Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
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Estados Unidos ha trasladado a Sudamérica una de sus principales plataformas de vigilancia y ataque: los MQ-9 Reaper, drones capaces de permanecer horas en el aire, detectar movimientos a gran distancia y también lanzar misiles. Su llegada a la región forma parte de la nueva ofensiva de Washington contra las organizaciones del narcotráfico y plantea interrogantes sobre el papel que estos aparatos podrían desempeñar en las futuras operaciones militares, y hasta dónde llegará la cooperación militar estadounidense en la región.
De acuerdo con el diario estadounidense The New York Times, los drones MQ-9 Reaper han sido trasladados por Estados Unidos desde África a Colombia y Ecuador.
Los funcionarios estadounidenses que confirmaron la noticia al NYT no precisaron cuántos drones ya se encuentran en Sudamérica.
Un dron militar estadounidense MQ-9 Reaper se aproxima para aterrizar en el Aeropuerto Rafael Hernández de Aguadilla, Puerto Rico, el 29 de diciembre de 2025. (Foto de Miguel J. Rodríguez Carrillo / AFP).
/ MIGUEL J. RODRIGUEZ CARRILLO
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El viernes, en una entrevista radial, el ministro de Defensa de Ecuador, Gian Carlo Loffredo, confirmó que dos Reaper ya habían sido entregados al país y ya estaban operando en su espacio aéreo.
El despliegue de los MQ-9 Reaper tiene una importancia especial porque Colombia y Ecuador están en el centro de la nueva estrategia antidrogas de Washington y forman parte del denominado Escudo de las Américas, una coalición política, policial y de seguridad multinacional impulsada y liderada por Estados Unidos para combatir el crimen organizado transnacional y el narcotráfico.
Además, en Ecuador y Colombia operan grupos que Estados Unidos ha designado como organizaciones terroristas, y estos países han aceptado distintos niveles de cooperación militar y de seguridad con Washington.
En este contexto, Ecuador, bajo el liderazgo del presidente Daniel Noboa, fue el primer país de la región en permitir operaciones militares conjuntas con Estados Unidos.
En general, hasta ahora la ofensiva de Estados Unidos en la región se había concentrado principalmente en atacar embarcaciones sospechosas de transportar drogas en el Caribe y el Pacífico oriental.
En Ecuador, esta estrategia ha comenzado a adquirir una dimensión más directa, con acciones lideradas por el Comando Sur contra barcos pesqueros señalados de servir como centros de abastecimiento logístico en alta mar para organizaciones criminales como Los Choneros.
A fines de setiembre, el general Francis Donovan, jefe del Comando Sur, dijo a The Wall Street Journal que los ataques contra objetivos terrestres están “sobre la mesa” en su campaña contra los cárteles en América Latina.
Más inteligencia y vigilancia, por ahora
La policía de Ecuador, junto con tropas de Estados Unidos y la DEA, desarticularon una banda criminal presuntamente ligada al Cártel Jalisco Nueva Generación. (Policía de Ecuador / X).
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Para los analistas Mario Pazmiño Silva y César Cedeño Monge, la incorporación de los Reaper no solo amplía las capacidades de vigilancia e inteligencia del Comando Sur, sino que abre la puerta a nuevas formas de interdicción y, eventualmente, a operaciones más directas contra organizaciones criminales.
Para Pazmiño, coronel (r) del Ejército de Ecuador y consultor internacional en seguridad y defensa, el cambio representa una modificación de la presencia militar y de inteligencia de Washington en la región.
“Este cambio de estrategia es un cambio de la presencia hemisférica de Estados Unidos en la región”, dice.
La principal novedad, según Pazmiño, no está por ahora en el empleo de la capacidad ofensiva de los Reaper, sino en su posibilidad de permanecer durante largos períodos sobre determinadas zonas y seguir los movimientos de las organizaciones criminales, especialmente en la frontera entre Colombia y Ecuador.
Los drones permiten pasar de una vigilancia intermitente a un seguimiento prolongado y en tiempo real, lo que puede proporcionar información a las fuerzas nacionales antes de que ejecuten operaciones sobre el terreno.
“Este nuevo elemento le permite a los diferentes ejércitos y a las diferentes fuerzas de seguridad tener a su disposición inteligencia y hacer un seguimiento mucho más detallado por largos períodos de tiempo”, anota.
Cedeño Monge, doctor en Asuntos Públicos e Internacionales por la Universidad de Pittsburgh y máster en Estudios de Seguridad por la Universidad de Georgetown, coincide en que la principal ventaja inmediata está en la capacidad de vigilancia. Pero añade otro factor: los Reaper pueden ampliar el radio de acción del Comando Sur sin depender exclusivamente de sus limitadas plataformas navales.
