Se dice que Lima es la capital de Sudamérica menos complicada para cualquier seleccionado del continente (salvo para el nuestro). Tiene un clima benigno y una hinchada que no presiona demasiado. Cuando la blanquirroja cae en un bache, las tribunas se llenan de murmullos y un penoso silencio se apodera de cada rincón.
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El brasileño no entra en cuentos. Por eso su sonrisa de satisfacción después de recorrer los estadios de Puno y Juliaca. “Aquí es”, habrá pensado como quien adivina los números de la Tinka. Estoy seguro de que si el Daniel Alcides Carrión estuviera apto, le habría pedido a Jean Ferrari un tour para conocerlo.
No es la primera vez que se plantea jugar la eliminatoria en la altura. En la era Burga se habló varias veces del tema, pero cualquier sugerencia se topaba con una pared de acero: el “no” rotundo de los jugadores. En tiempos en que nuestros cracks la rompían por Europa, imaginar que tras un vuelo de once o más horas, tendrían que someterse a los rigores de una preparación ‘express’, debe haberles parecido lo mismo que un insulto. Ni con promesas de ‘sopa de cóndor’ los convencían.
Hay un punto distinto en esta ocasión: la mayoría de los seleccionados probablemente saldrán de los equipos locales. Adiós a los arribos la noche previa al encuentro o muy temprano en la mañana. Organizar una preparación ad hoc para que jugar sin oxígeno no sea un estorbo, sino una ventaja, es posible.
“No sé para qué quieren jugar en altura si Bolivia solo clasificó a un Mundial una vez y lo hizo porque tenía un equipazo”, dice un recorrido exdirectivo. Aquella vez, recuerda, la verde de Azkargorta fue a Estados Unidos 94 porque tenía a Melgar, Baldivieso y al ‘Diablo’ Etcheverry. Después, ha mantenido su histórica inferioridad. Ni siquiera le sirvió un 6-1 sobre la Argentina de Maradona. En la última eliminatoria, vencer a Brasil en El Alto apenas le dio el pasaporte para el repechaje donde fue eliminada por Irak.
Para el doctor Julio Grados, exmédico de la selección, lo ideal sería armar dos equipos, uno de ellos con jugadores adaptados a los rigores de pelotear a más de 3,000 metros, y hacer una mixtura con los titulares. La preparación debería tener un mínimo de diez días. Algo parecido hizo Markarián en el 2012, cuando se empató 1-1 en La Paz.
El exdirectivo no está seguro de que los deseos del Mano se cumplan. ”Basta que desde la confederación aprieten un poquito a Lozano para que invente una excusa y cambie de opinión”.
Sea lo que fuere, el costado más depresivo de esta historia es la poca confianza que genera nuestro fútbol. Sin una ayudadita de la naturaleza, sencillamente no somos nada. Hace rato que Perú es un equipo sin altura.
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