A casi 60 años de las protestas estudiantiles franceses que casi derribaron el gobierno de Charles de Gaulle, una nueva ola de manifestaciones han puesto en jaque al presidente Emmanuel Macron y ponen una nueva marca de tensión a unas disputadas elecciones presidenciales programadas para abril del 2027.
Las protestas comenzaron el 17 de setiembre, cuando jóvenes de entre 15 y 18 años empezaron a bloquear sus centros educativos para exigir mejores condiciones en las escuelas públicas, la contratación de más profesores y soluciones para el mal estado de sus aulas, a veces carentes de mobiliario e incluso de electricidad y no acondicionadas para la ola de calor extremo que sufre el continente europeo. Los manifestantes también cuestionaron lo que calificaron de horarios excesivos, así como dificultades económicas para continuar su educación superior.
El malestar de las masas se hizo más evidente este martes 6, cuando entre 260.000 personas (según datos del Ministerio del Interior francés) y 450.000 (según las organizaciones estudiantiles) se manifestaron en todo el país, entre cuyo número se contaban los propios estudiantes, sus padres y profesores, así como representantes de sindicatos y organizaciones de izquierda. Unas 1.800 escuelas, de las 3.700 del país, se mantuvieron cerradas durante esa jornada.
El gobierno ha intentado contener la situación con medidas inmediatas, entre ellas la apertura de espacios de debate en los centros educativos, así como anuncios destinados a enfrentar la falta de profesores y mejorar la participación de los estudiantes, pero estos han sido rechazados como “cortinas de humo” por algunos sectores de los manifestantes.
Una razón detrás de los caldeados hábitos ha sido la respuesta policial ante los brotes de violencia que ocurrieron en algunas protestas, donde también se registró el incendio de escuelas. Cifras del gobierno señalan que unas 6.500 personas, en su mayoría menores de edad, han sido arrestadas durante las últimas movilizaciones, mientras que centenares resultaron heridos.
La pérdida de una mano por parte de un adolescente de 15 años en Lens y las graves heridas sufridas por otro estudiante de 14 años después del uso de una granada de dispersión también provocaron cuestionamientos en torno a la actuación de las fuerzas del orden, por lo cual el gobierno francés ha suspendido temporalmente el uso de este armamento.
Pero tanto los sindicatos como las organizaciones estudiantiles, sobre todo estas últimas, han señalado que “seguiremos luchando por nuestro futuro” y han convocado por una nueva movilización masiva el martes 13.
Para el internacionalista Enrique Banús, director del Instituto de Estudios Europeos de la Universidad de Piura, las protestas estudiantiles en Francia son solo la manifestación más visible de un malestar profundo en la juventud francesa, que ve sus perspectivas futuras con menos optimismo que generaciones pasadas.
“Hay una percepción de que son una ‘generación perdida’ como consecuencia de las reformas educativas, pero también de la situación del mercado laboral y de la economía”, indica el experto en conversación con El Comercio. “El desempleo juvenil es alto en comparación con otros países europeos y la economía francesa se está ralentizando. Probablemente, lo que estamos viendo es solo la punta de un iceberg”.
Gendarmes franceses se enfrentan a manifestantes mientras intentan desalojarlos de un bloqueo en la calle durante una manifestación en solidaridad con los estudiantes de secundaria cerca de la universidad Sciences Politiques (Instituto de Estudios Políticos de París), como parte de un movimiento de protesta a nivel nacional por las condiciones de estudio en París, el 7 de octubre de 2026. (Foto de JULIEN DE ROSA / AFP)
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Rodrigo Murillo, escritor y politólogo peruano radicado en Francia, es aún más severo en su análisis del origen de estas protestas, enlazándolas con la incapacidad del estado no solo para mantener la equidad entre los que tienen y los que no, sino un cuestionamiento a principios fundamentales como su modelo de estado de bienestar y su capacidad de garantizar los servicios públicos.
“Cada vez más franceses con recursos y de clase media están recurriendo a la educación privada para educar a sus hijos, en muchos casos en colegios católicos”, apunta. “Esto está creando un agujero en la educación pública, a la que ya no quieren ir los profesores”.
Esto ha llevado a que los jóvenes ya no crean en la capacidad del Estado de mantener una equidad en la educación pública. “Los jóvenes que ingresan al sistema público, en muchos casos, tienen orígenes migrantes y proceden de familias sin recursos”, señala. “Su necesidad educativa es más urgente y profunda pero, al mismo tiempo, los servicios del Estado están disminuyendo y no hay una respuesta inmediata para resolver esta situación”.
Para Murillo, lo que tenemos enfrente es un cuestionamiento mayor del modelo político social francés, basado en el estado de bienestar. “Hoy el Estado francés es incapaz de dar las condiciones mínimas a toda la gente que ha llegado y que todavía llega pensando que las va a tener. De ahí que tengamos una juventud absolutamente desencantada y desafecta, que ya no cree en la promesa de este Estado”, afirma.
Para el politólogo, esto no se trata de un fenómeno exclusivamente francés, e indicó que podemos ver problemáticas similares relacionadas a vivienda, seguridad y capacidad del Estado para mantener sus servicios públicos en naciones como España, Alemania, Italia y Bélgica.
“Finalmente, el modelo europeo de república liberal, que es liberal en el discurso pero al mismo tiempo social en cuanto a las prestaciones de su Estado de bienestar, se ha mostrado incapaz de integrar a estas poblaciones garantizando niveles mínimos de seguridad, cohesión social y acceso a los servicios públicos”, advierte.
