familias. Si el adolescente dice: “Todos mis amigos van”, podemos responder: “Si es difícil ver que tus amigos pueden ir, pero cada familia tiene posibilidades y decisiones diferentes”.
Ahora bien, validar no significa permitir cualquier comportamiento. Si la tristeza se transforma en gritos o faltas de respeto, es necesario poner un límite sin negar la emoción.
“Podemos decirle: entiendo que estés muy molesto y que sientas que esto es injusto, pero no puedes gritar ni faltar el respeto”. Con este tipo de mensajes estamos dejando claro que puede estar enojado, llorar o expresar desacuerdo, pero también existen límites sobre cómo tratamos a los demás. Si la conversación está demasiado cargada, incluso puede ser mejor hacer una pausa y retomarla cuando todos estén más tranquilos”, recomendó Liliana Tuñoque.
Ver el concierto transmitido en tiempo real por redes sociales intensifica el miedo a perderse de algo (FOMO). Acordar pausas digitales ayuda a proteger su bienestar emocional.
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Al final, el objetivo no es conseguir que el niño o adolescente “se anime” de inmediato. Lo más importante es darle el espacio para expresar lo que siente, ayudarlo a identificar si se trata de tristeza, enojo, decepción o sensación de quedar fuera y preguntarle qué necesita.
Asimismo, puede ser útil acompañarlo a desconectarse temporalmente de las redes, identificar qué aspectos sí puede controlar y, cuándo esté preparado, pensar juntos en algunas alternativas para pasar el rato.
La idea no es hacer desaparecer la frustración, sino transmitirle algo igualmente importante: puedes estar triste y, aun así, seguir adelante.
La tristeza puede hacerse más evidente cuando llegue el momento que tanto esperaba. Mientras las redes se llenen de videos desde el estadio, fotos de amigos y publicaciones de quienes sí asistieron al concierto, el niño o adolescente tendrá que enfrentarse de manera concreta con aquello que no pudo vivir. Por eso, más que intentar que ese día transcurra como si nada hubiera pasado, los padres pueden ayudarlo a atravesarlo respetando su malestar y dándole herramientas para manejarlo.
Una de ellas puede ser buscar una actividad alternativa, pero con una precaución importante: no intentar convertirla en un reemplazo del concierto. Álvarez recalcó que ninguna actividad puede compensar exactamente aquello que el hijo perdió y advirtió que comprarle algo o preparar un plan especial únicamente para conseguir que deje de estar triste puede transmitirle que toda emoción desagradable debe desaparecer rápidamente.
En cambio, los padres pueden preguntarle qué podría hacer esos días para sentirse un poco mejor. Ver juntos un concierto grabado, reunirse con amigos, participar en alguna actividad del fandom o simplemente hacer algo diferente pueden ser opciones válidas si parten de sus intereses y necesidades.
“La diferencia está en la intención, pues no se trata de borrar la decepción con un premio, sino de crear una experiencia distinta mientras se reconoce que la que quería vivir no puede ser reemplazada”.
Esto también significa aceptar que quizá el hijo no quiera hacer nada especial. Para Liliana Tuñoque, involucrarlo en las decisiones puede ayudarlo a recuperar cierta sensación de control. Por ejemplo, los padres pueden preguntarle: “¿Qué crees que te ayudaría ese día?” o “¿prefieres que hagamos algo juntos, salir o simplemente tener un día tranquilo?”. No es necesario que encuentre una solución inmediatamente, incluso puede decir que prefiere pasar el día de otra manera. Lo importante es permitirle decidir dentro de aquello que sí está bajo su control.
Y hay otro elemento que probablemente resulte más difícil de esquivar: las redes sociales. Álvarez sugirió evitar tanto obligarlo a mirar todo para que “aprenda a soportarlo” como prohibirle las plataformas por completo. Una opción intermedia es acordar una regulación temporal e intencional, como silenciar determinadas cuentas, limitar los momentos de exposición o decidir cuándo quiere revisar los contenidos.
La razón es que, cuando el concierto está ocurriendo en tiempo real, la comparación social y el llamado FOMO —el miedo a estar perdiéndose algo que los demás están viviendo— pueden intensificarse. Reducir ese estímulo durante unas horas puede ser una forma de autocuidado y no necesariamente una huida.
La meta no es borrar la frustración de inmediato, sino enseñarles que se puede sentir tristeza, recibir apoyo en casa y descubrir que una decepción no los define.
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Por eso, la meta no es aislarlo de todo lo relacionado con BTS ni forzarlo a demostrar que puede soportarlo. Como padres, se trata de ayudarlo a reconocer qué puede manejar y qué necesita atravesar para superar esos días.
Que tu hijo llore, se moleste, diga que está muy triste o incluso prefiera estar solo durante un rato no significa necesariamente que exista un problema de fondo. Y es que una decepción importante para él puede necesitar tiempo para ser procesada. Sin embargo, la clave está en observar qué ocurre después.
“La intensidad, la duración y cuánto interfiere el malestar en la vida cotidiana es importante”, apuntó Liliana Tuñoque. Es decir, si la tristeza se mantiene durante mucho tiempo, aumenta en lugar de disminuir o comienza a afectar de manera significativa el sueño, la alimentación, los estudios, las relaciones o las actividades que normalmente disfruta, la situación merece una mirada más cuidadosa.
También requieren atención señales como un aislamiento extremo, autolesiones o expresiones relacionadas con no querer vivir. En estos casos, “ya no hablamos solamente de una decepción y es importante buscar ayuda profesional”.
Pero incluso antes de llegar a una señal de alarma evidente, los padres pueden preguntarse si realmente están frente a una reacción exclusivamente relacionada con el concierto. Jaicy Blandin destacó que una decepción puede actuar como un detonante que hace visible un malestar que ya estaba presente. Dificultades con los amigos, ansiedad, problemas de autoestima, aislamiento o estrés académico pueden quedar expuestos cuando una situación concreta desborda emocionalmente al menor.
Por eso, más que preguntarse si su hijo está reaccionando “demasiado” por no haber conseguido una entrada, conviene mirar el contexto completo: ¿Cómo estaba antes?, ¿qué ha cambiado desde entonces?, ¿está pudiendo continuar con su rutina? o ¿hay otras señales que preocupan?
Y quizá esa sea también una de las enseñanzas más importantes que puede dejar una experiencia como esta. La frustración forma parte de la vida y los padres no pueden evitar que sus hijos atraviesen todas las decepciones. Tampoco necesitan convertir cada una en una lección sobre fortaleza o resiliencia.
Como señaló la psicoterapeuta Liliana Tuñoque, “podemos estar muy decepcionados y, aun así, seguir adelante”. La resiliencia no consiste en no sentir tristeza ni en repetir que “todo pasa por algo”, sino en poder atravesar una situación difícil, reconocer lo que sentimos y encontrar poco a poco recursos para afrontarla.
Dicho esto, el mensaje no tiene que ser “no pasa nada”. Puede ser algo mucho más honesto: “Sí pasa, entiendo que te duela, pero puedes aprender a manejarlo y no tienes que hacerlo solo”. Porque crecer también significa descubrir que no siempre podemos conseguir aquello que queremos, pero una decepción no nos destruye: podemos sentirla, atravesarla y, con el tiempo, seguir adelante.



