Se suele ubicar la memoria en los libros, monumentos o archivos oficiales, pero Yuyachkani sostiene su propuesta de hacerlo desde la alquimia y poéticas del cuerpo. “Antes éramos marginales y era lo que nos tocaba -dice Teresa Ralli, actriz y miembro del grupo-. Pero poco a poco aparecieron otros más jóvenes y hubo un cambio de lo marginal hacia lo alternativo. Tal vez lo que contagiamos fue el atrevimiento de confiar en que podíamos, podemos y podremos inventar la dramaturgia que queramos, conectar con otras fuentes artísticas y culturales, y componer los lenguajes que nos provoquen, sin dejar de escuchar a los maestros y maestras”. De allí que serán 40 intérpretes las que se darán cita en el Encuentro de Mujeres Creadoras y Performáticas, espacio de diálogo y exploración que se abrirá al público el 3, 4 y 5 de noviembre en su casa de Magdalena.
— ¿Qué recuerda o guarda un cuerpo de actriz que la historia oficial siempre prefiere olvidar?
Pareciera que dentro de mi cuerpo están los momentos más intensos que he experimentado en el escenario. Recuerdo un personaje que hice en “Contra el viento” del 89 y una presentación en la plaza central de Puno, de noche y en el atrio de la iglesia. Mis pies quemaban y se congelaban a la vez, pero solo de sentir la energía y de ver las caras de los hombres, mujeres y señoras con bebés que se iban acercando, sentí que volaba. Todo el dolor desapareció. Recuerdo también cómo el Chusco de “Los músicos ambulantes” aprendió a botar a los perros que se metían a los escenarios de los barrios, cómo les ladraba a los perros reales y se iban corriendo. Como dijo un gran investigador: la historia del Perú no se escribe, se danza. Entonces no solo ha sido mi cuerpo como actriz; si miras, investigas y vives lo que pasa en las danzas tradicionales del país, puedes hacer una lectura que casi siempre es secreta y que no suele estar registrada en la historia oficial que se enseña. Por ejemplo, este Gobierno ha decretado que todos los libros se van a limpiar de ideologías que, en otras palabras, significa no mantener aspectos y etapas muy importantes. Pero estas van a quedar en los cuerpos, en la memoria que se comenta, canta y danza, y nadie las va a borrar. Eso pasa también con nosotros como creadores y creadoras: mi cuerpo recuerda más que mi mente y recuerda secuencias completas que, al fisicalizarlas, me remiten al contexto. En “Hasta cuándo, corazón” pusimos una fila de sillas, una de ellas vacía que me recordaba a Alberto Flores Galindo, quien nos dio su tesis sobre el movimiento minero para que pudiéramos escribir nuestra primera obra.
— Si nuestros cuerpos guardan esas memorias, seguro que también de las facturas impagas de la violencia y la precarización del país. ¿Sientes que el país les ha quedado a deber algo, o esa deuda hoy pasa por otro lado?
Siento que no tengo ninguna deuda por cobrar a nadie, ni siquiera a este país porque es hechura de todos los ciudadanos y ciudadanas, incluyendo aquellos cretinos que suelen tomar el poder cada cierto tiempo. No le cobro a nadie nada, pero sí tengo una deuda con otros. Son deudas muy personales. Cuando estoy con mis estudiantes o con gente muy joven que no ha visto las obras anteriores, mi deuda se expresa en la necesidad de escribir o, qué sé yo, hacer un podcast (risas), buscar canales para contar esas historias. Al escucharlas, quienes no las vivieron se asombran profundamente porque todos hemos pasado una etapa en la juventud en la que creemos que el universo empieza con nosotros y que nosotros vamos a hacer la diferencia. Tiene que pasar un tiempo para que conquistemos la madurez y entendamos que solo somos un guijarro en el río de la vida, un pececito que tiene que aprender a nadar. Esa continuidad en la historia es la que nos quitan al decir que van a limpiar los textos escolares. Esa es la memoria que nos quitan cuando dicen que lo más importante en el colegio es no pintarse el pelo o cortarlo con una raya al costado, en lugar de recordar que los cuerpos de las niñas y los niños se respetan y que tienen que aprender de la sexualidad del cuerpo para respetarla. Hay una indiferencia brutal e infame, así como infame es el silencio. Siento que cada vez más gente opta por el silencio al ver que algo terrible está pasando porque piensan que no les va a suceder a ellos.
— ¿Ilusos?
