Donald Trump fue recibido en Beijing con la más elaborada ceremonia protocolar que China reserva para sus visitas más importantes, caminó junto a Xi Jinping por los jardines de Zhongnanhai y salió dos días después declarando acuerdos comerciales estupendos. Xi, más contenido y estratégico como siempre, llamó a la visita histórica y propuso una nueva relación de estabilidad estratégica constructiva.
Ambos sonrieron. Ambos estrecharon manos. Y detrás de esa escena cuidadosamente coreografiada, el mundo que conocemos siguió siendo rediseñado, esta vez en privado, con petróleo como moneda de cambio.
Los acuerdos declarados son reales pero deliberadamente limitados: 200 aviones Boeing con potencial de ampliarse a 750, exportaciones agrícolas por más de 10.000 millones de dólares, apertura del mercado cárnico chino y la creación de un Consejo de Comercio bilateral. Suficiente para que ambos líderes vendan un éxito doméstico. Insuficiente para resolver ninguno de los problemas estructurales que generan la tensión real. El Council on Foreign Relations lo describió con precisión: acuerdos cuidadosamente orquestados pero limitados, diseñados para extender la tregua, no para resolver la guerra. Esa es la función exacta de este encuentro: comprar tiempo para ambas partes mientras cada una se fortalece para el siguiente round.
Pero el verdadero libreto de Beijing está escrito en barriles de petróleo, y muy pocos titulares lo están contando con claridad. Irán exportaba en el 2025 aproximadamente 1,69 millones de barriles diarios, y el 90% iba a China. Con el bloqueo del estrecho de Ormuz y las sanciones reforzadas ese flujo se ha interrumpido parcialmente. La compensación que Xi ofreció a Trump es concreta: Beijing elevará sus importaciones de petróleo estadounidense en al menos 400.000 barriles diarios durante los próximos dos años, enviando barcos chinos a Texas, Luisiana y Alaska. Los mercados lo entendieron inmediatamente: el Brent superó los $107 y el WTI llegó a $104 en pocas horas. El intercambio real de la cumbre fue este: China deja de comprarle petróleo a Irán y se lo compra a EE.UU. A cambio, Washington no escala en Taiwán y administra con moderación la presión sobre los intereses chinos en Latinoamérica. Es geopolítica en su forma más pura: sin discursos, sin ideología, con barriles.
Las consecuencias para América Latina son directas e inminentes. Irán financiaba con ingresos petroleros a Hezbolá y a una red de ‘proxys’ regionales que incluía apoyo político y financiero al eje bolivariano. Si Irán pierde ingresos por China comprarle crudo a EE.UU, ese estrangulamiento financiero llega en cadena hasta Venezuela, Cuba y Nicaragua. Washington ya había cortado el petróleo venezolano a Cuba. Ahora cierra también el flujo iraní hacia China. Es un doble estrangulamiento simultáneo del ecosistema financiero que sostuvo al Cartel de Puebla durante dos décadas. El proyecto de izquierda radical latinoamericana sería derrotado no solamente en las urnas: estaría siendo asfixiado por un acuerdo petrolero firmado en Beijing esta semana, usando a China como instrumento involuntario de ese desmantelamiento.
Hay un libreto, y ninguna de las dos potencias lo oculta para quien sabe leerlo. Trump construye el Escudo de las Américas para contener a China en el hemisferio y simultáneamente vuela a Beijing a pedirle a Xi que abra su mercado para las empresas de Elon Musk, Tim Cook y Jensen Huang. China mantiene Chancay, avanza en sus proyectos latinoamericanos y simultáneamente acepta comprarle petróleo a Texas. La confrontación y la cooperación no son contradictorias en la lógica de las grandes potencias: son las dos caras de la misma rivalidad administrada.
Lo que tiene cada uno bajo la manga es exactamente eso: Trump sabe que puede seguir presionando a China en Latinoamérica mientras le vende crudo. Xi sabe que puede seguir expandiéndose en la región mientras compra aviones Boeing. La tregua es real. La competencia también. Y aquí está el corolario que atañe directamente al Perú de la segunda vuelta. En el mundo que la cumbre de Beijing acaba de confirmar, Chancay no desaparece del tablero, pero su peso geopolítico cambia de naturaleza: pasa de ser una amenaza urgente para Washington a una ficha de negociación en una relación bilateral que ambas potencias quieren estabilizar. Eso significa que el próximo gobierno no heredará solo un puerto chino y unos F-16 estadounidenses: heredará la responsabilidad de navegar entre dos gigantes que se confrontan y cooperan simultáneamente.
Un gobierno con posición definida, legitimidad internacional y claridad estratégica puede usar esa tensión a favor del Perú. Un gobierno que llega al poder prometiendo indultar a Pedro Castillo, respaldado por el entorno del proyecto bolivariano que esta semana acaba de perder su financiamiento petrolero en Beijing, no tiene posición negociadora. Tiene un vacío que las dos potencias llenarán según sus propios intereses. En el tablero que Trump y Xi dibujaron esta semana, esa diferencia no es menor. Es la presidencia.
(*) Irma Montes Patiño es licenciada en Relaciones Internacionales de la George Washington University.














