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Este viernes 11 se han cumplido 25 años del atentado a las Torres Gemelas, el ataque terrorista más grande sufrido por Estados Unidos y un hecho de relevancia capital para la historia mundial de este siglo.
Este viernes 11 se han cumplido 25 años del atentado a las Torres Gemelas, el ataque terrorista más grande sufrido por Estados Unidos y un hecho de relevancia capital para la historia mundial de este siglo.
Dentro de un escenario trágico y convulso, un grupo de trabajadores migrantes asumió un rol protagónico al asumir la extenuante y peligrosa labor del retiro de escombros que dejó la destrucción de las emblemáticas edificaciones de Nueva York.
Ese fue el caso de Franklin Anchahua, peruano residente en Estados Unidos, quien junto a miles de trabajadores de origen latinoamericano fue reclutado para asumir esas labores.
En diálogo con el programa “Siempre a las Ocho” de El Comercio, Anchahua relató que fue reclutado cuando atravesaba dificultades económicas y luego de recibir el aviso de un compatriota acerca de la demanda de trabajadores para ayudar en las labores de remoción de los restos de la destrucción de las Torres Gemelas.
Franklin Anchahua posa en la habitación que comparte con su padre en Queens, Nueva York. Anchahua fue uno de los cientos de inmigrantes hispanos que limpiaron el bao Manhattan tras los ataques del 11 de septiembre. (Foto: AP /John Minchillo).
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El ataque del grupo terrorista Al Qaeda generó el cierre de los accesos a Manhattan y otras zonas como Brooklyn y Queens, en las que Franklin realizaba trabajos de pintura que de un momento a otro se vieron detenidos.
“Los días posteriores no se podía ingresar a Manhattan, era una zona totalmente militarizada y en ese momento perdí mi trabajo. Fue entonces que un amigo de Pucallpa me dice que su jefe estaba buscando personal para ir a la Zona Cero del desastre y me anoté porque venía con una deuda muy grande”, cuenta Franklin.
“Yo llego a trabajar cinco días después de la catástrofe con un contratista de origen argentino que había reclutado a entre 100 y 150 trabajadores del barrio”, agrega el connacional.
Anchahua explica que era bastante consciente de la gravedad de lo que había pasado por las informaciones, pero asegura que la situación económica apremiante que vivía lo llevó a “asumir la responsabilidad”.
Franklin Anchahua durante las labores de limpeza de la Zona Cero. (Foto: Cortesía)
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Recuerda que las jornadas se realizaban por “batallones” que rotaban por tercios y se dividían en zonas específicas del área destruida, asegurando que la labor era agotadora y las condiciones eran precarias para el cuerpo de extracción de escombros.
Franklin Anchahua cuenta que realizaba sus labores con su propia ropa y sin guantes.
“Me incorporé a la compañía Manson Restoration y estuve trabajando en la limpieza y remoción de escombros durante tres meses, por doce horas diarias, los siete días de la semana. Ingresaba a las 8 a.m. y recibíamos 60 dólares por la jornada regular y otros 30 por las horas extra”, señala el trabajador peruano.
“Era una explotación tremenda tanto en lo laboral como desde la salud, porque trabajábamos con una mascarilla de papel de 99 centavos, que usábamos muchas veces por dos o tres días porque los contratistas evitaban hacer gastos para poder hacer buen dinero”, apunta.
Las cifras oficiales del gobierno de Estados Unidos indican que aproximadamente 2.000 trabajadores inmigrantes indocumentados como Franklin Anchahua trabajaron en las labores de limpieza y saneamiento de la Zona Cero tras los atentados de Nueva York.
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 dejaron un total de 2.977 víctimas mortales entre civiles, bomberos y policías. (Foto por DOUG KANTER / AFP)
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Anchahua señala que trabajó junto a cerca de 3.000 compañeros, mientras que otros reportes procedentes de iniciativas como el proyecto de Ley de Libertad para los Trabajadores Inmigrantes del 11-S señalan que esta cifra se elevaría hasta las 6.000 personas.
Los sucesos del 11 de setiembre del 2001 marcaron de forma decidida el devenir del presente siglo, según explica a “El Comercio” Jorge Antonio Chávez, internacionalista y docente de la Academia Diplomática del Perú.
“Tras los atentados del 11 de setiembre hay toda una reconfiguración de la política internacional, hay un viraje importante hacia la agenda de seguridad del contraterrorismo, de endurecer los posibles blancos ante ataques terroristas y endurecer los blancos en las ciudades, entendiendo que era imposible proteger todo el tiempo”, apunta Chávez.
El especialista explica que estos cambios redirigieron el interés geopolítico hacia Medio Oriente y Asia Central en un escenario sumamente complejo, en medio de la lucha de Washington contra el terrorismo, primero con Al Qaeda y luego contra el Estado Islámico. Adicionalmente, el atentado sobre Nueva York también abrió el camino que fue dejando atrás la unipolaridad del mundo, que pasó a la actual pugna entre Estados Unidos y China.
No obstante, Chávez señala que el ataque a las Torres Gemelas también llevó a un mayor celo por la seguridad interna de Estados Unidos, que tuvo en la política migratoria un frente que se vio severamente endurecido.
