Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

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Un paquete con maíz fue su puerta de entrada al asombro. Paola Moreno-Roman recuerda aquel envío familiar que viajó largas horas en autobús desde Apurímac, en la sierra sur de Perú, hasta su casa de la infancia en Lima. Al abrirlo, descubrió pequeños gusanos escondidos entre las mazorcas. En una casa sin recursos ni espacio para tener mascotas —algo que siempre había deseado— improvisó un hábitat con una botella de plástico, tierra y hojas. Pasaba horas observándolos: cómo se desplazaban sobre su mano, qué preferían comer, cómo reaccionaban al tacto.
En casa también había otras formas de mirar la vida de cerca. Escuchaba a sus padres hablar en quechua y veía a su abuela preparar remedios tradicionales con plantas para aliviar dolores y malestares cotidianos. Mucho antes de aprender palabras como “biología” o “genética”, ya convivía con distintas maneras de entender el cuerpo y la naturaleza.
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“Después encontré unos caracolitos en el parque: así fui armando mi jardín chiquitito”, recuerda Moreno-Roman en diálogo con Mongabay Latam para el especial Científicas Indígenas. “Todos nacemos científicos y científicas. Obviamente no con la formación académica, pero sí con esa curiosidad innata: no importa lo introvertido que sea un bebé, siempre está mirando, queriendo tocar y probar”.

Paola Moreno-Roman es una científica de origen quechua que trabaja acercando la ciencia a las infancias. Foto: cortesía Paola Moreno-Roman
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La curiosidad fue llegando antes que las certezas. Al terminar la secundaria sabía que quería ir a la universidad, aunque no tenía una vocación definida. Durante años saltó entre obsesiones pasajeras —dinosaurios, arqueología, ecología— hasta que una figura empezó a ordenar ese horizonte: Jane Goodall. “Cuando escuché su historia quedé fascinada; me volví megafan”, dice sobre la célebre etóloga. Ver a una mujer dedicada a la ciencia abrió una posibilidad concreta: ese también podía ser un lugar para ella.
La decisión terminó de tomar forma desde un lugar más íntimo. La enfermedad de dos personas cercanas despertó preguntas que no lograba soltar. Quería entender qué ocurre dentro del cuerpo cuando aparece una enfermedad, cómo algo comienza a alterarse en silencio. En 2007, eligió estudiar biología —con interés en genética— en la Universidad Peruana Cayetano Heredia. En casa, la noticia llegó acompañada de dudas.
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“Mis papás me preguntaron: ‘¿De qué vas a trabajar?’”, recuerda. El respaldo llegó desde otro punto de la familia. Su tío Alfredo —el primero en migrar desde Apurímac para estudiar medicina— intervino con una frase sencilla: “Si yo no hubiese estudiado medicina, me hubiese gustado la genética, o sea, biología”. Fue suficiente para que sus padres aceptaran, especialmente su madre, también médica de profesión.
“Solo se necesitó eso de mi tío para que su actitud cambiara; ellos tenían mucha preocupación y todavía no lo entendían del todo, pero al final dijeron: ‘¡Genial, vas a ser genetista!’”

Paola Moreno-Roman muestra un Foldscope, microscopio de papel ligero, portátil y ensamblado a mano como una pieza de origami. Foto: cortesía Paola Moreno-Roman
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Durante mucho tiempo, Moreno-Roman no pensó demasiado en su identidad indígena dentro de la ciencia. Sus padres son quechuas —su madre de Apurímac y su padre del norte de Perú— y el idioma siempre estuvo presente en casa, aunque más como un eco familiar que como una lengua propia. Sus padres, marcados por experiencias de racismo y migración, priorizaron enseñarle un español “correcto” como una forma de protección.
El quiebre llegó en la universidad. Decidió aprender quechua y pagó clases con sus propios ahorros. “Mi papá me decía, con mucho amor, que prefería que descansara a que gastara en eso”, cuenta. Pero insistió. El día que regresó de clases y dijo en voz alta: “Ñoqa Paola kani” —me llamo Paola—, su familia saltó de la emoción. “Se querían desmayar”, recuerda entre risas. “Ahí empecé a ganar esa identidad; fue algo muy mío”.
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La lengua abrió también otra forma de acercarse a su historia familiar. Con su abuela materna, comenzó a prestar más atención a los conocimientos que nunca habían pasado por laboratorios: plantas para aliviar dolores, combinaciones de hierbas, formas de identificar síntomas. En su vida, la medicina ancestral quechua y la práctica médica convencional nunca aparecieron como mundos opuestos. “Nunca fue ‘esto o lo otro’. Si era grave, ibas al médico. Pero siempre coexistieron”, explica.

