sábado, julio 18

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

Durante un viaje, una mujer corrige el manuscrito de su libro. Avanza entre párrafos, cambia algunas frases y vuelve, una y otra vez, a episodios dolorosos de su vida. Recordarlos la desborda. Se cubre el rostro, intenta contener el llanto y continúa trabajando, casi ahogada por la emoción. Sin que ella lo advierta, una amiga captura la escena en una fotografía y se la muestra después.

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La mujer de la imagen es Gisela Valcárcel. El texto que sostiene es “El poder de ser tú”, su tercer libro, publicado por Editorial Planeta. En sus páginas regresa a la pequeña casa de La Victoria donde creció, a los silencios de su padre, a los temores de la infancia, a los amores en los que depositó sus ilusiones y a las caídas que, finalmente, la obligaron a mirarse por dentro.

Aunque su vida atraviesa cada capítulo, la conductora aclara que no ha escrito una autobiografía ni un manual de autoayuda. Ha elegido algunos episodios que marcaron su camino para convertirlos en puntos de partida: historias sobre el miedo, el perdón, la ausencia, la lealtad, el amor propio y la libertad que buscan dialogar con las experiencias de quienes sostengan el libro entre las manos.

Recoge algunos pasajes de mi vida que marcaron un camino, pero debe hablar mucho más de las personas que lo lean que de mí”, explica.

Revisar esos episodios también le permitió reconocer cuánto la transformaron. “Soy el producto de todo eso. Y en esta etapa siento que soy una mujer plena”, afirma.

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En su infancia escasearon los abrazos y los “te amo”. En su lugar, Gisela recibió consejos para resistir y aprendió a ser fuerte por necesidad. Creció con cuatro hermanas y una madre que sostenía el hogar como podía. Conoció a su padre cerca de los seis años, cuando ya había encontrado refugio en Rosa Luz, la hermana a la que abrazaba cada vez que sentía miedo.

Era difícil saber lo que significaba tener un padre cuando nunca había sentido su respaldo. En el colegio me habían pegado, en el barrio me habían hecho caer metiéndome un cabe, y siempre corría a buscar a mi hermana Rosa Luz. En ella encontraba refugio y protección, algo que nunca encontré en mi padre”.

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Su padre era un hombre parco, y aquella niña temerosa tuvo que endurecerse para convivir con sus silencios. Aprendió a defenderse y a esconder el miedo, el dolor y el llanto.

A nadie se le debe decir ‘no llores’. A mí me avergonzaban cuando lloraba. Hoy lloro cada vez que quiero. Ya no tengo que pedirle permiso a nadie”, afirma.

La conductora recorre La Victoria, el barrio donde creció y al que volvió para reencontrarse con sus orígenes. (Foto: GV Producciones)

La conductora recorre La Victoria, el barrio donde creció y al que volvió para reencontrarse con sus orígenes. (Foto: GV Producciones)

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Esa necesidad de decidir por sí misma también apareció muy temprano. Mucho antes de la fama, dejó atrás Sonia Mercedes, su nombre de nacimiento, para presentarse ante el mundo como Gisela. Desde entonces, Sonia quedó reservada para algunos trámites y situaciones cotidianas, como pedir un taxi.

Hace poco, un especialista en marcas dijo que, a los seis años, yo había empezado a construir mi marca personal y que la había llamado Gisela. Nunca lo había visto de esa manera. Mi nombre fue la primera decisión trascendente que tomé en esta vida”, cuenta.

Una estampa para el recuerdo, capturada en 1992: Gisela en su programa televisivo «Aló, Gisela», el show que la lanzó a la fama, entonces tenía 29 años. (Foto: archivo histórico de El Comercio)

/ EL COMERCIO

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Entre los recuerdos que atraviesan en su memoria está también el de una familia escondida y en silencio mientras alguien golpeaba la puerta de su casa en La Victoria. Cuando llegaba el cobrador de la luz o del agua y no había dinero para pagar, su madre les pedía que no hicieran ruido. Nadie podía abrir una ventana hasta que el hombre se marchara.

¿Qué siente una persona cuando el cobrador toca la puerta y no tiene con qué pagar? Miedo. Angustia. Eso sentía yo“, recuerda.

Por eso, cuando habla del dinero, rechaza tanto su idealización como su desprecio. No cree que compre la felicidad, pero sabe que puede ofrecer tranquilidad, atención médica y la posibilidad de acompañar dignamente a quienes se ama.

El dinero me permitió enterrar a mi padre dignamente. Permite que mi mamá tome las vitaminas que necesita. Me permitió traer a mi hermana de Estados Unidos para que viviera sus últimos meses en el Perú y pudiéramos estar juntas. Claro que no da felicidad, pero es absolutamente necesario”, asegura.

