“Sé que no me conviene, que me hace daño, pero todavía lo amo. ¿Qué hago?”. Esa pregunta llegaba constantemente a Andrea Llosa de personas atrapadas en relaciones marcadas por la infidelidad, el control o la dependencia.
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
De las ocho relaciones que aborda, confiesa que la más difícil de escribir fue la que una persona establece consigo misma. No siempre hay una voz externa que humilla, exige o castiga. A veces, esa voz nace dentro de uno.
Andrea suele despertarse de madrugada. En esas horas de silencio afloran las dudas que durante el día quedan ocultas entre el trabajo y las obligaciones. Se pregunta si es una buena madre, si tomó las decisiones correctas, qué rumbo sigue su carrera y si está satisfecha con la mujer en la que se ha convertido. Es entonces cuando aparece el autosabotaje.
“Escribir fue liberador, pero también doloroso. Cuando trabajas con sensaciones que has vivido, te reconoces y piensas: ‘¿Cómo pude formar parte de esto?’. Te libera, pero también te entristece”, reconoce.
El libro plantea que la toxicidad no es exclusiva de las relaciones de pareja. También puede aparecer entre madres e hijos, en una amistad o en la forma en que una persona se mira, se exige y se juzga.
Andrea tampoco divide el mundo entre víctimas perfectas y culpables absolutos. Reconoce que todos podemos tener actitudes dañinas. La diferencia está entre una reacción ocasional y permanecer en un vínculo que desgasta, altera la vida y convierte el estado emocional del otro en el centro de todo.
También cree que las personas pueden cambiar, incluso después de una infidelidad o de haber causado daño. Pero la transformación solo es posible si reconocen sus actos y buscan ayuda. El amor de la pareja, por sí solo, no puede salvarlas.
“Nadie cambia a nadie. Muchas mujeres creemos que somos centros de rehabilitación y que nuestro amor va a transformar al otro. Por más que quieras, no puedes hacerlo si esa persona no decide cambiar”, advierte.
Esa forma de entender el amor también estuvo presente en una relación que tuvo en la adolescencia. Tenía 17 años y había imaginado toda una vida junto a su pareja: ser ama de casa, esperarlo con la comida lista y formar una familia con los tres hijos cuyos nombres ya había elegido. Entonces, su mundo giraba alrededor de él.
Cuando la relación terminó, permaneció emocionalmente atrapada durante años. En ese vínculo perdonó repetidas infidelidades y encontró justificaciones para no marcharse. Creía que, pese a todo, él la amaba.
Con el tiempo comprendió cuánto había influido en ella lo aprendido dentro de su propia familia y la importancia de construir independencia económica. Trabajar, vivir sola y generar sus propios ingresos transformaron su vida profesional y le permitieron dejar de pensar que necesitaba una pareja para sostenerse.
“Cuando me convertí en una mujer independiente, entendí que mi vida no tenía que limitarse a ser esposa y ama de casa. Descubrí que amar bonito también significa que la otra persona te valore y celebre tus logros”, reflexiona.
Hoy asegura que ama desde la libertad. Mantiene una buena relación con su exesposo y reconoce que su matrimonio le permitió conocer un vínculo más saludable. Actualmente tiene pareja, pero ya no cree que el amor deba soportarlo todo.
La infidelidad es uno de los límites que no volvería a negociar.
La misma claridad que hoy aplica a sus relaciones también empieza a trasladarla a su carrera. Andrea lleva tres meses alejada de la televisión, la pausa más larga de sus más de dos décadas frente a cámaras.
“La televisión es mi vida, pero este tiempo me permitió escribir el libro, hacer mi podcast y pensar no solo en lo que quiero, sino también en lo que ya no quiero hacer. Y lo tengo claro: no quiero hacer a un talk show”, confiesa.
Tiene conversaciones para volver, aunque no adelantará detalles hasta que exista una propuesta concreta. Tras dejar ATV y pasar a Panamericana a conducir “La verdad a prueba”, reconoce que actuó con rapidez y que el resultado no fue el esperado.
“No lo llamaría un fracaso, pero no me fue bien. Eso también te aterriza y te obliga a mirar tu vida de otra manera”, admite.
Ahora evalúa dos formatos: uno periodístico con entrevistas, y otro que es más entretenimiento, más show. En ambos quiere que las historias tengan seguimiento y una respuesta.
“Los periodistas tenemos que ser ladillas. No basta con presentar un caso; hay que insistir y contar en qué terminó”, sostiene.
También rechazó conducir “El valor de la verdad” porque considera que el programa está identificado con Beto Ortiz y no quería entrar en comparaciones.
Andrea volverá a la televisión, pero esta vez quiere elegir sin prisa. La pausa le permitió escribir sobre los vínculos que hacen daño y, al mismo tiempo, reconocer qué etapas de su carrera tampoco desea repetir.
“Siempre estoy corriendo. Ahora quiero mirar la vida con más calma y entender que amarme también significa darme tiempo”, concluye.