Paola Moreno-Roman en su graduación de la Universidad de Stanford. Foto: cortesía Paola Moreno-Roman
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Esa convivencia empezó a adquirir otro significado en 2013, cuando se mudó a Estados Unidos para iniciar un doctorado en Biología Molecular y Celular en la Universidad de Stanford. Primero se reconoció como latina. Después, la pregunta fue más incómoda: ¿dónde estaban los pueblos originarios dentro de esos espacios científicos?
La ausencia de mujeres indígenas como referentes se volvió evidente. “Es una minoría dentro de esta otra minoría que son las latinas en ciencia”, dice. Fue en encuentros puntuales —como descubrir que una jefa de laboratorio en su doctorado era una científica nativa americana— y, más adelante, en el diálogo con otras personas indígenas en la ciencia, donde empezó a reconocer y nombrar esa falta de visibilidad.
Pero más difícil que la falta de representación fue aprender a moverse en instituciones donde muchas reglas parecían invisibles. “Era como entrar a un cuarto oscuro”, dice. “Alguien te dice que hay una puerta, pero no sabes dónde está. Yo me la pasaba chocándome con cosas”.
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Por eso, entre 2015 y 2016, fundó Yachaq Warmi, una comunidad creada para conectar a mujeres peruanas en la ciencia y compartir trayectorias frecuentemente ausentes en los espacios académicos. Con el tiempo, el proyecto también se convirtió en un podcast dedicado a amplificar esas historias. “Ahora es como decir: vas a entrar a ese cuarto, pero aquí hay un mapa”.

Paola Moreno-Roman trabajando en el laboratorio durante su doctorado en la Universidad de Stanford. Foto: cortesía Paola Moreno-Roman
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El microscopio de papel parecía hecho para la niña que alguna vez observó gusanos durante horas. El Foldscope —desarrollado en Stanford por los científicos Manu Prakash y Jim Cybulski— nació con una idea sencilla: reducir las barreras económicas de acceso a la observación científica. Con un costo de apenas uno o dos dólares, está compuesto por una lámina de papel resistente y recubierta de polímero, una lente de gran aumento y un acoplador magnético. Ligero, portátil y ensamblado a mano como una pieza de origami, puede alcanzar magnificaciones de hasta 2000x y acoplarse a un celular o una tableta para observar y registrar imágenes. Un artefacto mínimo —casi improbable— que, sin embargo, permite observar lo invisible.
Moreno-Roman lo conoció casi por accidente en 2014, mientras hacía voluntariado en una escuela cercana a Stanford, en una zona históricamente habitada por familias de bajos recursos. Ese día, los creadores del Foldscope llegaron a mostrar un prototipo. “Yo me reí”, recuerda. “Dije: esto no va a funcionar”. Pero sí lo hizo.
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Años después, en 2020, ya cerca de terminar el doctorado y sin claridad sobre su siguiente paso, se cruzó con Prakash en el campus. “¿Qué vas a hacer ahora?”, le preguntó. De esa conversación surgió una invitación para sumarse al proyecto que buscaba sacar la microscopía de los laboratorios y llevarla a otros territorios.
Paola Moreno-Roman trabaja en el proyecto Foldscope, ideado por investigadores de Stanford, que acerca la ciencia a las comunidades a través de un microscopio de papel sintético. Foto: cortesía Paola Moreno-Roman
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Desde entonces, su trabajo con esta herramienta no se limita a enseñar conceptos científicos, sino a provocar experiencias de descubrimiento. En talleres con niñas y niños —muchos de ellos en contextos de vulnerabilidad donde el asombro ha tenido poco espacio para desarrollarse—, el ritual suele repetirse: preparar una muestra, acercar el microscopio al ojo y esperar. A veces la respuesta es un grito de emoción. A veces una carcajada. A veces silencio.
“Me gustaría poder tener una botellita y atrapar esos primeros segundos de la primera vez que alguien utiliza un microscopio de papel”, dice. “Su reacción me llena el corazón; esa chispa inicial, esa reconexión con el asombro y la curiosidad, en algunos casos puede llegar a ser muy sanadora”.
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Cuando observan una muestra propia —células de la piel, un poco de tierra o gotas de agua— la ciencia deja de sentirse distante, describe la científica. Quien mira ya no ocupa solamente el lugar de estudiante, sino que se convierte, por un instante, en alguien que hace ciencia.
“Todos nacemos con esa curiosidad. Lastimosamente, en el sistema educativo, la familia y el entorno, puede disminuir muchísimo si no se canaliza de manera adecuada, sobre todo en personas que, por distintas razones, han tenido que crecer muy rápido”, agrega.