El MQ-9 puede permanecer hasta unas 27 horas en el aire y utilizar sensores electroópticos y radares de apertura sintética para localizar y seguir objetivos, indica. Esto permitiría vigilar durante períodos prolongados las rutas marítimas utilizadas por organizaciones dedicadas al narcotráfico.
Cedeño incluso plantea que las islas Galápagos podrían ser, potencialmente, un punto estratégico para operar estas aeronaves por su ubicación respecto de las rutas logísticas del narcotráfico que conectan Ecuador y Colombia con Centroamérica, aunque aclara que desconoce dónde serán desplegadas finalmente.
Desde esos puntos, añadeCedeño, Estados Unidos podría obtener una capacidad de vigilancia más flexible y potencialmente menos costosa que mantener permanentemente buques militares en determinadas zonas del Pacífico.
De los “ojos” en el cielo a los ataques
En esta foto de archivo tomada el 7 de noviembre de 2020 se ve un dron MQ-9 Reaper de Estados Unidos volando sobre una campo de pruebas y entrenamiento de Nevada. (AFP).
/ WILLIAM ROSADO
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Aunque Pazmiño considera que, por ahora, el empleo de los Reaper estará concentrado en la inteligencia y el seguimiento de objetivos, reconoce que existe la posibilidad de que sus capacidades ofensivas sean utilizadas más adelante.
“No creo al momento que estos drones Reaper vayan a ser utilizados con su carga bélica para atacar objetivos”, dice.
En cambio, Cedeño subraya que la capacidad letal forma parte de las características del sistema y que su incorporación ofrece al Comando Sur una herramienta adicional para actuar contra objetivos vinculados al narcotráfico.
Los Reaper pueden emplear misiles AGM-114 Hellfire y otras municiones de precisión. El analista destaca que determinadas variantes del Hellfire permiten reducir los efectos sobre el entorno inmediato del blanco. “Sí, eso es ciertamente posible”.
En un escenario de interdicción marítima, Cedeño plantea que un Reaper podría intervenir si una embarcación sospechosa desobedece las advertencias de las fuerzas estadounidenses. Pero la acción no necesariamente tendría que consistir en destruirla.
El objetivo podría ser inmovilizar la embarcación, por ejemplo dañando sus sistemas de propulsión, con la intención de reducir el riesgo de víctimas y facilitar posteriormente la captura de sus ocupantes, remarca Cedeño.
“Así se puede reducir la probabilidad de que este ataque cause víctimas colaterales”, precisa.
La posibilidad de capturar a los tripulantes también tendría una utilidad de inteligencia, sostiene Cedeño, porque permitiría obtener información sobre las organizaciones que estarían detrás del transporte de droga.
El riesgo de equivocarse de blanco
Un soldado revisa el bolso de un hombre mientras militares realizan inspecciones de armas y drogas en Quito el 10 de febrero de 2026. (Foto de Rodrigo BUENDIA / AFP).
/ RODRIGO BUENDIA
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Precisamente porque los Reaper pueden ampliar la capacidad de ataque a distancia, Cedeño identifica un riesgo central: qué mecanismos existen para verificar que el objetivo identificado sea realmente una embarcación vinculada al narcotráfico.
Si los drones operan desde territorio ecuatoriano o colombiano, considera necesario que existan mecanismos de supervisión y verificación de los objetivos antes de autorizar una acción letal.
“El principal riesgo aquí es que este despliegue no tenga algunos arreglos de examinación en tiempo real de los paquetes de blancos”, anota.
Un error de identificación, dice Cedeño, podría convertir una operación contra el narcotráfico en una crisis política y jurídica para los gobiernos involucrados.
“Si hay un falso positivo (…) estos gobiernos van a tener un serio problema político en sus manos”, remarca.
Cedeño considera que esta preocupación es especialmente relevante en Ecuador, donde las capacidades de inteligencia todavía presentarían limitaciones para determinar con precisión la naturaleza de determinados objetivos.
El siguiente paso: operaciones terrestres
El secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, da la bienvenida al presidente de Ecuador, Daniel Noboa, al Pentágono en Arlington, Virginia, EE. UU., el 15 de junio de 2026. (EFE/EPA/JIM LO SCALZO)
/ JIM LO SCALZO
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La llegada de los Reaper se produce además en un momento en que Washington busca ampliar su cooperación militar con los países de la región. Para Pazmiño, ese proceso podría avanzar gradualmente desde la inteligencia y la vigilancia hacia una participación más directa en operaciones terrestres.
