Esta semana empezó a circular por la Feria Internacional del Libro de Lima una investigación sobre el vals peruano. A diferencia de otras propuestas de investigación, el vals peruano —plantea el escritor Augusto Vera Béjar— no nació cuando alguien empezó a bailarlo, sino cuando alguien decidió cantarlo. Ese pequeño detalle abre una de las principales tesis que desarrolla el investigador y músico en su libro El vals peruano, un volumen que reúne décadas de investigación para reconstruir la historia de un género que acompaña infaltable las jaranas por el mes patrio.
Esta semana empezó a circular por la Feria Internacional del Libro de Lima una investigación sobre el vals peruano. A diferencia de otras propuestas de investigación, el vals peruano —plantea el escritor Augusto Vera Béjar— no nació cuando alguien empezó a bailarlo, sino cuando alguien decidió cantarlo. Ese pequeño detalle abre una de las principales tesis que desarrolla el investigador y músico en su libro El vals peruano, un volumen que reúne décadas de investigación para reconstruir la historia de un género que acompaña infaltable las jaranas por el mes patrio.
LEE MÁS: Karol G, Pedro Pascal y Lisa Kudrow recibirán una estrella en el Paseo de la Fama en 2027
Una de las primeras precisiones del libro busca corregir una confusión frecuente: el vals peruano y el vals criollo no son exactamente lo mismo. El primero engloba todas las transformaciones que el género experimentó desde su llegada al país en el siglo XIX; el segundo es uno de los derivados del vals peruanos, uno que corresponde a la etapa en la que dejó de ser una adaptación europea para adquirir una cadencia propia de Perú.
No obstante, el libro no se limita a narrar una cronología, en su lugar reúne más de 2.000 valses documentados, identifica autores, recopila primeros versos y rescata un repertorio que, en gran medida, permanecía disperso o era desconocido para el público. Además, incluye más de un centenar de partituras transcritas por el propio autor y adaptadas con acordes para guitarra, con el propósito de que nuevas generaciones puedan volver a interpretarlas. “Hablar de fechas exactas es simplificar hechos complejos, aquí debemos entender que hay aproximaciones periódicas”, explica Vera Béjar, una afirmación que lo lleva a mirar hacia otros países y regiones.
Augusto Vera Béjar, investigador, músico y docente universitario arequipeño, especializado en historia de la música peruana. Fotos: Julio Reaño/@photo.gec
/ Julio Reano
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
El recorrido comenzó muy lejos del país. El vals nació en Europa durante el siglo XVIII y llegó al Perú a mediados del siglo XIX acompañado por las composiciones vienesas de la familia Strauss. En sus primeros años conservaba la estructura del vals europeo y era interpretado principalmente al piano, sin letra y pensado para salones aristocráticos. Sin embargo, al entrar en contacto con la zamacueca, el yaraví, las tradiciones afroperuanas y las celebraciones populares, el ritmo empezó a adquirir una identidad propia.
LEE MÁS: Fiestas Patrias: Orquesta Sinfónica Nacional ofrecerá concierto en San Miguel
La transformación también ocurrió fuera de Lima. Antes de que el vals criollo alcanzara notoriedad nacional, Arequipa ya producía composiciones pianísticas de autores como Luis Duncker Lavalle, Eduardo Recavarren, Manuel Aguirre y Benigno Ballón Farfán. Puno, Cusco y otras ciudades del sur también aportaron compositores e intérpretes que enriquecieron el repertorio mucho antes de que el género fuera plenamente identificado con la capital. Más adelante llegarían la Guardia Vieja, Felipe Pinglo, Chabuca Granda, Augusto Polo Campos y Mario Cavagnaro para consolidar la tradición.
Paradójicamente, cuando el libro demuestra la enorme riqueza del vals peruano también advierte sobre su momento más delicado. Vera Béjar sostiene que hoy el género se encuentra en una era oscura. “Nunca va a morir. Tendría que pasar algo realmente catastrófico para que eso ocurra; nosotros siempre tendremos a una Eva Ayllón abriendo el concierto de artistas grandes, como Shakira”, afirma. Por ello, la aparición de este libro llega para Vera en el momento oportuno: “Es necesario analizar aquello que nos hace sentir peruanos, con atención al sonido, pero también a la letra”.

Antes de la consolidación del vals limeño, Arequipa desarrolló una importante tradición valsera con compositores que ampliaron el repertorio nacional durante el siglo XIX.
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
Desde sus primeros años, el vals peruano encontró en la poesía un aliado natural. Felipe Pinglo Alva convirtió la vida cotidiana en versos memorables; Chabuca Granda transformó la ciudad en paisaje lírico; Serafina Quinteras escribió algunas de las letras más refinadas del cancionero criollo; y Alicia Maguiña demostró que la sencillez también podía alcanzar profundidad poética.