“Fue un catalizador de cambios a nivel interno y se crea este Departamento de Seguridad de la Patria, ‘Homeland Security’. Se pone mucha más importancia a la seguridad en las infraestructuras críticas como aeropuertos o puertos y también al cuidado de las fronteras, entendiendo que las amenazas podían cruzar a Estados Unidos a través de estas. Se fortalece el escrutinio en la provisión de visados para personas que pudieran ingresar y para aquellos que quisieran acceder a visas de trabajo, residencia o de estudio”, matiza el docente de la Academia diplomática.
(Foto: EFE)
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En tal contexto, Jorge Chávez considera paradójico que el celo regulatorio posterior al 11-S se haya traducido en una falta de agradecimiento hacia los trabajadores que contribuyeron a Estados Unidos en un momento crítico.
“Hubo gente a la que sí se le dio reconocimiento, como los bomberos o los cuerpos de rescate, pero a las personas que cumplieron un rol fundamental para la remoción de escombros para encontrar restos no se les ha reconocido de la misma manera, sobre todo a aquellos que tenían una situación migratoria irregular. Lo que vino después fue un endurecimiento de la política migratoria que alcanzó un nivel mucho más alto durante los gobiernos de Donald Trump”, precisa el analista.
Franklin Anchahua admite que sus pasadas labores en la Zona Cero y sus inmediaciones le han dejado secuelas de salud importantes que lo siguen afectando en el presente.
“Me han diagnosticado sinusitis, rinitis, estrés postraumático, reflujo estomacal y hace seis meses un trastorno de apnea del sueño. Con 55 años me siento más cansado física y psicológicamente que una persona de 70 años. Son 25 años que llevo estos males encima y no veo un futuro bueno ni alentador para mí. No medité sobre las consecuencias de que 25 años después aquel trabajo iba a cambiar mi vida por completo”, confiesa el peruano.
Anchahua afirma que recibió una indemnización de 50.000 dólares por parte de la empresa en la que laboró hace 25 años, pero indica que ya gastó todo ese dinero ayudando a su madre y hermano a atender graves problemas médicos. Fue por estos problemas familiares que viajó al Perú hace seis años, lo que le generó inconvenientes graves para poder retornar a Estados Unidos.
“En marzo del 2020 me presenté en la embajada de Estados Unidos en Surco para solicitar una visa humanitaria y continuar mis tratamientos médicos en Nueva York; sin embargo, el gobierno me la negó sin importar que yo estuviera en el programa federal de salud, mi condición ni lo que hice por la ciudad”, cuenta Franklin.
(Foto: EFE)
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Estos obstáculos tienen su origen en la situación migratoria de Anchahua, que no ha podido regularizar hasta ahora. Si bien han surgido iniciativas para dar un estatus legal a los inmigrantes que trabajaron en la limpieza del área de destrucción del 11-S, hasta ahora ninguna de estas ha llegado a buen puerto.
En el 2017 el representante estadounidense Jospeh Crowley intentó impulsar la antes citada Ley de Libertad para los Trabajadores Inmigrantes del 11-S para la regularización de los trabajadores como Franklin Anchahua. La propuesta establecía protecciones contra la deportación de estas personas y la autorización de acceder a empleos legales, pero la propuesta no alcanzó los votos necesarios.
Cuatro años más tarde, la congresista Alexandria Ocasio-Cortez y otros miembros de la Cámara de Representantes buscaron la aprobación de actualización de ese mismo proyecto normativo.
Esta nueva versión incluía garantías para los laborantes del 11-S con proyectos de deportación abiertos y acceso a servicios médicos por las secuelas de salud causadas por la exposición a sustancias nocivas durante la limpieza de escombros, aunque nuevamente no habría éxito en la votación.
De momento, Franklin Anchahua y sus antiguos compañeros lamentan la falta de “decisión política” y siguen atravesando problemas para conseguir trabajo a causa de su situación migratoria; sin embargo, el peruano relata que al menos forma parte de programas de salud.
“Vivimos nuestra propia guerra, nuestro propio 9/11 y producto de ello es que nosotros acudimos todos los años aquí a la ceremonia a recordar a nuestros compañeros que ya han fallecido y a los que están en la cama postrados. Envié mensajes para ver quién me quería acompañar, pero muchos están muy enfermos”, comenta el antiguo trabajador de la Zona Cero.
Para Franklin, el reciente anuncio de publicación de archivos sobre el ocultamiento de que el aire de la zona de destrucción era tóxico demuestra las denuncias que él y sus colegas han venido haciendo durante años.
“Lo sucedido ahora está acreditando las denuncias que nosotros hicimos (en ese tiempo) a las autoridades acerca de que el aire de Manhattan era tóxico y súper peligroso. Nunca debieron abrir la ciudad, pero queriendo mostrar que Nueva York era más fuerte que aquello que había pasado, las autoridades hicieron que volviera la actividad y el comercio a Wall Street”, comenta.
“Esto demuestra lo que pasó con todos esos compañeros que han muerto de cáncer colorrectal, a la sangre o al hígado, es de nunca acabar”, remata Anchahua.



