Durante décadas, el fútbol vendió la imagen romántica del entrenador que resolvía partidos con intuición. El técnico que observaba un gesto, una mirada o una carrera para detectar el momento exacto del cambio ganador. En el Mundial 2026, sin embargo, Mauricio Pochettino parece dispuesto a demostrar que la corazonada ya no camina sola. Ahora también viaja acompañada por millones de datos.
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La plataforma utilizada por el cuerpo técnico no reemplaza al entrenador ni elige alineaciones. Su función es más sutil. Puede advertir cuándo un jugador comienza a mostrar signos de fatiga, detectar comportamientos repetitivos del adversario o señalar zonas del campo donde el equipo está perdiendo eficacia. En otras palabras, funciona como un asistente invisible que procesa información a una velocidad imposible para cualquier ser humano.
La imagen resulta poderosa. Mientras miles de aficionados observan el césped, la inteligencia artificial observa todo al mismo tiempo.
Pochettino nunca ha sido un entrenador enemistado con la tecnología. Durante su carrera en clubes como Tottenham, Paris Saint-Germain y Chelsea mostró interés por la preparación física y el análisis avanzado. Sin embargo, el Mundial representa un escenario diferente. Los márgenes de error son mínimos y cada detalle puede definir una clasificación o una eliminación. Por eso la apuesta adquirió una dimensión inédita.
El contexto también ayuda a explicar la decisión. Estados Unidos llegó al torneo bajo presión. Como anfitrión, estaba obligado a ofrecer una imagen competitiva. Además, Pochettino asumió el reto de cambiar la mentalidad de una selección que durante años convivió con la sensación de estar lejos de la élite. El argentino insistió en construir un grupo fuerte, convencido de que el éxito colectivo vale más que cualquier figura individual. Tras el triunfo ante Paraguay volvió a remarcar esa idea al destacar el trabajo conjunto por encima de los nombres propios.

Mauricio Pochettino. (Foto: AFP)
/ OLI SCARFF
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La inteligencia artificial encaja perfectamente en esa filosofía. No busca fabricar héroes, sino optimizar el rendimiento del equipo completo.
La revolución tecnológica también plantea preguntas inevitables. ¿Hasta qué punto una máquina puede influir en el fútbol? ¿Existe el riesgo de que los datos terminen reemplazando la creatividad? La mayoría de especialistas coincide en que no. Los algoritmos pueden detectar tendencias, pero siguen siendo incapaces de medir elementos como la personalidad, la presión emocional o el coraje que aparece en los momentos decisivos.
Por eso, incluso en una Copa del Mundo cada vez más tecnológica, el factor humano continúa siendo insustituible. La IA puede advertir que un futbolista está agotado; el entrenador es quien decide si lo reemplaza. Puede señalar una debilidad rival; el jugador es quien debe explotarla dentro del campo.
Quizás allí reside el verdadero valor de esta historia. El Mundial 2026 no solo está mostrando nuevas selecciones, estadios futuristas y un formato ampliado. También está revelando cómo será el fútbol de la próxima década. Un deporte donde las emociones seguirán gobernando las tribunas, pero donde las decisiones comenzarán a apoyarse cada vez más en pantallas, algoritmos y modelos predictivos.
Y mientras el balón sigue rodando como hace más de un siglo, Mauricio Pochettino observa el partido acompañado por un colaborador que no grita, no corre y tampoco celebra goles. Un asistente silencioso que trabaja entre números y códigos. Uno que, por primera vez, también juega el Mundial.
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