viernes, julio 10

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Hay un momento que resume mejor que cualquier estadística lo que está pasando con Noruega en este Mundial: después de vencer a Senegal 3-2, en vez de celebrar en el vestuario, todo el equipo salió al campo, Ødegaard tomó un tambor y los jugadores se sentaron en el césped junto a sus hinchas para remar en perfecta sincronía. Esa imagen recorrió el mundo en horas. Y no fue casualidad, fue la consecuencia de algo que se construyó con mucho más método del que parece.

Hay un momento que resume mejor que cualquier estadística lo que está pasando con Noruega en este Mundial: después de vencer a Senegal 3-2, en vez de celebrar en el vestuario, todo el equipo salió al campo, Ødegaard tomó un tambor y los jugadores se sentaron en el césped junto a sus hinchas para remar en perfecta sincronía. Esa imagen recorrió el mundo en horas. Y no fue casualidad, fue la consecuencia de algo que se construyó con mucho más método del que parece.

Noruega no participaba en un Mundial desde 1998. Casi treinta años sin estar en el escenario más grande del fútbol. Erling Haaland, el protagonista de este regreso, nació dos años después de esa última participación. Que sea él quien lleve a su país a los cuartos de final — la mejor actuación de Noruega en toda su historia mundialista — tiene una dimensión narrativa que pocas historias del torneo pueden igualar.

Dentro del campo, los números de Haaland son contundentes: 7 goles en el torneo, solo uno menos que Messi y empatado con Mbappé en la lucha por la Bota de Oro. Dobletes ante Irak, Senegal y Brasil. Ante Brasil fue especialmente revelador: prácticamente invisible durante la mayor parte del partido, apareció en los minutos 79 y 90 para definir la eliminación de la pentacampeona del mundo. Esa es su característica más temida: puede no tocar el balón durante 80 minutos y ser igualmente decisivo. No es un delantero que construye juego. Es un delantero que determina partidos.

Pero lo que más me interesa analizar no es lo que hace con el balón, sino lo que está pasando alrededor del equipo.

Haaland acabó con Brasil y alcanzó a Messi y Mbappé en el Mundial (Foto: AFP)

/ ABDULHAMID HOSBAS

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El Viking Row —la celebración sincronizada donde los hinchas noruegos se sienten y reman en unión al ritmo de un tambor— no es una tradición ancestral. Fue concebida a finales de 2025 por Ole Frøystad, un maestro de escuela noruego obsesionado con crear una identidad única para el regreso de su selección al Mundial. La estrenaron en un amistoso contra Suiza en marzo de 2026, hace menos de cuatro meses.

Antes de que empezara el torneo, el primer video de la celebración ya tenía 38 millones de vistas y casi 3 millones de ‘likes’ en Instagram. Durante el Mundial, el Viking Row apareció en las escaleras mecánicas de la estación South Station de Boston, en el centro de Times Square, en un partido de los New York Mets y hasta en el Parlamento noruego, donde los legisladores interrumpieron sus debates para remar en conjunto.

Desde la industria del marketing deportivo, esto es extraordinario. No es una campaña de marca. No tiene presupuesto de medios. No tiene agencia detrás. Es una comunidad de hinchas que diseñó su propia identidad, la ejecutó con disciplina y la hizo escalar orgánicamente hasta convertirse en el fenómeno fan más viral del torneo.

El doblete del ‘Androide’ Haaland liquidó a una ‘Canarinha’ que cometió errores graves que lo llevaron a otra eliminación. (Photo by ABDULHAMID HOSBAS / Anadolu via AFP)

/ ABDULHAMID HOSBAS

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La lección para las marcas es directa: la autenticidad no se compra con pauta. Se construye desde adentro, desde la comunidad, desde la identidad, desde algo que la gente quiere hacer porque siente que le pertenece. El Viking Row nació en una hoja de notas de un fanático noruego hace menos de un año y hoy es uno de los contenidos más compartidos de este Mundial.

Para Latinoamérica, donde el fútbol tiene una relación emocional con el fan tan intensa como en cualquier parte del mundo, la pregunta que deja Noruega no es deportiva, sino estratégica: ¿cuántas de nuestras marcas, clubes y selecciones están construyendo activamente esa identidad de comunidad? ¿O seguimos esperando que los resultados deportivos hagan el trabajo solos?

Noruega no clasificó al Mundial con un equipo de estrellas. Clasificó con Haaland, con Ødegaard y con una hinchada que decidió que también iba a ser parte del espectáculo.

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