Sí. Es increíble porque hace diez años cuando empezó el acoso a Gaza la gente decía: “Ay qué lejos está eso”. Y ahora tenemos una política internacional que quiere apropiarse de América Latina, que nos quiere quitar la independencia, extensiones de ese laboratorio que fue Gaza. ¿Y has visto lo que está pasando en Cusco? Comunidades de exsoldados que vienen desde Israel y tienen comportamientos brutalmente invasivos.
— Muchas creadoras y creadores trabajan desde la autoficción, el archivo personal. ¿Cómo evitar quedarse solo en lo íntimo, en lo individual? ¿Cómo evitar perder de vista lo colectivo?
No podría opinar sobre otros procesos, pero sí reconozco en nosotros mismos que cada nueva ruta tuvo un proceso de maduración. En nuestro caso, hay varias obras que parten de la vida personal y que han ido transmutando en una reflexión que involucra a todos. Es el caso de la obra de Julián Vargas, “Des-Conocido”, o de Ana Correa en “Confesiones”; allí ella devela todos los personajes que hizo y cómo están tejidos en su vida. Son obras que nacieron de ellos, pero que se convirtieron en algo que toca a quienes las ven. Ese es el reto. Sucede algo similar en la literatura, en la poética. Blanca Varela reconoció cómo todo lo que escribía nacía de su soledad, de sus noches de vigilia y los fantasmas que la acosaron algunas veces. También pasa cuando lees a Jeremías Gamboa. O en Mariana de Althaus, la forma en la que hurga en las vidas personales y su propio proceso que convierte eso en una gran obra y logra conectar con el universo de cualquier habitante.
— En los 70 y 80, el arte escénico cargaba con la utopía de transformar la sociedad de raíz. Hoy, en un Perú más fragmentado y desencantado, ¿en qué se transformó esa utopía?
Esa pregunta tendrías que hacérsela a toda la izquierda peruana. (Risas) Nosotros nacimos con una militancia radical y partidaria, y el teatro era el territorio desde el que íbamos a transformar nuestro país e íbamos a hacer la revolución. Cuando pasó el tiempo y fuimos madurando, profundizando, estudiando, entendiendo y golpeándonos, fue maravilloso darnos cuenta que, antes de que esa revolución sucediera, nosotros íbamos a cambiar primero. El teatro fue nuestra revolución personal. Los viajes que hicimos para conocer nuestro país eran también viajes al interior nuestro porque cuando empezamos con el grupo en 1971, yo solo había ido a Chosica y la mayoría se había asomado, no solo en términos reales sino también simbólicos. Empezar a viajar nuestro teatro, tomar del mundo peruano y conocer qué compleja era nuestra realidad, fue abrir un libro que se transformaba todo el tiempo. Espero que hayamos sido consecuentes con eso. Y así como la realidad cambió, nuestro teatro cambió y nuestra noción de militancia cambió. Porque en el grupo hemos sido compañeros, enamorados, novios, nos hemos casado, nos hemos peleado, divorciado, separado y nos hemos vuelto a reconocer, y es probable que lo mismo pase en el país. En el Perú todos están peleados con todos, entre otras cosas, por no entender que nuestra realidad es compleja, por solo prestar atención a nuestros pensamientos y no escuchar. Rita Segato decía que las mujeres no solo luchamos por las mujeres, sino que luchamos por la humanidad. Creo que ahora las artes son los territorios y refugios de lo verdadero, de lo humano, así tengamos diferentes maneras de abordar la estética y la dramaturgia.
Además…
A saber
“El Encuentro tiene dos partes. La primera es cerrada y dura tres días: vienen 40 mujeres de todas las edades no solo de Lima Centro o de la de Lima moderna, sino de Iquitos, Piura, Huancayo, Puno, Cusco y de Tacna. En las mañanas trabajamos el cuerpo y en las tardes pensamos en voz alta y escuchamos a maestras que vienen a conversar, como Ana Wolf (Argentina), Mella Faye (Reino Unido), Teresa Hernández (Puerto Rico), Mariana de Althaus (Perú) y una maestra shipiba que va a compartirnos un canto. Luego, viene el festival abierto, que incluye exposiciones y actos sorpresa, que se darán en el intermedio entre obras”.
¿Cuándo? Los días 3, 4 y 5 de noviembre de 2026.
¿Dónde? Casa de Yuyachkani – Calle Tacna 363, Magdalena del Mar.