“La intención es comenzar a cooperar directamente en operaciones terrestres”, sostiene.
En Ecuador, explica Pazmiño, la participación estadounidense ya funciona en cierta medida como respaldo a las fuerzas nacionales, aunque los efectivos estadounidenses no ingresarían directamente en los enfrentamientos.
“Son elementos que se quedan a la retaguardia, permitiendo que las fuerzas ecuatorianas puedan actuar”, dice.
Pazmiño considera que una intervención estadounidense directa implicaría mayores riesgos políticos y jurídicos, especialmente si se producen muertes de civiles o militares.
Por ello, estima que el avance hacia operaciones terrestres más directas será un proceso complejo y probablemente gradual.
El límite político de la cooperación
Un vehículo que explotó en los exteriores del Mall del Sol, en Guayaquil, Ecuador, dejando al menos un muerto en lo que se catalogó como un «atentado». (Mauricio Torres / EFE)
/ Mauricio Torres
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Para Cedeño, el alcance de la cooperación no dependerá solamente de las capacidades militares estadounidenses. También estará condicionado por las leyes y decisiones políticas de cada país.
Recuerda que en Ecuador, una consulta popular rechazó la presencia permanente de bases militares extranjeras. Por ello, cualquier ampliación de la presencia estadounidense podría abrir una discusión constitucional sobre los límites de la cooperación y el despliegue temporal de efectivos.
Pero existe además un problema político más amplio: qué resultados percibe la población.
Cedeño advierte que el Gobierno ecuatoriano puede mostrar una mayor cooperación militar con Washington, pero enfrenta al mismo tiempo el reclamo ciudadano por los homicidios, secuestros y otros delitos que continúan afectando al país.
“El electorado no ve que esa voluntad se traduce en resultados directamente relacionados con su vida”, remarca.
El analista considera que esa brecha entre la cooperación militar y los resultados que percibe la población puede convertirse en un problema político para el Gobierno.
La presión sobre el crimen puede desplazarlo
Pazmiño introduce otro elemento para evaluar el impacto de la nueva estrategia: la capacidad de las organizaciones criminales para adaptarse y desplazarse.
A su juicio, las medidas adoptadas hasta ahora en Ecuador —como los estados de excepción y los toques de queda— pueden haber afectado a las estructuras criminales en el nivel táctico, pero no han conseguido desarticular sus estructuras de dirección.
“Los toques de queda y el estado de excepción no han modificado en sí la organización de las estructuras delictivas”, indica.
El resultado, sostiene, es que la presión sobre determinadas zonas puede provocar el traslado de las organizaciones hacia otros territorios. Para describir esta dinámica utiliza dos conceptos: el “efecto globo” y el “efecto cucaracha”.
Según Pazmiño, una mayor presión sobre las estructuras criminales en Colombia y Perú puede terminar desplazando parte de sus operaciones hacia Ecuador, especialmente hacia las zonas fronterizas.
“Lo que estamos haciendo es una metástasis delictiva en todo el escenario nacional”, describe.
Cómo es el MQ-9 Reaper, el dron que puede vigilar durante horas y también atacar
Un dron MQ-9 Reaper armado se desplaza por una pista de aterrizaje en Afganistán. (Foto de la Fuerza Aérea de EE. UU./Sargento Brian Ferguson).
/ SSgt Brian Ferguson
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El MQ-9 Reaper es mucho más que un avión no tripulado de vigilancia. Diseñado por la compañía estadounidense General Atomics, es un dron pilotado de manera remota concebido para localizar, seguir y atacar objetivos desde grandes distancias.
La Fuerza Aérea de Estados Unidos lo considera principalmente una plataforma de recopilación de información de inteligencia.
El Reaper comenzó a desarrollarse a comienzos de la década del 2000 y realizó su primer vuelo en el 2003 en su versión de preproducción. Su primera misión operacional se produjo en Afganistán en setiembre del 2007. Desde entonces ha sido empleado en operaciones de Estados Unidos en Irak, Siria, entre otros países.
Un dron MQ-9 Reaper, armado con municiones guiadas por láser GBU-12 Paveway II y misiles AGM-114 Hellfire, durante una misión de combate sobre el sur de Afganistán. (EFE/Leslie Pratt/Fuerza Aérea EE.UU).
/ Leslie Pratt
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Una de sus principales ventajas es su capacidad de permanencia en el aire. El MQ-9 puede alcanzar una altitud de hasta 15.000 metros y tiene una velocidad de crucero de 370 kilómetros por hora. La versión estándar puede alcanzar una autonomía de alrededor de 1.850 kilómetros, mientras que las variantes de alcance extendido pueden superar los 2.500 kilómetros. Su autonomía de vuelo puede llegar a unas 27 horas.