Central en este debate viene siendo el rol de la migración en los disturbios, una perspectiva acicateada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien afirma que las manifestaciones en Francia se deben a la “inmigración masiva” y al “islam”, frecuentes blancos de sus críticas.
“Lo que está ocurriendo en Francia no es otra cosa que una migración masiva fuera de control. Esto no tiene que ver con las escuelas, se trata del islam que quiere apoderarse de un país que antes fue grande”, declaró Trump en su plataforma Truth Social.
Es una premisa que comentaristas conservadores han intentado avanzar compartiendo en redes sociales imágenes de banderas palestinas o de países magrebíes ondeando durante las manifestaciones.
No es la primera vez que el mandatario republicano, quien enfrenta unas importantes elecciones de medio término en noviembre en su país, critica las políticas migratorias de estados europeos para intentar reforzar sus propias disposiciones en ese rubro, uno de los temas con mayor aprobación para su gobierno.
Para Murillo hay razones para señalar la migración como una de las causantes para los problemas que sufre Francia en la actualidad, pero señala que el problema no es la migración en sí misma, sino la incapacidad del Estado galo para integrar a las nuevas poblaciones dentro de su modelo republicano, algo que ha terminado afectando el mismo tejido social francés.
“No tiene tanto que ver con la migración en sí, sino con el fracaso del modelo social y político francés para integrar y convencer a estas nuevas poblaciones de las fortalezas y de la legitimidad de un modelo republicano con el cual no se sienten identificadas”, puntualiza. “Si la migración hubiera llegado a Francia acompañada de un plan de apertura de nuevas escuelas y hospitales, y de un programa metódico y consensuado para ayudar a estas poblaciones a incorporarse al modelo, a creer en él, no sería un problema”.
“Es especialmente preocupante que haya jóvenes de 16 años que no tengan una formación suficiente en los principios del laicismo. Son poblaciones absolutamente olvidadas, que probablemente tendrán dificultades para encontrar trabajo”, anota.
Francia no solo ha tenido que lidiar con los comentarios de Trump, y las reacciones de países como Irán y Rusia, cuyo respeto de los derechos humanos no siempre ha sido estelar, que denunciaron internacionalmente al país europeo por trato violento contra los manifestantes.
El problema para Macron es que las protestas llegan cuando su gobierno ya enfrenta dificultades para sacar adelante su programa económico, con el presupuesto del 2027 contemplando un fuerte ajuste fiscal para pagar una deuda que se eleva a casi el 120% del PBI del país que ya ha generado rechazo entre funcionarios, agricultores y otros sectores sociales.
Para Banús, el gobierno ha intentado principalmente desescalar la situación, pero sin mostrar una respuesta clara o decidida. De todos modos, apunta que Macron ha buscado ofrecer algunas respuestas a los estudiantes, así como garantizar que la actuación policial respete los protocolos e investigar posibles abusos durante las manifestaciones.
“Las protestas, diría yo, han tomado al gobierno un poco por sorpresa”, señala. “También han insistido, como suele ocurrir en estos casos, en que puede haber agitadores que estén utilizando las protestas para impulsar su propia agenda. Pero no he visto una respuesta muy clara o decidida”.
En una muestra de la relativa efectividad de las manifestaciones, estas ya han llevado a que el Ministerio de Educación descarte un polémico plan para aumentar algunas cuotas de inscripción en la educación superior anunciado días atrás como parte del nuevo presupuesto. Una actitud que continuó este miércoles 7, cuando el primer ministro, Sébastien Lecornu, se comprometió a presentar a finas de octubre sus primeras medidas para responder al malestar y la angustia de los jóvenes.

El primer ministro de Francia, Sébastien Lecornu, hace una declaración sobre la situación en las escuelas secundarias, los precios del combustible, la crisis agrícola y la situación financiera de Francia en el Hotel de Matignon, en París, el 7 de octubre de 2026. (Foto de Dimitar DILKOFF / POOL / AFP)
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Murillo ve la situación del gobierno como más grave y considera que Macron está “absolutamente arrinconado” y que el Ejecutivo enfrenta simultáneamente problemas económicos, de seguridad, educación, salud y migración. “Lo único que quiere Macron es aplacar esta huelga con el menor costo posible, porque no tiene soluciones reales al precio de la energía, la inseguridad, la migración, la salud o la educación, porque la realidad es que el modelo público está quebrado”, sostiene.
La situación exige mayor premura por la cercanía de las elecciones presidenciales francesas de abril del 2027, en la que la candidata derechista Marine Le Pen se posiciona como la favorita en los sondeos para ocupar el Palacio del Elíseo. Es así que partidos de izquierda han buscado asociarse a las movilizaciones, mientras que sus pares de la derecha han acusado al gobierno de no respaldar lo suficiente a las fuerzas del orden y a sus rivales de querer sembrar caos antes de los comicios.
Consultado sobre el tema, Enrique Banús considera que todavía es muy pronto para saber qué consecuencias electorales podría tener esta ola de protestas, o hacia quién podrían inclinar la balanza.
En cambio, Rodrigo Murillo opina que las movilizaciones pueden alimentar una demanda de políticas más duras, particularmente en materia de seguridad, migración y control territorial, lo que podría beneficiar a los sectores de derecha.