La investigación revela, además, una curiosidad poco conocida: varios valses célebres nacieron de poemas ajenos. “Llamémoslo inspiración artística”, resume el escritor, quien menciona algunos ejemplos como “Ódiame”, “China Hereje” e incluso “Cholo soy y no me compadezcas”, canciones que adaptaron textos previamente escritos para convertirlos en composiciones musicales. El propio Vera Béjar recuerda que antiguas publicaciones como el Almanaque Bristol difundían poemas que luego fueron musicalizados sin que muchas veces se reconociera su autoría. “Algunos incluso tomaron poemas antiguos y les pusieron música. Con los años se descubrió que incluso pertenecían a autores del siglo XVIII”, señala.
Esa relación entre literatura y música explica buena parte de la riqueza del género. El investigador destaca que el vals no solo cantó al amor romántico, sino también a la familia, la ciudad, el trabajo, el patriotismo y las contradicciones sociales. No es casual que composiciones como “El plebeyo” o “El canillita” sobrevivan al paso del tiempo, pues el Perú de Pinglo, poco dista del que visitó Shakira.
Durante el siglo XX, el vals peruano pasó de las reuniones familiares y los callejones limeños a la radio, el disco y los grandes escenarios nacionales.
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
Antes de convertirse en la banda sonora de las jaranas y las celebraciones familiares, el vals fue visto con desconfianza. En la Europa del siglo XIX e incluso en países como México, bailar abrazados era considerado una amenaza para la moral pública. Esa percepción también llegó al Perú. “En Lima y también en Arequipa existían esos prejuicios”, explica Augusto Vera Béjar. Con el paso de las décadas, sin embargo, el rechazo cedió terreno. A partir de los años veinte, cuando la jarana empezó a extenderse por distintos sectores sociales y la radio multiplicó su alcance, el vals dejó de ser patrimonio de las clases populares para instalarse también en los salones de la clase media y la aristocracia.
La censura, sin embargo, no desapareció. Solo cambió de rostro. En 1939, durante el gobierno de Óscar R. Benavides, una circular enviada a las emisoras de radio prohibió la difusión de diez canciones criollas, entre ellas “El plebeyo”, “La oración del labriego”, “Mendicidad”, “El huerto de mi amada” y “El canillita”, todas de Felipe Pinglo Alva. También fueron vetadas composiciones de Pedro Espinel y Luis Molina. La disposición respondía al temor del régimen de que aquellas letras tuvieran vínculos con el aprismo o alimentaran el descontento social. El veto duró poco, pero dejó uno de los episodios más insólitos en la historia de la música peruana: el mayor compositor del vals criollo fue censurado en su propio país.
El libro reproduce numerosas portadas originales de partituras, documentos que hoy permiten rastrear la evolución gráfica, editorial y comercial del vals peruano desde inicios del siglo XX.
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
Con el tiempo desaparecieron las prohibiciones oficiales, aunque no las discusiones alrededor del repertorio. Vera Béjar señala que algunos valses fueron cuestionados por la manera en que retratan a la mujer. Tras revisar más de dos mil composiciones, propone incluso una clasificación temática. “Hay valses hermosos dedicados al amor, la familia o el paisaje, pero también existen otros que responsabilizan a la mujer de todos los males”, comenta. Títulos como “Canalla”, “Corazón de piedra”, “Infiel” o “Flor destrozada” conviven con otros como “Cariñito”, “Cabecita blanca” o “Bendito amor”, que muestran la otra cara del cancionero criollo.
Hoy el debate no gira solo en torno a la moral, sino a la propiedad intelectual. Durante la preparación del libro, Vera Béjar tuvo que pagar derechos por las partituras de varias obras contemporáneas, aunque la legislación no diferencia con claridad entre reproducir una grabación y transcribir una composición para fines académicos. En cambio, autores como Felipe Pinglo Alva ya forman parte del dominio público, pues fallecieron hace más de setenta años. “Uno puede interpretar o grabar esas obras libremente; lo que sigue protegido son los arreglos y las producciones más recientes”, explica. Esa diferencia evidencia, según el escritor, que el vals peruano aún tiene mucho por detallar, como aquellos vacíos legales que, en términos criollos, hacen que gran parte del repertorio clásico sea patrimonio de todos.
Sobre el libro
El vals peruano
· Autor: Augusto Vera Béjar
· Editorial: Fondo Editorial de la Universidad Católica San Pablo
· Lugar y Año de publicación: Arequipa, 2025
· Páginas: 337