El MQ-9 Reaper mide 11 metros de largo, tiene una envergadura de 20 metros y utiliza un motor turbohélice de hasta 900 caballos de fuerza. Puede despegar con un peso máximo de unas 4,8 toneladas en su configuración estándar y transportar hasta unos 1.700 kilos de carga útil, entre combustible, sensores y armamento.
Un piloto controla a distancia un dron militar MQ-9 Reaper y supervisa los datos de vuelo en la cabina de control durante un vuelo de entrenamiento. (Foto de Christophe ARCHAMBAULT / AFP).
/ CHRISTOPHE ARCHAMBAULT
Su sistema incluye una estación de control terrestre y enlaces de comunicaciones por satélite. Normalmente, desde tierra un piloto controla la aeronave y otro operador maneja los sensores y los sistemas de armas.
Su sistema de sensores incluye cámaras de televisión diurna, cámaras infrarrojas, sensores de corto alcance infrarrojo, un telémetro y un puntero láser.
Todas esas caracterpisticas hacen del Reaper una plataforma clave para operaciones de inteligencia, vigilancia y reconocimiento.
En cuanto a su armamento, el Reaper puede configurarse para portar los misiles AGM-114 Hellfire o varias bombas guiadas de la familia Paveway y JDAM. Ello dependerá de la misión asignada.
Los golpes más conocidos del MQ-9 Reaper
Un dron MQ-9 Reaper despegando en Afganistán. (Dominio Público).
En sus inicios, en octubre del 2007, un Reaper empleó un misil Hellfire contra insurgentes en la provincia afgana de Uruzgan. Para marzo del 2008, la Fuerza Aérea ya contabilizaba 16 objetivos atacados por estos aparatos en Afganistán.
En Irak, el Reaper comenzó sus operaciones en julio del 2008. En una de sus primeras acciones documentadas, destruyó un vehículo cargado con explosivos.
Pero fue en la lucha contra Estado Islámico donde el Reaper perpetró algunos de sus ataques más conocidos.
En el 2015, dos MQ-9 estadounidenses y un Reaper británico siguieron durante horas en Raqqa, Siria, al británico Mohammed Emwazi, conocido como “John el Yihadista”, uno de los rostros más conocidos del Estado Islámico y vinculado a los videos de ejecución de rehenes occidentales. Dos misiles Hellfire fueron lanzados contra el vehículo en el que viajaba y Estados Unidos dijo tener una certeza razonable de que Emwazi había muerto en el ataque.
En Siria, durante la ofensiva para recuperar Manbij en el 2016, estos drones proporcionaron reconocimiento y apoyo aéreo cercano. En la batalla por Raqqa, en el 2017, las aeronaves realizaron unas 44.000 horas de vuelo y participaron en aproximadamente el 20% del esfuerzo aéreo de la coalición.
El general iraní Qasem Soleimani. (Creative Commons).
Probablemente la acción más relevante en la que participó el MQ-9 fue el ataque que terminó con el asesinato del general iraní Qasem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria, ocurrido el 3 de enero del 2020 en Bagdad.
Un MQ-9 Reaper siguió el convoy en el que viajaban Soleimani y otros dirigentes de las milicias proiraníes cuando abandonaron el aeropuerto de Bagdad. Además de soleimani, en el ataque también murió Abu Mahdi al-Muhandis, jefe de Kataib Hezbolá y entonces vicepresidente de las Fuerzas de Movilización Popular de Irak.
El entonces líder de Al Qaeda, Ayman al Zawahiri, asumió el puesto tras la muerte de Osama bin Laden, en 2011. (Foto: EFE/ Ho / Al Jazeera)
En cuanto a la red terrorista Al Qaeda, su cabecilla Ayman al Zawahiri fue ejecutado en el 2002 en un ataque en kabul con dos Hellfire desde un dron operado por la CIA. De manera oficial no ha sido identificado el aparato, aunque existen fuentes que lo vinculan al MQ-9.
Anwar al-Awlaki, quien murió en un ataque con drones de la CIA el 30 de septiembre de 2011. (Foto: SITE / AFP).
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Antes de Al Zawahiri, otro dirigente de alto perfil de Al Qaeda fue eliminado mediante drones en Yemen. Anwar al-Awlaki murió en setiembre del 2011 alcanzado por un misil Hellfire. El ataque fue realizado principalmente con drones Predator, aunque también participaron Reaper en la operación.
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