Pero hubo dolores frente a los que el dinero no pudo protegerla. Uno de los más profundos fue el final de su matrimonio con Roberto Martínez. La infidelidad se hizo pública. Afuera de su casa la esperaban periodistas, en los titulares y comentarios, desconocidos comparaban su belleza y cuestionaban su valor como mujer.

En quince días cambia todo. El día anterior, esa persona estuvo en tu casa, durmió contigo, era tu esposo y hasta te llevó flores. Después empiezan a decir que la otra es más bonita, más alta, que merece más cariño, y tú te preguntas en qué momento ocurrió todo. En mi cabeza, ella era mil veces mejor y más linda que yo”, recuerda.

—¿Una especie de Claudia Schiffer peruana, como la describes en el libro?

“Así es. No digo que no sea linda, pero cuando la conocí, por suerte, yo ya había sanado. Entonces entendí que ella era bonita, pero yo también”.

No solo terminó una relación. También se derrumbó el hogar que Gisela imaginó junto con su hija, Ethel Pozo, y las expectativas que depositó en su matrimonio.

Hoy puedo decir que habíamos construido expectativas. Antes solo podía hablar desde el dolor”, reconoce.

La boda de Roberto Martínez y Gisela Valcárcel | Imagen captura de ‘Instagram’

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Al concluir la temporada de su programa, se alejó durante un mes. Viajó con Ethel a la India porque había escuchado que allí podía encontrar la paz que necesitaba. En medio del silencio, comprendió que no podría alcanzarla mientras conservara el resentimiento.

El perdón lo encontré en el silencio de la India. Nadie me enseñó ejercicios ni me dijo qué hacer. Algo pasó. Sentí que no puedes tener paz si no has perdonado. Fue mi primera conexión con Dios”.

Perdonar no significó recuperar de inmediato el amor propio. Durante mucho tiempo se sintió insuficiente y creyó que la otra mujer merecía más cariño y cuidado. Años después entendió que aquella infidelidad había abierto una herida mucho más antigua.

Volvió a tocar la herida de los cinco años. La otra persona tenía papá y mamá, y yo sentí nuevamente que no merecía que me quisieran. Lo que duele hoy no aparece de la nada. Muchas veces viene desde la infancia”, dice.

Esa revelación también le permitió reconocer los patrones que repetía en sus relaciones. Los hombres callados, impredecibles o distantes le resultaban familiares porque le recordaban, sin que ella lo advirtiera, al padre que no preguntaba cómo estaba ni decía cuándo volvería.

Yo pensaba que podía ayudar o curar a otros. Hasta que un día dije: ‘Para. Así conmigo ya no juego’. Empecé a priorizarme, y eso no es ser egoísta”, reconoce.

Ese aprendizaje también marcó la forma en que hoy habla de su segundo matrimonio, con Javier Carmona. A diferencia de lo ocurrido con Roberto Martínez, prefiere no detenerse en los detalles ni reconstruir públicamente una historia que también involucra a otras personas. Por esa razón, decidió no incluir esa etapa en el libro.

Con él ya veo la vida de una manera distinta. Cuando llegó una bebé, entendí que ahí yo no existía y preferí que cada quien viviera su propia historia”, explica.

Gisela Valcárcel estuvo casada con Javier Carmona desde 2006 hasta 2009 (su segundo matrimonio, su relación comenzó mientras él era ejecutivo del ejecutivo del canal donde ella trabajaba). (Foto: Revista Gisela)

/ ERNESTO QUILCATE

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Para Gisela, callar no significa negar lo vivido, sino respetar los límites de una experiencia compartida. “Somos dueños de nuestra historia y también de lo que creemos que fue nuestra historia. Esa es nuestra potestad y yo no se la voy a quitar a nadie”, sostiene.

Gisela tampoco lamenta haberse alejado de la conducción televisiva. Después de décadas entre aplausos, índices de audiencia y grandes producciones, necesitaba dejar el escenario y recuperar una vida más cotidiana. Hoy encuentra calma en acciones sencillas, como cocinar, ir al mercado, cuidar a su madre, caminar con sus amigas y desarrollar nuevos proyectos sin la urgencia de convertirlos en un programa de televisión.

No te puedes acostumbrar a tanto aplauso. A mí se me ha aplaudido y también se me ha pifiado mucho. Nada es para siempre”, reflexiona. “El escenario no es el único lugar para mí. A veces hay que volver a empezar, y a mí me encanta empezar de cero”.

No descarta regresar a la pantalla, una pasión que conserva intacta, pero asegura que todavía no es el momento.

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