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Hay momentos en los que una habitación de hospital se convierte en un santuario y cuando el dolor aprieta y las palabras no alcanzan, la fe se transforma en el único refugio. En los pasillos del Hospital Nacional Guillermo Almenara del Seguro Social de Salud (EsSalud) Anita, Rosa y Elida no solo comparten un diagnóstico, sino una oración entre los labios y una razón poderosa para seguir adelante: la esperanza de sanar y volver a casa.
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Hoy, once años después, Anita volvió a quirófano para cambiar la batería de ese dispositivo que le devuelve la vida. Antes de entrar a sala, no hubo miedo, solo una conversación íntima con su protector: “Diosito, aquí vamos de nuevo”.
Su fe en el Señor de los Milagros nació en la infancia, cuando su madre le enseñó a participar en novenas y rosarios. “Yo creo que Dios siempre me acompañó, siempre estaba ahí conmigo”, recuerda.
Aunque de niña no imaginaba que llegaría a ser madre, a los 22 años descubrió que estaba embarazada cuando tenía casi seis meses de gestación. Israel nació por cesárea a los siete meses y se convirtió en su mayor motivo para mirar hacia el futuro. Hoy, a sus ocho años, es la razón por la que Anita desea seguir adelante.
“Lo que más pido al Señor de los Milagros es que me siga dando vida para poder acompañar a mi hijito. Es muy pequeño y no quisiera dejarlo solito”, susurra Anita.
Para Rosa González de Lovera (68), natural de Pisco, la fe ha sido el ancla en los tres años más difíciles de su vida. Diagnosticada con una extraña enfermedad inflamatoria que atacaba sus cartílagos, las últimas semanas previas al paso de la procesión le devolvieron la respiración: las evaluaciones médicas descartaron los peores escenarios.
Con los ojos iluminados por la gratitud hacia Dios y hacia el equipo médico que la sostiene, Rosa solo piensa en el reencuentro. A miles de kilómetros de la angustia, la esperan sus tres hijos y siete nietos. “Me siento feliz de tener a un Dios que todo lo puede”, afirma con una sonrisa que borra cualquier huella de cansancio.

Rosa González de Lovera (68). (Foto: Essalud)
/ RPA_ALMENARA
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Muy cerca de ella, Elida Huamán, docente y vecina de Zárate, en San Juan de Lurigancho, espera una nueva intervención tras sufrir una hemorragia severa y una complicación infecciosa que la llevó a cuidados intensivos. Desde hace aproximadamente un año y medio, afronta una herida que continúa drenando porque su organismo no toleró una malla quirúrgica.
Su fe se fortaleció con la recuperación de su segunda hija, quien sufrió una lesión en el brazo durante el parto. Elida recuerda que, durante la Semana Santa, la pequeña comenzó a moverlo, un avance que vivió como un milagro. Años después, cuando su propia salud se complicó, aquella experiencia volvió a darle fuerzas. “Es un milagro de Dios que estemos vivos, que estemos sanos”, reflexiona.

Elida Huamán. (Foto: Essalud)
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Este 19 de octubre, cuando el anda del Cristo Moreno avance frente al Hospital Almenara, las miradas de Anita, Rosa y Elida se cruzarán con la imagen morada desde sus ventanas en la explanada del nosocomio.
Detrás de cada historia de tratamiento, cada intervención y cada monitoreo, hay historias humanas que conmueven. Para Anita, Rosa y Elida, el paso del Señor de los Milagros no es solo una tradición: es el recordatorio susurrado al oído de que, mientras haya vida y amor por la familia, siempre habrá una razón para volver a empezar.