En talleres realizados en zonas rurales e indígenas de Perú, Paola Moreno-Roman comparte el interés por la ciencia con niñas y niños. Foto: cortesía Paola Moreno-Roman
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En uno de los talleres del Foldscope en el departamento de Amazonas, en Perú, las y los estudiantes preparaban muestras de tierra, agua y plantas para observar a través del microscopio. En el patio de la escuela, unas niñas se quitaban los piojos mutuamente cuando un profesor las llamó y les pidió uno de los insectos. Lo colocó bajo el microscopio de papel: aparecieron las patas diminutas del piojo, su cuerpo translúcido, incluso la sangre visible en su interior.
“Tú veías la cara del profesor… sus ojitos le brillaron”, recuerda Moreno-Roman. Dice que su expresión cambió por completo. Por un instante, parecía mirar con el asombro de un niño. Para ella, esa escena resume algo más profundo que la sorpresa: la posibilidad de transformar la relación de una comunidad con la ciencia a partir de esta herramienta.
Ese tipo de experiencias son el centro del trabajo que Moreno-Roman documentó en un artículo publicado en septiembre de 2025 en la revista Microscopy Today, donde sistematizó una iniciativa piloto impulsada por Foldscope Instruments en alianza con la organización Enseña Perú. El proyecto comenzó en 2023 en Cajamarca, una región andina del norte peruano, con la intención de llevar microscopios de papel a escuelas rurales donde el acceso a herramientas científicas suele ser limitado o inexistente.
Durante un taller de capacitación en Cajamarca, los docentes participan en prácticas de montaje y uso de sus Foldscopes. Foto: cortesía Paola Moreno-Roman
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La iniciativa alcanzó a siete escuelas rurales, capacitó a 28 docentes y llegó a más de 700 estudiantes de primaria y secundaria. A través de talleres presenciales y acompañamiento posterior, el objetivo era que las y los profesores incorporaran la microscopía dentro de sus clases de ciencias y que el alumnado pudiera explorar muestras de su propio entorno.
En una de las escuelas —el Instituto Educativo La Zanja— comenzaron a utilizar los Foldscope dentro de un pequeño invernadero escolar para identificar plagas en cultivos de rocoto (Capsicum pubescens) y observar pulgones diminutos adheridos a las plantas. También recolectaron muestras de agua de fuentes cercanas para analizar los microorganismos presentes. Más que replicar experimentos ajenos a su territorio, la experiencia buscaba conectar la observación científica con la vida cotidiana, con las necesidades y con los conocimientos que las comunidades ya poseen.
Melissa Ninamango, coordinadora de desarrollo de fondos de Enseña Perú y participante del proyecto, recuerda especialmente uno de los trayectos que hizo junto a Moreno-Roman para llegar a una escuela rural en Cajamarca. El camino de terracería quedó bloqueado para vehículos antes de alcanzar la comunidad y ya iban tarde. Aun así, regresar no era una opción. “Todos los estudiantes nos estaban esperando”, recuerda Ninamango. Entonces Paola propuso seguir a pie.

