lunes, septiembre 28

Luis Antonio Venker Menezes empezó a dirigir en 1997. Arrancó, como la mayoría, en el banquillo de clubes humildes. Recién en el 2005 llegó al Gremio y su crecimiento fue fulgurante: ascenso, doblete en el torneo Gaucho y subcampeón de la Copa Libertadores. Luego vino Corinthians, más títulos y el sueño que todo entrenador persigue: dirigir al ‘Scratch’. La suerte no le acompañó, pero continuó trabajando en clubes importantes como Flamengo, Cruzeiro, Palmeiras y Fluminense.

Luis Antonio Venker Menezes empezó a dirigir en 1997. Arrancó, como la mayoría, en el banquillo de clubes humildes. Recién en el 2005 llegó al Gremio y su crecimiento fue fulgurante: ascenso, doblete en el torneo Gaucho y subcampeón de la Copa Libertadores. Luego vino Corinthians, más títulos y el sueño que todo entrenador persigue: dirigir al ‘Scratch’. La suerte no le acompañó, pero continuó trabajando en clubes importantes como Flamengo, Cruzeiro, Palmeiras y Fluminense.

La carrera de un técnico suele parecerse a una Montaña Rusa, no solo por las emociones que conlleva, sino por sus altos y bajos, a veces muy extremos.

Estoy seguro de que el Mano auroral, quien empezó a dirigir en el Guaraní de Venancio Aires de Río Grande do Sul a los 35 años, nunca imaginó que a los 64 estaría al mando de una de las peores selecciones del continente con el fin de sacarla del subsuelo. Una misión imposible que hasta el propio Tom Cruise dudaría en aceptar.

La última convocatoria del brasileño ha sido recibida con una indiferencia aterradora. La misma selección que hace solo cuatro años representaba unión y orgullo para el país, hoy es vista con menos expectativa que cualquiera de las películas del ‘Snyderverse’.

Mano Menezes y Jean Ferrari, junto a una comisión de la FPF, visitaron el Estadio UNA de Puno en abril de este año. (Foto: FPF)

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La culpa no es de él, ni de los jugadores. En este rincón solemos repetir una frase que a Claudio Pizarro lo acompañará hasta el fin de sus días: “Es lo que hay”. No existe mejor forma de definir el pesadísimo encargo que Menezes decidió aceptar.

Pese a su nunca bien explicada decisión de no convocar a Renato Tapia, su principal acierto ha sido no rescatar a jugadores cuyo mejor tiempo ya pasó como Carlos Zambrano y Luis Advíncula (el primero, además, con enormes reparos por su conducta). Y, felizmente, no resucitar a Christian Cueva, cuya panza de joven jubilado pone en riesgo la estabilidad emocional de los hinchas del Sport Boys cada fin de semana.

Menezes cometería un error gigantesco si intentara imitar lo que hizo su compatriota Pepe en 1989, cuando con una selección mustia, muy parecida a la actual, olvidó que su primera obligación era asegurar el arco propio. La realidad obliga a ser pragmático: Con San Pedro Gallese aún en buen nivel, toca armar una buena línea defensiva con Garcés, Araujo, Marquitos López y quizás Inga por derecha. Al medio intentar un cinturón de acero con Noriega, Cartagena y Yotún, dejarle el fútbol a Carrillo o a Vélez, y prenderle velitas a Valera y Lapadula. Luego esperar que Concha despierte, que se afirme Pretell, y que Vilca, Mora o Maxloren enciendan sus luces. Rezarle a los ‘eurocausas’ o a que aparezca alguien en el camino, es como tirar los dados en plena medianoche en una mesa del Cesar’s Palace.

Los tiempos no asoman muy felices.

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