Cuando necesita hacer una pausa, Makhy Arana entra al camerino de Osvaldo Cattone. No ha cambiado nada. Sus objetos permanecen en el mismo lugar, la oficina conserva su apariencia y, por unos minutos, ella vuelve a sentir que su maestro está cerca, dispuesto a aprobar —o cuestionar— la siguiente decisión.
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Esa presencia recorre el Teatro Marsano, que este 25 de julio cumple 50 años desde su resurgimiento en 1976; el recinto fue originalmente fundado en 1928, con otra administración, pero pasó inactivo unos años en el interín. Está en los premios y fotografías que ocupan una galería, en el primer cartel de la compañía y en los recuerdos de sus trabajadores. Para Cattone, el teatro era un templo y cada función debía tratarse como algo sagrado.
Makhy tenía aproximadamente 11 años cuando lo conoció. Ya amaba los espectáculos y encontró en él a uno de sus grandes referentes. Con el tiempo pasó de ser su amiga a convertirse en su asistente y colaboradora. Le llevó café, vendió entradas, acomodó vestuario y aprendió cada tarea que ocurre detrás del escenario.
“Nunca quise ser actriz. Me gusta mirar el teatro desde dentro, escuchar al público, ver lo que sucede detrás. El ‘backstage’ es todo un mundo”, explica.
Osvaldo también terminó formando parte de su familia. Vio nacer a su hijo, compartió viajes y celebraciones, y pasó numerosas Navidades junto a ellos. Su hijo lo llamaba ‘Tata’ y Cattone se refería a él como su nieto.
“Fue mi maestro, pero también mi familia. Tengo muchos recuerdos de trabajo, aunque los más fuertes son los familiares”, sostiene.

Productora Makhy Arana y los trabajadores históricos del Marsano, Raúl Torres y Alberto Silva. (Foto: Mario Zapata N. / @photo.gec)
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El 25 de julio de 1976, Producciones Acquario inició su historia en el Marsano con el musical “Aleluya, aleluya”. La temporada se extendió durante más de un año. En el elenco había adultos y niños, entre ellos Regina Alcóver, Yvonne Frayssinet, Isabel Duval y Enrique Victoria. Entre una función y otra, Cattone organizaba concursos de dibujo y canto para entretener a los más pequeños, rememora Makhy.

«Aleluya, aleluya» fue la primera obra que se montó en el Marsano. (Fotos: Mario Zapata N. / @photo.gec
/ Mario Zapata N.
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“Cuando la obra terminó, todos lloraron. No sentían que abandonaban un trabajo, sino un lugar donde habían sido felices”.
Desde entonces, el teatro ha presentado 137 montajes entre comedias, dramas, clásicos, musicales y espectáculos unipersonales. Algunas producciones permanecieron en cartelera durante meses y otras regresaron en distintas temporadas. “El hombre de La Mancha”, una de las favoritas de Cattone, se presentó durante un año, fue repuesta en varias ocasiones y luego salió de gira. También marcaron época “El diluvio que viene” y “Annie”.
Mantener una compañía activa durante cinco décadas, sin detenerse entre un montaje y el siguiente, ha sido una tarea titánica. Makhy define hacer teatro como un acto de fe y pasión. Cattone invertía en cada nueva producción lo que obtenía de la anterior. Si una temporada funcionaba, avanzaba; si no tenía el resultado esperado, también continuaba.
“Él no esperaba auspicios ni ayudas. Se debía al público y reinvertía en el siguiente montaje. Hacía teatro en serio, ya fuera una producción con 40 actores o un unipersonal”, recuerda.
El público fue siempre el primer invitado. Por eso la celebración de los 50 años no estará reservada únicamente para actores o figuras conocidas. El Marsano prepara una función especial de “Bodas de sangre”, sorteos y un homenaje para quienes han ocupado sus butacas durante generaciones.
“Sin público no existe el teatro”, remarca Makhy.
Raúl Torres es supervisor técnico del Marsano, tiene 89 años y todavía llega solo al teatro. Se moviliza en transporte público, lee filosofía y asegura sentirse fuerte. El Marsano dejó de ser únicamente su lugar de trabajo hace mucho tiempo. Ahora forma parte de su vida.