Distribución de Foldscopes y material educativo en las escuelas de Cajamarca. Foto: cortesía Paola Moreno-Roman
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Cargaron las cajas con Foldscopes y comenzaron a subir el cerro caminando durante horas por un camino empinado, entre mosquitos y sin señal telefónica. “Paola decía: ‘Quiero que esto llegue a tiempo a las manos de los estudiantes’”. Más adelante, algunas personas de la comunidad salieron a encontrarlas preocupadas por la demora y enviaron una camioneta para ayudarlas a completar el trayecto. Llegaron tarde, pero llegaron, ríe Ninamango.
Para ella, esa experiencia resumió el compromiso de Moreno-Roman con el proyecto. “Ahí entendí que ella realmente quería llegar a estas escuelas”, sostiene. “Aunque vivía en Estados Unidos y tenía conexiones allá, también quería hacer cosas aquí, en lugares donde normalmente nadie llega”.
El artículo de Moreno-Roman también recoge algunos de los desafíos enfrentados durante la implementación del proyecto piloto: la necesidad de mayor acompañamiento pedagógico para docentes, las dificultades logísticas en zonas rurales, el acceso limitado a recursos digitales y la rotación de profesores con contratos temporales que no permitían una continuidad a las actividades, por lo que en ocasiones había que empezar de cero con cada visita.

El Foldscope nació con el objetivo de reducir las barreras económicas de acceso a la observación científica. Foto: cortesía Paola Moreno-Roman
Aun así, el piloto en Cajamarca se convirtió en la base de una expansión nacional lanzada en 2024. Desde entonces, Moreno-Roman ha impulsado proyectos Foldscope en cinco departamentos de Perú —Cajamarca, La Libertad, Áncash, Arequipa y Amazonas—, donde se ha capacitado a más de 140 docentes y se han entregado microscopios de papel a más de 3000 estudiantes.
Rossana Paredes, amiga y compañera de Moreno-Roman desde los años universitarios en Perú —ambas migraron después para realizar doctorados en Estados Unidos—, considera que esa dimensión comunitaria siempre estuvo presente en ella. “Paola siempre ha tenido mucha sensibilidad para conectar con las personas”, dice. “Nunca veía la ciencia solamente desde el laboratorio o desde lo académico: ella siempre estaba pensando en cómo hacer para que otras personas también pudieran acceder a estos recursos”.
Con el tiempo, Moreno-Roman ha visto cómo esos primeros encuentros con el microscopio producen efectos inesperados. Recuerda, por ejemplo, el caso de una profesora en Apurímac que le contó que, después de participar en una experiencia con Foldscope a mediados de 2025, uno de sus estudiantes decidió presentarse a un concurso regional de ciencias y obtuvo el segundo lugar. Según le explicó la docente, era la primera vez que un alumno de esa comunidad alcanzaba un reconocimiento así. Para Moreno-Roman, esos momentos importan no solo porque puedan despertar futuras vocaciones científicas, sino porque ayudan a desmontar la idea de que la ciencia pertenece a otros lugares o requiere recursos inalcanzables.

Paola Moreno-Roman fundó Yachaq Warmi, una comunidad creada para conectar a mujeres peruanas en la ciencia. Foto: cortesía Paola Moreno-Roman
Además, considera que estas experiencias también abren la posibilidad de mirar el propio territorio desde otra óptica. “La selva peruana —la Amazonía— es uno de los lugares más biodiversos del planeta y lastimosamente en muchos lugares no tienen las herramientas para explorarlo”, explica Moreno-Roman. Las comunidades indígenas y locales conocen profundamente la flora y fauna visible, pero no han tenido la posibilidad de explorar el mundo microscópico. “No es que no quieran conocerlo”, dice. “Es que si no tienen un microscopio, es imposible verlo”.
Por eso insiste en que estas herramientas no buscan reemplazar los conocimientos ancestrales, sino complementarlos. Permitir que las propias comunidades puedan investigar, observar y comprender dimensiones de su entorno que antes permanecían fuera de alcance. Que niñas y niños puedan acercar el ojo al lente y descubrir que el agua, la tierra o una hoja contienen universos enteros.
“Poder darles esta herramienta para que ellos puedan continuar cultivando este conocimiento que ya tienen es algo súper bonito”, concluye. Al final, lo que más le interesa no es solamente enseñar ciencia, sino devolver la posibilidad de asombrarse. Crear las condiciones para que alguien se detenga frente a algo diminuto y quiera entenderlo. Que la curiosidad sobreviva.
De algún modo, ese recorrido la devuelve siempre al mismo lugar: a la niña que abría un paquete de maíz llegado desde Apurímac y pasaba horas observando gusanos dentro de un laboratorio improvisado en una botella.
El artículo original fue publicado por Astrid Arellano en Mongabay Latam. Puedes revisarlo aquí.
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