Recuerda a Cattone como un hombre disciplinado y pragmático, pero también generoso y desprendido de las cosas materiales. Entre sus memorias permanece una función en la que Fernando de Soria olvidó completamente el texto y se quedó en blanco ante el público.
“Cattone salió entonces a enfrentar el momento. Habló con los asistentes y los invitó a regresar gratis al día siguiente acompañados por cuatro personas. No intentó esconder el error”, narra.
Alberto Silva llegó al Teatro Marsano en 1979, cuando apenas superaba los veinte años. Hoy, a los 68, lleva 47 años recorriendo sus pasillos y recibiendo al público como jefe de sala.
“El Marsano es mi vida. Es una relación, un amor”, resume.
De Cattone recuerda su cercanía con todos los trabajadores. No establecía distancias entre quien aparecía en el centro del escenario y quien realizaba una labor lejos de las luces.
“Me decía: ‘Alberto, aquí todos somos iguales. Todos trabajamos. Yo soy un trabajador más. Si tienes algún problema, avísame’”, cuenta.
Sus recuerdos también guardan el humor de otras épocas. “Durante las funciones de “Doña Flor y sus dos maridos”, algunas monjas acudían con binoculares para observar mejor una escena de Osvaldo», comparte entre risas.
El Marsano también atravesó años difíciles. Durante la violencia terrorista y los apagones de la década de 1990, nunca sabían si la electricidad desaparecería en plena función. En lugar de cancelar las temporadas, prepararon velas y lámparas de querosene para continuar.
En “Relaciones peligrosas”, un montaje de gran formato que dependía de la iluminación, el sonido y la música, debieron terminar algunas presentaciones casi a oscuras. Cattone se negó a cerrar.
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“Nos decía que teníamos que acomodarnos a lo que estábamos viviendo. Si había un apagón, seguíamos”, recuerda Makhy.
La pandemia fue todavía más dura. Por primera vez, el escenario quedó vacío y la compañía tuvo que ensayar a través de una pantalla. Cattone, acostumbrado a dirigir desde una butaca y a corregir cada movimiento en persona, intentó adaptarse a las reuniones por Zoom. Pero el cierre terminó prolongándose mucho más de los quince días anunciados inicialmente.
“El teatro era su oxígeno”, afirma Makhy.
Tras su muerte, continuar parecía imposible. Para ella, Cattone era el Marsano y el Marsano era Cattone. Sin embargo, junto con su familia y el equipo decidió remodelar el local y mantener intactos los principios que él había impuesto: disciplina, orden, compromiso y, sobre todo, respeto por el público.
“No está el capitán del barco y sentimos que no podemos fallarle”, reconoce.
Entre tantos recuerdos existe uno que todavía los estremece. Una madrugada, después de una función, Cattone decidió continuar ensayando con Eva Franco y José Carlos Bañuelos. Eran aproximadamente las 2:30 de la madrugada, y casi todos se habían retirado.
Osvaldo observaba desde la sala y repetía sus indicaciones. Pedía empezar nuevamente, elevar el volumen, mejorar la escena. Finalmente, esta salió como esperaba.
Antes de que pudiera decir algo, una voz lanzó desde las butacas un contundente “¡Bravo!”.
Todos voltearon. No había nadie.
“Nos miramos y bajamos corriendo. Salimos juntos porque nadie quería quedarse solo. Quedamos petrificados”, recuerda Makhy, quien asegura haber presenciado aquel momento.
Medio siglo después de su inauguración, el Marsano conserva historias como esa en cada rincón. Algunas provocan risa; otras todavía conmueven. Todas hablan de un teatro que logró atravesar cambios políticos, crisis económicas, apagones, una pandemia y la ausencia de su figura principal.
Cuando las luces se encienden y el público comienza a ocupar las butacas, Makhy, Raúl y Alberto vuelven a sus lugares. Cada uno conoce su tarea. El telón se abre y, por un instante, la ausencia deja de pesar.













